Dimensión espacial y política de la reestructuración
capitalista
Darío I. Restrepo*
Abstract
Most of
public and academic opinions assume that the State decentralization processes
and the citizen and community participation practices in public policies are
highly positive. For many people, these are the contents of democracy, freedom
and emancipation. The decentralization approaches decisions to the local
government and participation to individuals. The appropriation of political
power by the populace would be at hand after the fall of the socialist hope and
the neoliberal attack. However, decentralization and participation are only
understood in the context of capitalist restructuring process. In this sense,
the special modalities of administrative and political organization of the
common capitalist society are the basis upon which neoliberal strategy and
socialist contemporary alternative are structured.
Keywords: capitalist restructuring process, decentralization,
participation, alternatives to neoliberalism.
Resumen
La mayor parte
de la opinión pública y de los académicos presume que los procesos de
descentralización de los Estados y las prácticas de participación ciudadana y
comunitaria en las políticas públicas son altamente positivas. Para muchos, son
los nuevos contenidos de la democracia, la libertad y la emancipación. La
descentralización acerca las decisiones a los gobiernos locales, y la
participación a los individuos. La apropiación del poder político por la
multitud estaría al alcance de la mano después del derrumbe de la esperanza
socialista y la arremetida neoliberal. Sin embargo, descentralización y
participación sólo pueden ser entendidas en el contexto de la reestructuración
capitalista. En sentido estricto, son las formas espaciales de organización
administrativa y política de la sociedad capitalista actual, con base en las
cuales se estructuran la estrategia neoliberal y la alternativa socialista
contemporánea.
Palabras clave: reestructuración capitalista, descentralización,
participación, alternativas al neoliberalismo.
*
Universidad Nacional de Colombia. Correo-e: direstre@colomsat.net.co
1. Especificidad del
presente documento[1]
Nuestra
pretensión es el análisis de dos políticas públicas específicas: el proceso de
descentralización y las prácticas de participación ciudadana y comunitaria.
Ambas constituyen transformaciones importantes del Estado y la política en las
sociedades capitalistas. Tienen la especificidad de aparecer como el lado
amable de la reestructuración en curso, más aún, para muchos analistas, la
descentralización del Estado y las prácticas de participación son los nuevos
contenidos de la emancipación social, política y hoy también cultural, que se
estarían enfrentando a la profunda hegemonía neoliberal.
Para muchos analistas y sectores
democráticos, las formas de organización descentralizada de los Estados
(transferencia ampliada de recursos financieros de la nación a las entidades
territoriales, fortalecimiento político de los niveles subnacionales
de gobierno, administración local de servicios) son consideradas, per
se, más democráticas
y eficientes que las formas centralizadas (Restrepo, 1991).[2]
Desde esta perspectiva, el gobierno
local es asimilado al poder popular o, cuando menos, se le considera la
instancia de gobierno más permeable y accesible a las necesidades de los
sectores populares. El gobierno, las instituciones y el espacio nacional son
leídos como el bastión de los intereses rentistas en el mundo de los negocios
que se hacen en la política y el mercado. Las instituciones, los escenarios
internacionales y el espacio global serían los bastiones de los poderes
privados transnacionales y de los intereses imperialistas.
De tal manera, cierta mitología
política contemporánea otorga a cada espacio una primacía de hegemonía social.
A lo local correspondería lo popular, a lo nacional la burguesía rentista, a lo
global el capitalismo transnacional.
Sobre esta base se analizan los
procesos de descentralización. Se interpretan como el desprendimiento local (léase
popular) del control antidemocrático de los poderes centrales (léase
burgueses). Se propone así radicalizar la descentralización hacia la autonomía
regional, la cual es asimilada como la autogestión social, máxima expresión del
poder popular desatado de toda subordinación al capital nacional y trasnacional
o se piensa que al menos la facilitaría. Las regiones autónomas –es decir, el
poder popular local– serían los lugares por excelencia para la resistencia a la
racionalidad trasnacional del capital, el que se expresa en el terreno global,
es decir, en aquel que desconoce los valores, costumbres, instituciones y
poderes políticos locales –por ende, comunitarios y populares.[3]
La asimilación entre lugares
espaciales y primacías políticas sociales en curso –potenciales o deseables– es
el resultado parcial de la reestructuración capitalista. Es cierto que la
victoria arrolladora de la lógica capitalista se expresa en los procesos de
globalización y trasnacionalización comercial,
productiva, tecnológica y financiera, es decir, mediante la negación y
subordinación de los espacios nacionales y locales.[4] Es
también cierto que los procesos de globalización debilitan los espacios,
acuerdos y nