Las empresas y su responsabilidad en el campo social
Myriam Cardozo Brum*
Abstract
A couple
of decades ago, it was expected that social problems were solved through
services offered almost exclusively by the government. Later on, with the
application of the neoliberal approach and its criticism to the State
inefficiency, the government participation was reduced while the role of civil organisations was increased. In this way, the social field
became dependent on these two factors. However, would it not be necessary that
a third factor takes the correspondent responsibility
in social matters? In this paper, we will briefly revise the changes that
social policies have undergone in the last decades, as well as some of the new
concepts that they have created (human capital, social capital, business social
responsibility). We will also show the need that the enterprises contribute to
avoid and solve social problems by analysing the
experiences in other countries as well as the Mexican scenario and present some
preliminary conclusions.
Keywords: social policy, enterprise social responsibility,
civic organisations.
Resumen
Hace un par de
décadas, aún se esperaba que los problemas sociales fueran resueltos a través
de una oferta de servicios casi exclusivamente gubernamental. Posteriormente,
con la aplicación del enfoque neoliberal y su crítica a la ineficiencia
estatal, dicha participación se redujo, al tiempo que se incrementaba el papel
de las organizaciones civiles. El campo social pasó así a depender de la gestión
de estos dos actores. Sin embargo, ¿no será necesario que un tercer actor asuma
la responsabilidad que le corresponde en materia social? En el presente trabajo
se revisarán brevemente los cambios sufridos por las políticas sociales en las
últimas décadas y los nuevos conceptos que se han ido generando (capital
humano, capital social, responsabilidad social empresarial). Se argumentará en
torno a la necesidad de que también las empresas contribuyan a evitar y
resolver problemas sociales, se revisarán las experiencias que se han
desarrollado en otros países, se analizará la situación en el caso mexicano y
se presentarán algunas conclusiones preliminares.
Palabras clave:
política social, responsabilidad social empresarial, organizaciones civiles.
*
Universidad Autónoma Metroplitana, Xochimilco.
Correo-e: mcardozo@cueyatl. uam.mx
1. Problemas sociales
y políticas gubernamentales: del Estado de bienestar al Estado neoliberal
En este trabajo
el campo social se entiende como el espacio donde se manifiestan los problemas
que padece la sociedad civil en relación con sus condiciones de vida y donde se
aplican políticas que pretenden resolverlos. Los problemas sociales que las
políticas han debido enfrentar desde los tiempos del Estado de bienestar
incluyen: desempleo, subempleo, bajos salarios, analfabetismo o escasa
escolaridad, insuficiente capacitación para el trabajo, hacinamiento en
viviendas, carencia de servicios básicos como agua potable, drenaje o energía
eléctrica, enfermedades y muertes evitables, inseguridad ciudadana, etcétera.
El Estado de
bienestar, modelo impulsado fundamentalmente en los países más desarrollados
después de la Segunda Guerra Mundial y replicado parcialmente en América
Latina, asumió como sus funciones la ampliación de los derechos sociales, la
procuración de condiciones aceptables de vida para el conjunto de la sociedad,
al mismo tiempo que garantizó las condiciones para el crecimiento del capital.
La primera función permitió, ante la presión obrera y sindical, la realización
de importantes avances en la seguridad social: pensiones de retiro, seguros
contra accidentes, enfermedades y discapacidades vinculadas al trabajo,
protección contra el desempleo y atención a la salud. El segundo aspecto
implicaba superar la situación de igualdad formal ante la ley y transformarla
en una igualdad real, en términos de las condiciones sustantivas de vida. Para
lograr su objetivo, el Estado amplió su campo de acción y creó nuevas
instituciones, transformando a la acción gubernamental en el eje del modelo.
En los años
setenta y ochenta, el modelo descrito entró en crisis por diversos motivos
(disminución del ritmo de expansión industrial, crisis del petróleo,
desequilibrio en balanzas comerciales, desempleo, etcétera), fundamentalmente
lo que O’Connors (1981) denominó crisis fiscal del
Estado debido a la insuficiencia de ingresos para solventar los gastos
sociales; mientras Habermas (1986) se refería a la
contradicción entre la acumulación y la legitimación. Esto llevó a identificar
como origen de la crisis a la excesiva intervención del gobierno en la economía
y, como solución al problema, la reducción del tamaño del Estado en beneficio
de la actividad privada y el mecanismo de mercado, como nueva centralidad.
Con el
advenimiento del Estado neoliberal, los problemas sociales de América Latina
han continuado creciendo: aumentó el número de habitantes en condiciones de
pobreza y pobreza extrema (253 millones de personas que constituían 50% de la
población en 1990, frente a 38% que existía en 1980, aplicando el mismo método
de medición), éstas se concentran en el medio rural y en grupos particularmente
vulnerables como niños (60%), mujeres, indígenas, ancianos y discapacitados. La
pobreza se refuerza con situaciones de desigualdad, marginación y exclusión (Kliksberg, 1997).
Para el caso
mexicano, la pobreza ascendió a 57 millones de personas (58.76% de la
población) y la pobreza extrema a 10,473 mil (10.72%), según datos de inegi (2001),
y podría aumentar a 75 y 54 millones respectivamente, según los cálculos
realizados por Boltvinik y Hernández (1999), lo que
implicaría 19 millones más de personas pobres que en 1990.
Si bien las
políticas sociales han pretendido mejorar el nivel de vida de las personas, han
ido cambiando al ritmo que lo hacen también nuestros Estados y sus
características. Así, en tiempos del Estado de bienestar, constituían
mecanismos de redistribución de recursos que trataban de compensar las
desigualdades sociales, guiadas por el criterio de equidad, al margen de los
mecanismos de mercado, ofertando bienes y servicios en materia de salud,
educación, vivienda, alimentación, transporte, entre otros, disponibles en
forma gratuita o a precios subsidiados, que permitían un acceso universal (al
menos en el discurso) a todos los habitantes del país que los requirieran.
La
globalización en marcha, cuya compleja combinación de cambios económicos y
culturales, conflictos políticos e institucionales no suele definirse
rigurosamente, y que “alude a un despliegue planetario pero desigual de nuevas relaciones
productivas y sociales, determinadas por grandes cambios en la ciencia y la
tecnología” y aporta “estructuras de oportunidad” que se concretan
desigualmente en el tiempo y el espacio (Cordera, 2000, 16-18), no han
contribuido a disminuir la pobreza y la desigualdad, como planteaba su
discurso.
Contreras
(2000) encuentra las razones de esta situación en la reducción de las
posibilidades de maniobra de los gobiernos, el descrédito político en que caen
el corporativismo obrero y los partidos políticos para garantizar un nivel de
vida digno, las escasas posibilidades de hacer viables y competitivas a las
pequeñas y medianas empresas –que son las que emplean personal asalariado en
forma más intensiva–, las restricciones impuestas por la globalización al
funcionamiento de las instituciones financieras y fiscales y, en general, el
mayor beneficio que este mecanismo económico ofrece a los países de
industrialización original.
Ante esta
realidad, parece evidente la necesidad de reorientar las políticas y programas
referidos a los problemas sociales a través de nuevas formas de gestión pública
y social (Penso y Conde, en prensa). Entre ellas,
parece urgente que las empresas asuman su responsabilidad ante la sociedad,
evitando provocar daños a la misma y contribuyendo a resolver sus problemas, en
lugar de permanecer ajenas a las condiciones de vida de las sociedades en que
se desarrollan.
2. Capital social y
responsabilidad empresarial
Entre las
recientes innovadoras propuestas para desarrollar programas sociales en un
contexto de recursos especialmente limitados, aparecen las teorías vinculadas
al capital humano y al capital social.
El primero se
refiere a los conocimientos, capacidades y habilidades que facultan para actuar
en el mercado, desarrollando una actividad económica. Se preocupa
fundamentalmente por los niveles de educación, capacitación, salud,
alimentación y todo lo que permita mejorar la productividad del trabajo y las
oportunidades de empleo (enfoque propuesto por el Programa de Naciones Unidas
para el Desarrollo y ampliamente difundido por el Banco Mundial).
Por su parte,
la idea de capital social fue ampliamente desarrollado por Putnam (1994), quien
lo define como el conjunto de normas, reglas y valores éticos y sociales que
permiten la interrelación y colaboración entre individuos y grupos. Se trata de
un concepto ampliamente utilizado por los teóricos de la Economía del
Desarrollo de organizaciones como el Banco Interamericano de Desarrollo (bid) o la
Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (ocde). Así, la Iniciativa
Interamericana de Capital Social, Ética y Desarrollo del bid, argumenta lo siguiente:
La movilización
del capital social de los países podría aportar sobremanera a dichas políticas
[sociales]. Políticas sociales eficientes y bien gerenciadas,
con una sociedad civil movilizada participando en ellas, sería una combinación
poderosa para afrontar los agudos desafíos actuales. Entre las principales
dimensiones del capital social se hallan la responsabilidad social de la
empresa privada, la acción sindical y las organizaciones basadas en trabajo
voluntario (bid,
2003)
Si bien el
énfasis anterior es puesto en el último tipo de organizaciones citado, existe
un espacio importante para la responsabilidad social empresarial (rse) –tema
central de este artículo– en el marco del desarrollo de capital humano y
social. La empresa es considerada, casi unánimemente, una entidad en la que se
realizan actividades que utilizan todo tipo de recursos (materiales, humanos,
financieros, tecnológicos y de información) para el logro de sus objetivos. Los
desacuerdos comienzan cuando se trata de precisar cuáles son dichos objetivos,
apareciendo por lo menos cuatro variantes:
1.
Las que consideran que el único objetivo es la obtención de lucro, por lo que
los gerentes responden de sus resultados exclusivamente ante los propietarios
de su capital y rechazan toda posibilidad de asumir responsabilidades sociales.
Esta posición ha sido enfáticamente defendida en declaraciones como la
siguiente:
Pocas
tendencias podrían minar de una forma tan completa los mismos fundamentos de
nuestra sociedad libre como el hecho de que los responsables de la empresa
acepten una responsabilidad social, en vez de intentar obtener los mayores
beneficios posibles para sus accionistas (Friedman,
1966: 133).
2.
Aquellas en que se acepta que el objetivo fundamental es lucrativo, pero se
identifica también una misión empresarial en el ámbito socioeconómico, fruto de
la coalición de intereses entre los grupos con objetivos diferentes que la
componen. Esta posición la encontramos en textos como el siguiente:
Una
empresa en sí es la conjugación de recursos materiales, financieros, humanos y
tecnológicos que persiguiendo preponderantemente con sus actividades un lucro,
cumple también con una función social (da satisfactores
a la comunidad) y económica (crea fuentes de trabajo y genera utilidades),
dentro del ámbito en que se desenvuelve (Elizondo, citado en Paz, 1993: 113).
Ambos tipos de
objetivos han sido difíciles de conciliar a todo lo largo del desarrollo
administrativo, desde las teorías de Taylor hasta las que en la actualidad
pregonan la participación de los trabajadores en la toma de decisiones. En la
práctica, dicho desacuerdo ha llevado a priorizar el objetivo de lucro sobre
los restantes, lo que no significa que la responsabilidad de las empresas se
agote en la producción de bienes y servicios útiles a la comunidad.
3.
Las que reconocen abiertamente su responsabilidad ante la sociedad por los
problemas generados por su actividad, fundamentalmente en materia de accidentes
y enfermedades provocadas por las condiciones internas de trabajo y en
problemas ambientales que afectan a las personas que habitan en su entorno.
Este nivel de responsabilidad es planteado como:
la
actitud de la empresa ante las demandas sociales planteadas por la sociedad
como consecuencia de sus actividades, a la evaluación y compensación de los
costes sociales que la misma genera (Cuervo, s.f.:
322).
4.
Las que asumen una responsabilidad social amplia que va más allá de los
problemas provocados por ellas, contribuyendo al bienestar de toda la población
con el financiamiento de actividades culturales, deportivas, educativas, de
salud, etcétera, o bien con programas dirigidos a grupos con problemas específicos.
Nuevamente, para Cuervo, implica:
la
ampliación del campo de sus objetivos definiendo el rol social a desarrollar,
para conseguir con todo ello legitimidad y responsabilidad ante los diversos
grupos humanos que la integran y ante la sociedad en su conjunto (Cuervo, s.f.: 322).
Por su definición
de objetivos, las empresas ubicadas en el segundo grupo ya no responden en
forma exclusiva ante los propietarios de su capital, sino que se acercan más a autoconcebirse como una coalición de intereses entre los
diferentes grupos que la componen, versión desarrollada en los trabajos de Cyert y March (1965) y retomada
por los enfoques institucionalista y neoinstitucionalista
(Williamson, 1986; North, 1990), que buscan maximizar
el interés de cada uno de los participantes. Responden, entonces, ante el
conjunto de accionistas, pero también ante proveedores, consumidores,
empleados, acreedores y cualquier otro grupo directamente vinculado a la
actividad de la empresa.
En el tercer
grupo, la ampliación de su responsabilidad hace a las empresas responder ante
todo individuo, interno o externo a la organización, que resulte lesionado por
ella.
En el último
grupo se reconoce la necesidad de que la empresa contribuya a mejorar la
calidad de vida de cualquier conjunto de ciudadanos que lo requiera, como forma
de retribuir a la sociedad que permite el desarrollo de la actividad
empresarial.
Las tres últimas
posibilidades, que articulan algún tipo de objetivo social con la finalidad
indiscutida de la persecución del lucro, nos llevan a reconocer distintos
grados dentro del concepto general de responsabilidad social, que alude al
conjunto de acciones que las empresas realizan para mejorar las condiciones de
vida, más allá de aquellas estrictamente obligatorias por ley. Sus acciones
deben realizarse con pleno respeto a la dignidad de sus destinatarios,
desechando actitudes paternalistas.
Esta
situación implica una nueva posición ética en la que todos los grupos que
participan en la actividad económica reconozcan que la creación de riqueza es
el medio para lograr el nivel y calidad de vida de la comunidad, por lo que se
requiere de una repartición justa de los beneficios obtenidos. Para Vidal
(2002), el objetivo de la rse
es lograr un desarrollo social sostenible en las dimensiones medioambientales,
sociales y económicas.
Navas y Guerras
(1998:101) clasifican por áreas las responsabilidades a cubrir en materia
social:
·
Económico-funcional:
producción de bienes y servicios que la comunidad necesita, creación de
empleos, capacitación, seguridad e higiene en el trabajo;
·
Calidad
de vida: relaciones con los trabajadores, clientes o proveedores, preservación
del medio ambiente o nivel general de vida;
·
Inversión
social: resolución de problemas de la comunidad con recursos de la empresa en
materia de educación, cultura, deporte, arte, etcétera.
Los grupos
humanos favorecidos en materia de rse pueden
ser, entonces, tanto internos (trabajadores, gerentes, accionistas) como
externos a la misma (clientes, consumidores, proveedores, financiadores,
gobiernos, comunidades).
Muchos
autores están proponiendo, en forma complementaria, la implantación de
auditorías sociales que, si bien no podrían aplicar sanciones por falta de un
fundamento legal integral (sólo suele existir en ámbitos específicos como
relaciones laborales o impacto ambiental), garantizarían un compromiso social
de información y evaluación de los esfuerzos realizados por las empresas en
materia de impacto social.
Por último,
el tratamiento de nuestro tema suele considerarse parte de la ética de la
empresa, ya que las razones que la mueven a actuar en el campo social responden
a valores diferentes:
·
De
carácter altruista, vinculada a la convicción de contribuir a una distribución
de la riqueza más equitativa y al logro de un nivel digno de vida para todas
las comunidades (valor de tipo final);
·
Basadas
en un cálculo egoísta, realizado a partir de la comprensión de que la actividad
empresarial no puede alcanzar los deseados beneficios económicos si no actúa en
el contexto de sociedades satisfechas con su nivel de vida, capaces de adquirir
sus productos y servicios, y que garanticen la paz social que el desarrollo de
sus actividades requiere. Se trata de un valor netamente instrumental que puede
llevar a fundamentar la realización de acciones sociales a través de una doble
moral (un discurso solidario, como el desarrollado ampliamente por empresas
brasileñas, y una conducta ‘social’ que sigue buscando, como su fin último, la
obtención de mayor competitividad y ganancia).
Esta propuesta de
inclusión de la responsabilidad social como parte de la misión de las empresas
–en que asumo los conceptos propuestos por Cuervo (s.f.)
y las áreas específicas señaladas por Navas y Guerras (1998)– podría parecer un
mero asunto teórico a discutir si no se hubieran desarrollado experiencias
concretas que la asumen y muestran que es posible ser rentable al mismo tiempo
que socialmente responsable.
3. Experiencias en
otros contextos nacionales
Si bien no
podemos decir que la práctica de la rse esté generalizada en el mundo empresarial de
otros países, ni aun que se trate de un movimiento mayoritario, sí podemos
encontrar múltiples experiencias de las cuales aprender para ayudar a provocar
un cambio en la actitud de nuestras empresas.
La Europa de
los años ochenta, en proceso de integración en la Comunidad Económica Europea,
ya estaba muy avanzada en el sentido de que la empresa asumiera su
responsabilidad social como prerrequisito para lograr la estabilidad económica.
Destacan los trabajos realizados en Francia y España. En Francia, el ala
progresista de los patrones planteaba ya, en 1972, en el manifiesto de su
asociación Empresa y Progreso, la siguiente expresión que simboliza esta toma
de conciencia pionera en materia de responsabilidad social empresarial:
Habrá que
evitar que los beneficios, ese medio y criterio de gestión, se conviertan en la
única finalidad de la empresa, pues la función de ésta es, en definitiva, de
orden social (Servan-Schreiber, 1973: 165).
En 1977, Francia
promulgó la Ley 769 y los ocho decretos complementarios que implantan, por
primera vez, un modelo de Balance Social anual obligatorio, a partir de 1982,
para todas las empresas y establecimientos con más de 300 empleados. El mismo
responde en buena medida a las exigencias sindicales, por lo que pone el
énfasis en siete capítulos: empleo, remuneraciones y cargas suplementarias,
condiciones de higiene y seguridad, otras condiciones de trabajo, capacitación,
relaciones profesionales y otras condiciones relevantes de la vida de la empresa.
Las condiciones de trabajo en las fábricas constituye la preocupación social
central de los europeos.
El movimiento
fue fuertemente impulsado por Jacques Delors y el
Partido Socialista Francés. Ante los cambios políticos y la resistencia de
muchos, en los años siguientes, el Balance Social volvería a adquirir su
carácter voluntario en ese país. Actualmente en Francia se ha retomado la
obligación de informar en materia de realizaciones sociales, en su actual Ley
de Normatividad Económica, Artículo 64. También destacan importantes trabajos
universitarios con esta idea de desarrollar un enfoque socioeconómico de las
empresas y demás organizaciones.
Con la misma
característica voluntaria planteada para el caso francés, el empleo del Balance
Social se expandió notablemente en España. Para 1980, su introducción había
permeado un gran número de organizaciones entre las que su experiencia fue
sistematizada en casos como: Líneas Aéreas de Iberia, Banco de Bilbao,
Metalúrgica Santa Ana, Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Madrid, así como
diversas empresas públicas.
Lamentablemente,
su carácter continúa siendo voluntario y las empresas eligen los indicadores a
incluir, con lo que no siempre satisfacen a todos los actores interesados e
impiden la posibilidad de hacer estudios comparativos. Recientemente (10 de
mayo de 2002), el Grupo Parlamentario Socialista presentó la propuesta de ley
denominada Responsabilidad Social de las Empresas (Boletín Oficial del Congreso
de Diputados), con la que esta situación podría mejorar.
También
Alemania ha hecho avances importantes en el tema, resaltando la importancia de
la inversión en investigación y desarrollo para la generación de nuevas
tecnologías no contaminantes.
Gran Bretaña
dispone, entre otras muchas, con una publicación clásica en la materia: Los
costos sociales de la empresa privada,
de K. W. Kapp (1966). Actualmente cuenta con un
Instituto de Contabilidad Ética y Social que promueve la responsabilidad social
entre la comunidad empresarial. En 1984 dio inicio al desarrollo de Fondos
Socialmente Responsables, que posteriormente fueron imitados por Francia, los
Países Bajos y España. También desarrolla estándares de Contabilidad y
Auditoría en la materia, presenta buenas prácticas de responsabilidad social y
ética en las empresas, y acaba de crear su Ministerio de Responsabilidad Social
Empresarial
Suecia ha
tenido la iniciativa de identificar con etiquetas visibles el trabajo de
aquellas empresas que colaboran en términos sociales.
Vidal (2002:
3) resume la situación en Europa y la Unión Europea, al afirmar que: “están en
condiciones de realizar un paso hacia la implementación de la responsabilidad
social corporativa y el partenariado entre el sector
público y el sector privado, lucrativo y no lucrativo”.
Sin pretender
ser exhaustivos en esta revisión diremos que, en el ámbito europeo, este
discurso ha aumentado su presencia a partir de los noventa, especialmente en
los países nórdicos y anglosajones, aunque también hay países de Europa
Oriental involucrados en este movimiento. Un ejemplo lo constituye Polonia, que
presenta su correspondiente página web en Internet.
Finalmente,
hay que resaltar que el tema tiene alta prioridad en la agenda de la Unión
Europea (ue),
donde recién se editó (julio de 2001) un libro verde denominado Fomentar
un marco europeo para la responsabilidad social de las empresas (Unión Europea, 2001) que recomienda
a las empresas realizar un balance global que incorpore aspectos ambientales,
sociales y económicos. En la práctica, parece que las empresas más exitosas se
estarían resistiendo a realizar dicho balance, procediendo a lo sumo a
informar, como parte de sus memorias, las actividades filantrópicas
desarrolladas. Además, han presionado a la ue para que el tema de la rse se
mantenga en términos de recomendaciones y acciones voluntarias. Para la
realización de éstas en forma amplia, se perciben incentivos insuficientes; sin
embargo, el gobierno danés –que también tiene buenas prácticas en la materia–
ha anunciado su intención de destinar recursos y energías en divulgar los
conceptos de rse
y complementariedad entre sector publico y privado,
durante su presidencia de la ue.
(Vidal, 2002).
También
encontramos preocupaciones vinculadas a la responsabilidad social en Japón,
país que ha impulsado mejoras en las condiciones de vida y de trabajo de sus
empleados, quienes participan en los procesos decisorios empresariales,
impulsados paralelamente con miras al desarrollo del enfoque de calidad
total.
Si bien este
enfoque, desarrollado por autores como Deming, Juran
e Ishikawa en Japón, y retomados posteriormente en Estados Unidos de
Norteamérica por especialistas
como Crosby, se ha dirigido fundamentalmente a la
satisfacción del cliente mediante el mejoramiento continuo de los procesos
organizacionales; para lograrlo ha puesto también mucha atención en los
aspectos humanos que permiten un adecuado trabajo en equipo (círculos de
calidad) y motivan a la participación en procesos de superación indefinida del
logro de metas.
Entre los
catorce puntos señalados por Deming (1994) para
lograr la calidad, figuran algunos de nuestro particular interés que se
relacionan con las condiciones internas de trabajo en la empresa, como
instituir la capacitación en el trabajo y el liderazgo de apoyo y orientación
al trabajador, erradicar el miedo, facilitar que el trabajador se sienta
orgulloso de su labor o instituir un programa de educación y automejora.
La cultura
organizacional propiciada por el enfoque requiere de un importante esfuerzo en
la educación de los trabajadores que permite el involucramiento de todos en los
procesos decisorios, con base en valores de respeto al ser humano. Su famoso
concepto “kaizen” implica un mejoramiento en todos
los aspectos de la vida, incluido el bienestar general de los trabajadores.
No obstante,
hay que reconocer que los esfuerzos japoneses son un poco tangenciales, no
están planteados en forma expresa como rse ni incluyen aspectos
vinculados al medio ambiente o las condiciones de vida de la comunidad. Además,
las características de sus sindicatos y el tipo de relaciones que establecen
con las empresas suelen contradecir, en la práctica, la filosofía expresada en
sus propuestas teóricas.
En el caso de
Estados Unidos de Norteamérica, destaca su inmensa cantidad de producción
bibliográfica. Servan-Schreiber opinaba, al momento
de escribir su libro, que el movimiento en favor de la responsabilidad social
de las empresas estaba más desarrollado en Estados Unidos de Norteamérica que
en Europa. Sin embargo, reconocía que “las auténticas innovaciones son aún poco
numerosas y experimentales” (Servan-Schreiber, 1973:
172), haciendo referencia a acciones que no fueran obligatorias por ley.
Consideraba que generalmente, sus iniciativas de responsabilidad social no eran
totalmente altruistas, sino que se hacían con el objetivo de evitar graves
problemas futuros a la empresa, razón por la que tituló su libro: La
empresa con rostro humano.
Entre los
trabajos recientes más destacados figuran dos libros encabezados por Sturdivant (1990a y 1990b) sobre la relación y los desafíos
pendientes entre el ámbito de los negocios y la sociedad. Incluye capítulos y
casos sobre responsabilidad política, ideológica, ética y comunitaria,
capacitación, bienestar de los consumidores, energía y medio ambiente.
Otra
aportación importante la constituye el libro de Fishman
y Cherniss (1990), que introduce el tema
preguntándose si es posible que una empresa persiga al mismo tiempo ganancias y
se preocupe por la gente, poniendo el énfasis en el bienestar de los
trabajadores.
Las
preocupaciones centrales de Estados Unidos de Norteamérica en materia social han girado alrededor
de los problemas ambientales y las condiciones de vida de las minorías
raciales. En la actualidad, los recientes problemas financieros sucedidos en
empresas como enron y worlcom demuestran hasta qué
punto las preocupaciones sociales de algunas empresas conviven con otras
totalmente faltas de ética, en que muchos trabajadores han perdido sus empleos
y los pequeños inversionistas, sus ahorros.
Algunos
países latinoamericanos destacan hoy por sus preocupaciones en este campo:
Colombia, Perú, Ecuador, Brasil, Chile, Argentina, Uruguay, Costa Rica, entre
otros.[1]
Puesto que la globalización requiere de la competitividad, y ésta de una
productividad en continuo progreso, demuestran que no es posible obtener la
última sin una adhesión de los trabajadores a la empresa, lo que se logra
cuando alcanzan a satisfacer sus necesidades de bienestar. La situación social
es así consecuencia del desarrollo económico y, al mismo tiempo, prerrequisito.
Esto que parece entendido en el ámbito macroeconómico, ha llegado muy poco al
nivel de la empresa, que constituye su unidad básica. Los resultados
macroeconómicos no son más que agregaciones de los microeconómicos, por lo
tanto, imposibles de alcanzar si no se empieza desde la empresa.
Es importante
resaltar que si bien el tema que nos ocupa nace en todos los países como un
asunto voluntario, diversos gobiernos han sido pioneros en su regulación, como
es el caso del gobierno francés en torno al Balance Social o el actual gobierno
británico, al elevar el tema a rango ministerial.
También
múltiples organismos internacionales se han preocupado por aspectos sociales
vinculados a la gestión empresarial como las condiciones de trabajo o el medio
ambiente: Organización Internacional del Trabajo (oit), Programa de Naciones Unidas
para el Medio Ambiente (pnuma),
Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (pnud), programas
anticontaminantes de la Organización de Estados Americanos (oea), Organización de las Naciones
Unidas para el Desarrollo Industrial (onudi), Comisión Económica para
América Latina y el Caribe (cepal)
y Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (fao).
En trabajos
recientes, investigadores (Birdsall et
al., 1996 y 1997) de
organismos internacionales –como el bid–insisten
en que no es posible, en el ámbito macroeconómico, mantener un alto crecimiento
sostenido sin una adecuada distribución de la riqueza y las consecuentes
condiciones de vida de la población; mientras el Banco Mundial plantea la
necesidad de contar con eficientes mecanismos de desarrollo del capital humano,
a través de la educación y capacitación para el trabajo.
Recientemente,
el bid
ha creado la Iniciativa Interamericana de Capital Social, Ética y Desarrollo
que incluye un capítulo sobre rse, y que ha promovido (junto con organizaciones
como la oea,
el Gobierno de Noruega, el Consejo Económico y Social de España, entre otros)
la realización de diversos actos internacionales que abordan el tema en: La Paz
(Bolivia), Buenos Aires (Argentina), Tegucigalpa (Honduras), Santiago (Chile),
Caracas (Venezuela); así como la Conferencia sobre Responsabilidad Social de la
Empresa (Miami, Florida, 22 al 24 de septiembre de 2002). Actualmente, se
programa el Encuentro Internacional Movilizando el Capital Social y el
Voluntariado en América Latina, a celebrarse en Santiago de Chile (22 y 23 de
mayo de 2003).
Así, el libre
juego de las fuerzas del mercado, contrario al intervencionismo estatal, nos
lleva a postular que las preocupaciones por lo social también deben ser
atacadas desde el ámbito de la empresa. De lo contrario, y más allá de posturas
éticas sobre el imperativo de contribuir a la solución de problemas sociales,
los agentes privados podrían tomar malas decisiones (fallas del mercado) en
materia de asignación de recursos, al no tomar en cuenta las externalidades que
sus empresas provocan.
Veremos a
continuación lo que está ocurriendo en México respecto de esta cuestión que,
como vemos, lleva más de veinte años avanzando en otros contextos.
4. El caso mexicano
Desde principios
del siglo xx,
el gobierno mexicano aprobó leyes destinadas a proteger los derechos sociales y
económicos de los trabajadores. Posteriormente creó institutos y fondos
nacionales para el cuidado de su salud, su seguridad social y para la atención
de sus necesidades de vivienda, todo ello en el marco del imperativo
constitucional que exige asegurar un nivel de vida laboral decoroso.
En épocas
recientes, y dentro de los temas de nuestro interés, destaca la aprobación de
la Ley General de Equilibrio Ecológico y Protección al Ambiente (1988), la
creación del Centro Nacional de Productividad (cenapro) y el desarrollo de
programas de capacitación y seguridad en el trabajo, principalmente en la
Secretaría del Trabajo y Previsión Social.
Sin embargo,
la eficacia de la aplicación de estas medidas ha sido limitada y muy desigual
para los trabajadores del amplio territorio nacional; en cambio, ha servido
para simplificar y contribuir a financiar las obligaciones legales de las
empresas en materia social, las que se han desarrollado habituadas a la idea de
que no tienen otra responsabilidad social más que pagar oportunamente sus
aportaciones a los correspondientes fondos o programas.
En los años
recientes, con la aplicación del enfoque neoliberal, el gobiernos mexicano ha
ido disminuyendo su atención a los programas dirigidos a los trabajadores, que
favorecieron el desarrollo empresarial, para focalizar su atención en el
combate a la extrema pobreza.
Además, entre
las pocas empresas públicas que aún permanecen en el país, el reto es mostrar
que pueden actuar de manera tan eficiente y competitiva como la actividad
privada o atenerse a la posibilidad de desaparecer o privatizarse. Ante una
presión tal, sólo puede percibirse algún programa mínimo tendente a reparar, en
parte, los costos sociales generados (por ejemplo, el caso de los programas
ecológicos de Petróleos Mexicanos), pero obviamente, la rse tampoco es una preocupación
fundamental en este sector.
Así, en la
revisión realizada no se encontraron –ni en el ámbito gubernamental, ni en el
de las organizaciones empresariales– programas o esfuerzos relevantes hacia la
toma de conciencia, la realización de acciones o la evaluación de su impacto en
materia de rse
(el Balance Social sólo se ha empleado en contados casos). Una excepción la
constituye la primera reunión latinoamericana, realizada a fines de 1998,
auspiciada por la Fundación del Empresario Chihuahuense, bajo el lema
“Compartamos ideas”, en la que se reunieron durante tres días miembros de
empresas, gobierno y sociedad civil de Estados Unidos de Norteamérica, Gran
Bretaña, Colombia, Perú, El Salvador y México, para discutir cómo solucionar
problemas e impulsar el desarrollo social.
En este
contexto, el único trabajo relevante y continuo parece ser el que desarrolla el
Centro Mexicano para la Filantropía, a.c. (cemefi), que se propone, entre otros objetivos,
conocer el comportamiento y las tendencias del sector empresarial en materia de
responsabilidad social y facilitar la ejecución de programas socialmente
responsables.[2]
Al analizar
la lista de empresas asociadas al cemefi, encontramos que la mayor parte de ellas son
subsidiarias nacionales de empresas transnacionales y están fuertemente
influenciadas por la cultura de responsabilidad social que se ha desarrollado
en otras latitudes (Citibank México, Coca Cola de
México, Grupo Financiero bbv-Bancomer,
Hewlett-Packard de México, Janssen-Cilag, Shell
México, etcétera).
En 2001,
diecisiete empresas (entre sus asociadas) obtuvieron del cemefi el distintivo como
empresas socialmente responsables (esr),[3]
cifra que aumentó a veintiocho en 2002, incluyendo trece que lo habían logrado
el año anterior.[4] Dicho distintivo no
constituye un premio ni una certificación, sólo se otorga por el cumplimiento
de un conjunto de requisitos. Las áreas en que dichas empresas han colaborado
incluyen: educación, alimentación, ecología, atención a minusválidos, salud y
medio ambiente.
Entre las
actividades desarrolladas por cemefi corresponde destacar una que comparte con
otras organizaciones (Expansión, Confederación de Uniones Sociales de
Empresarios de México, a.c.,
Confederación Patronal de la República Mexicana y Desarrollo Empresarial
Mexicano): la preparación, desde el año 2000, de un concurso para reconocer las
mejores prácticas de rse,
que conjunten éxito en el negocio con impacto positivo en la sociedad en las
áreas de calidad de vida en la empresa, medio ambiente, desarrollo comunitario,
conducta empresarial y vinculación con la comunidad. Las prácticas reconocidas
deben haber sido aplicadas con continuidad y contar con mecanismos de
evaluación y seguimiento. Dicho concurso, en el año 2000, estuvo cerrado a las
empresas asociadas a cemefi;
en cambio, para el 2001, se abrió a la participación de todas las empresas,
públicas o privadas, que operaran en México, sin importar su tamaño o sector.
Las empresas
ganadoras en la primera versión del reconocimiento, primero en su tipo en
América Latina, fueron las siguientes:
·
Janssen-Cilag,
por su práctica de “Eliminación de residuos”, tendente a la disminución de
desperdicios para preservar el medio ambiente (Área Medio ambiente).
·
Danone
México, por su práctica “Construyamos sus sueños”, dirigido a ayudar a niños
afectados por cáncer, abandonados, huérfanos, discapacitados o habitantes de
zonas indígenas (Área Vinculación con la Comunidad).
·
Cementos
Apasco, por la práctica “Centro de capacitación
agroforestal”, cuyo objetivo es elevar el nivel y calidad de vida de los
poblados aledaños a las plantas de cemento (Área Vinculación con la Comunidad).
·
Servicios
Industriales Peñoles, por la práctica “Modelo de desarrollo y promoción
comunitaria”, que apoya programas de salud, planificación familiar y
conservación del medio ambiente (Área Desarrollo Comunitario).
·
Janssen-Cilag,
por la práctica “Empleado apasionado”, que garantiza la calidad de vida del
personal mediante el control de sus niveles de satisfacción, desarrollo de
capital intelectual, y reducción de los factores de riesgo del trabajo y la
salud (Área Calidad de Vida en la Empresa).
En cuanto a los
procedimientos seguidos por cemefi para el otorgamiento tanto del
distintivo de rse
como del premio a las Mejores Prácticas, corresponde realizar las siguientes
aclaraciones.[5]
a.
El diseño de los requisitos para obtener el distintivo inició hace cuatro años.
Se realizó teniendo en cuenta la experiencia de los países más avanzados en la
materia (Gran Bretaña, Estados Unidos de Norteamérica, Brasil, Chile, entre
otros) y con el trabajo de las propias empresas asociadas a cemefi que definieron el
concepto, identificaron las áreas relevantes para el contexto mexicano,
elaboraron indicadores y estándares para asegurarse de que las empresas que lo
recibieran contaran con políticas continuas de esr, integradas a su misión, y no
sólo acciones aisladas.
b.
Los indicadores diseñados fueron originalmente 80, pero se han ido
eliminando y agregando nuevos según lo demanda la experiencia en su aplicación.
En la actualidad llegan a 147, que aunque en principio parece excesivo, nos
aclaran que se trata de un cuestionario muy simple, con opciones y rangos
predeterminados. Dicho instrumento no es público, a diferencia de lo que
realiza su homóloga ethos
en Brasil, cuyo cuestionario puede ser consultado en Internet. Los temas más
preocupantes son la calidad de vida en la comunidad interna y el medio
ambiente; las actividades filantrópicas se consideran de menor peso.
c.
El proceso para solicitar el distintivo incluye las siguientes etapas:
-
Entrega de la información requerida por parte de la empresa;
-
Visita de los evaluadores a la misma;
-
Revisión aleatoria de algunos indicadores;
-
Calificación de la información obtenida, y
-
Comparación de los resultados de la empresa con el promedio y la líder del grupo
(especie de benchmarking social).
d. El cemefi se está enfocando a
ofrecer una certificación a corto plazo. Si bien Canadá lleva tres años
intentándolo, no lo ha podido concretar. Tampoco cuenta con él ningún país de
América Latina, por lo que, para cemefi, constituye un éxito importante estar
imponiendo el distintivo en México y avanzar hacia la certificación.
e. Para el otorgamiento del premio a
las Mejores Prácticas, los resultados de los indicadores son analizados por un
grupo de evaluación y un jurado compuesto por cada una de las empresas
participantes y uno o dos integrantes del Grupo Expansión.
f.
Se trata de una iniciativa de cemefi, conjuntamente con otras organizaciones
mexicanas ya mencionadas, sin más respaldo que su membresía
al Movimiento Hemisférico de Responsabilidad Social, que agrupa a
organizaciones de diversos países, en el que comparten sus experiencias. Por
otro lado, sólo algunas áreas del gobierno mexicano se han mostrado interesadas
y respaldarían moralmente este trabajo.
g. El impacto logrado en el medio
empresarial es relativamente importante si se mide por el aumento en el número
de empresas y fundaciones participantes (veinte de reciente incorporación en
los tres meses previos a la entrevista), no así si lo comparamos con el total
de empresas mexicanas; a pesar del interés que habrían manifestado organismos y
empresas públicas como Petróleos Mexicanos.
h. El impacto entre los consumidores
depende mucho del tipo de empresa. Resulta fácil de identificar en los empaques
de supermercados y mensajerías, donde los clientes lo han percibido y han
solicitado mayor información. Mucho más difícil resulta en el caso de empresas
de servicios donde el distintivo sólo aparece en su papelería, informes,
boletines de prensa, páginas de Internet, etcétera.
i. También existen impactos indirectos
como las ventajas que logra una empresa con distintivo al participar en
licitaciones nacionales o internacionales en que la rse es respetada.
Los
procedimientos descritos motivan, a su vez, los siguientes comentarios:
a. Contar con el distintivo por parte
de una empresa no garantiza el pleno cumplimiento de todos los aspectos de rse, además de
que se desconoce la validez y confiabilidad del instrumento aplicado en el
proceso de su selección y su grado de imparcialidad. Tampoco significa que las
que logran el distintivo sean mejores que otras empresas que no lo solicitaron.
En particular, se detectan empresas que, habiendo sido incluso premiadas por
buenas prácticas, dejan dudas importantes en materia de seguridad en el
trabajo. Otro aspecto controversial lo constituyen las empresas que elaboran
productos nocivos para la salud –como el tabaco y el alcohol– que en el caso de
México no han obtenido aún el distintivo, pero varias lo están solicitando.
b. Si bien a partir del tercer año de
su aplicación se ha ofrecido el distintivo a cualquier empresa que decida
participar y pague la correspondiente cuota de inscripción, se trata de un
proceso endógeno al cemefi,
donde las empresas asociadas han definido el concepto y diseñado los criterios
que deben cumplirse en materia de rse y las participantes son jueces y parte en la
evaluación y decisión de su entrega. Se carece de un jurado evaluador,
integrado por especialistas en la materia, que garantice decisiones imparciales.
c. Adicionalmente, los organizadores
del reconocimiento y del premio a las Mejores Prácticas actúan sin ningún
respaldo nacional o internacional que avale sus decisiones. Esto se vuelve aún
más preocupante frente a su propuesta de entregar una certificación en el corto
plazo.
5. Conclusiones
preliminares y líneas para profundizar en la investigación
El objetivo de la
rse, si
bien no ha sido asumido por la mayoría de los teóricos de la empresa, ha sido
impulsado por gobiernos, partidos políticos, organizaciones civiles y
organismos multilaterales y ha ido ganando adhesiones de las empresas en países
europeos, Japón y Estados Unidos de Norteamérica. Recientemente, el movimiento
de rse
está adquiriendo fuerza en diversos países latinoamericanos, mientras México
parece estar apenas despertando ante el tema, a través del desarrollo de
algunas actividades filantrópicas.
El caso
mexicano muestra el papel jugado por el gobierno a lo largo del siglo xx para dotar
a los trabajadores de una legislación que los protegiera (aunque limitada en su
aplicación), facilitando a los empresarios el cumplimiento de sus obligaciones
para con ellos; papel que se modifica en las últimas décadas al concentrar su
atención en los programas especialmente dirigidos a la extrema pobreza.
Son pocas las
empresas mexicanas que mantienen programas de interés social, la mayoría de
ellas están ligadas a capitales y culturas extranjeras, y enfatizan su interés
por las acciones filantrópicas, sin tratar de compensar los propios costes sociales
que generan, objetivo fundamental del movimiento por la rse. Cubren, entonces, el
objetivo de responsabilidad social ante la comunidad, con fines instrumentales,
pero descuidan el referido a las condiciones de vida y de trabajo provocadas
por la misma empresa.
Una de las
hipótesis que podrían explicar esta reticencia del empresariado mexicano
aparece muy vinculada a la forma en que éste se desarrolló en el siglo pasado,
bajo una fuerte protección estatal, que le permitió desinteresarse de los
problemas sociales y concentrarse en el logro de metas económicas, consideradas
antagónicas con los anteriores, sin perder por ello, reconocimiento y estatus
ante la sociedad mexicana. Otra complementaria, hace alusión al origen
extranjero, directo o indirecto, del empresariado mexicano, que lo ha empujado
hacia el logro económico sin preocuparse de las condiciones de vida de los
trabajadores nacionales. Una última, y de carácter general, es la presión
actualmente ejercida por los mercados financieros para generar utilidades en el
corto plazo, lo que conduce a lo que Vidal (2002) plantea como una
contradicción entre el desarrollo sostenible a largo plazo, y la demanda del
mercado de capitales.
Los gobiernos
han tenido dificultades para exigir su responsabilidad a las empresas, incluso
en el ámbito europeo donde se cuenta con una legislación que sanciona la
generación de externalidades negativas. En el caso de América Latina, los
esfuerzos realizados han provenido fundamentalmente de organizaciones civiles
que intentan convencer y presionar a las empresas para que disminuyan las
externalidades negativas que su actividad provoca, mejoren las condiciones
internas de trabajo y contribuyan a la solución de los problemas sociales mas amplios, como justa contraparte por la utilización que
realizan de los recursos sociales, los daños provocados por los procesos
empresariales y la desigual apropiación de las ganancias generadas. En el caso
mexicano, el movimiento también es impulsado por una organización civil, pero
ésta requiere aún diseñar sus procedimientos en forma mucho más rigurosa e
imparcial.
En un
contexto nacional en que el Estado focaliza cada vez más su gasto social hacia
el combate a la extrema pobreza, millones de mexicanos de bajos ingresos han
dejado de ser apoyados para la resolución de problemas de salud, educación,
nutrición, contaminación, cultura, etc., que sus ingresos no les permiten
enfrentar. Este espacio, dejado por el Estado, ha sido también parcialmente
ocupado por organizaciones civiles, pero su esfuerzo es muy insuficiente y
requiere del apoyo solidario de las empresas, tanto por razones éticas como por
otras más egoístas. Para ello se requiere que la sociedad civil continúe
presionando, convenciendo, evaluando y premiando los esfuerzos de las que resultan
pioneras en el tema, y sobre todo, que los gobiernos regulen en forma más
efectiva sus obligaciones.
Ante la falta
de una legislación que obligue a las empresas a asumir su rse, y la insuficiencia de
incentivos para hacerlo ampliamente en forma voluntaria, es necesario que la
sociedad comience a aplicar las sanciones económicas que tiene en sus manos
como consumidora, priorizando el consumo y recomendación de bienes y servicios
producidos por empresas con rse.
Obviamente, esto no es la panacea, ya que no existe la transparencia o la
información perfecta postulada por los neoclásicos, que permita al consumidor
un acción racional y efectiva en su selección de satisfactores.
Si bien la desconfianza y el control, que es su consecuencia, no producen
actitudes éticas, al menos la forzarían mientras se desarrolla una cultura que
incorpore nuevos valores como responsabilidad y solidaridad.
Para avanzar
hacia la elaboración de un diagnóstico de la responsabilidad social de las
empresas, se requiere trabajar por regiones geográficas o ramas de actividad,
con la finalidad de hacer confluir diversos esfuerzos de investigación, ya que
es casi imposible recabar la información de una muestra representativa de todas
ellas, en el ámbito nacional. Esto permitiría comenzar a hacer estudios
comparativos donde sea posible relacionar las acciones en el campo social con
su impacto en los resultados económicos y financieros de la empresa. Hay muy
poca investigación rigurosa, incluso en Europa, por lo que habría que iniciar
con el estudio de los casos de prácticas exitosas y también de las fallidas, y
avanzar en su análisis comparativo.
Una última
temática por investigar es si las empresas mexicanas que realizan actividades
filantrópicas se preocupan también por las condiciones internas de trabajo; ya
que parecería haber un sesgo, al preocuparse más de condiciones sociales
externas a la empresa que de las propias. La hipótesis en este caso podría
estar en el diferente tratamiento que la Ley de Impuesto a la Renta otorga a
las actividades filantrópicas frente a las inversiones y gastos realizados para
mejorar las condiciones de trabajo en la empresa. De confirmarse esta
hipótesis, resulta urgente que el gobierno modifique esta distorsión y apoye
fiscalmente todos los esfuerzos positivos.
En síntesis,
los graves problemas sociales que sufren nuestros países en la actualidad
requieren del esfuerzo conjunto del gobierno, la sociedad y las empresas. Esto
exige a las últimas asumir su responsabilidad social, conciliando su éxito
financiero a corto plazo con el desarrollo económico y social, sostenible y
sustentable, en el largo plazo.
Bibliografía
Birdsall, Nancy, David Ross y Richard Sabot (1996), “La desigualdad como limitación para el
crecimiento en América Latina”, en Gestión y Política Pública, Centro de Investigación y Docencia
Económicas, México.
––––– y Juan Luis Londoño (1997), “Desigualdad en
la distribución de bienes: por supuesto que importa”, trabajo presentado en la Reunión
de la Asociación Económica Americana,
Banco Interamericano de Desarrollo, eeuu.
Banco
Interamericano de Desarrollo (bid) (2003), “Encuentro Internacional Movilizando el
Capital Social y el Voluntariado de América Latina” en
<www.iadb.org/etica>, 1 de abril de 2003.
Boltvinik, Julio y E. Hernández (1999), Pobreza
y distribución del ingreso en México,
Siglo xxi
editores, México.
Contreras
Suárez, Enrique (2000), “Reflexiones en torno a los retos que enfrentan
actualmente los estados de bienestar en el mundo”, en Acta
Sociológica, núms. 28-29, Facultad de Ciencias Políticas y Sociales,
Universidad Nacional Autónoma de México, México.
Cordera Campos,
Rolando (2000), “Globalización y política social: equidad e inequidad en los
cambios del mundo”, en Rolando Cordera y Alicia Ziccardi
(coords.), Las políticas sociales de México
al fin del milenio, diseño y gestión,
Universidad Nacional Autónoma de México-Miguel Ángel Porrúa, México.
Cuervo García,
Álvaro (s.f.), Eficiencia y
responsabilidad social de la empresa,
Universidad de Oviedo, España.
Cyert, Richard y James March
(1965), Teoría de las decisiones económicas en la empresa, Editorial Herrero Hermanos Sucesores s.a., México.
Deming, Edward (1994), Calidad,
productividad y competitividad,
Ediciones Díaz Santos, Madrid.
Fishman, Daniel y Cary Cherniss
(1990), The human
side of corporate competitiveness, Sage Publications, London.
Friedman, Milton (1966), Capitalism and freedom, University
of Chicago Press, Chicago.
Habermas, Jürgen
(1986), Problemas de legitimación en el capitalismo tardío, Amorrortu,
Buenos Aires.
inegi
(2001), Niveles de Bienestar en México, <www.inegi.gob>.
Kapp, William (1966), Los
costes sociales de la empresa privada,
Ediciones Oikos-Tau, Barcelona.
Kliksberg, Bernardo (1997), Pobreza.
Un tema impostergable,
Fondo de Cultura Económica, Centro Latinoamericano para el Desarrollo, Programa
de las Naciones Unidas para el Desarrollo, México.
Navas y Guerras
(1998), La dirección estratégica de la empresa, Editorial Civitas,
España.
North, Douglass (1990), Institutions, institutional change and economic
performance, Cambridge University Press, eeuu.
O’Connors, James (1981), La
crisis fiscal del Estado,
editorial Península, Barcelona.
Paz Zabala, E.
(1993), Introducción a la contaduría, editorial ecasa, México.
Penso, Cristina y Carola Conde (coords.), Participación y política social, Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco, México, en prensa.
Putnam, Robert
(1994), Para hacer que la democracia funcione, Editorial Galac,
Venezuela.
Servan-Scheiber, Jean-Louis (1973), La
empresa con rostro humano,
editorial dopesa,
Barcelona.
Sturdivant, Frederick y
Heidi Vernon-Wortzel (1990), Business and society. A managerial approach, Richard
Irwin Inc., Boston.
––––– y James
Stacey (1990), The
corporate social challenge, Richard Irwin Inc., Boston.
Unión Europea
(2001), Libro Verde: Fomentar el marco europeo para la
responsabilidad social de las empresas,
<http://europa.eu.int/comm/off/green/index-es.htm>.
Vidal, Isabel
(2002), “Reflexiones sobre la responsabilidad social como estrategia
empresarial”, Jornadas de Responsabilidad
Social. Balance Social: Instrumento de Gestión para la Empresa Social, Madrid, <www.grupcies.com>, 19 y 20 de junio.
Williamson, Oliver (1986), Economic organization: firms, markets and policy
control, Wheatsheaf Books, Londres.
Enviado: 23 de octubre de 2002.
Reenviado: 8 de febrero de 2003.
Aceptado:
18 de marzo de 2003.
[1] Consultar al respecto:
<www.accionempresarial.cl>, <www.prenarcooperativa. com.ar>,
<www.findeter.gov.co>, <www.chami.udea.edu.co>, <www.suramericana.
com.co>, <www.counivalle.com.co>, <www.abu.org.uy>,
<www.tercersector.org.ar>, <www.esquel.org.ec>,
<www.ethos.org.br>, <www.sht.com.ar>, <www.peru2001. org> y <www.usmp.edu.pe>.
[2] Al respecto, consultar:
<www.cemefi.org>
[3] Las empresas que obtuvieron el citado
distintivo en 2001 fueron: alfa
Corporativo; Arthur Andersen, Ruiz, Urquiza y Cía.; bbv-Bancomer; Cementos Apasco;
Citibank México; Coca Cola de México, Grupo Ángeles;
Grupo Bimbo; Hewlet Packard de México; Janssen-Cilag; Nestlé México; sc Jonson
& Son; Segundamano; Shell México; Supermercados
Internacionales heb,
Wall*Mart de México y Zimal
Consultores.
[4] En 2002 perdieron su distintivo: alfa Corporativo; Arthur Andersen, Ruiz, Urquiza y Cia; Citibank México; Coca Cola de México y Nestlé México. En
cambio, lo obtuvieron por primera vez: Aeroméxico; American Express Co. de México; Mexicana de Aviación; Pinturas Comex, Danone de México; Parque Garrafón; Promotora Xel-ha, Servicios Industriales Peñoles; Deloitte
Consulting; Hipotecaria Su Casita; Inmobiliaria
Parque Reforma, Johnson & Johnson; Teléfonos de México; Grupo Zuum y Zimat Golin
Harris.
[5] Información obtenida mediante entrevista con Juan Felipe Cajiga, coordinador del Foro de rse, realizada en agosto de 2002, con el apoyo de Ramiro Quintana, quien se encargó también de su transcripción.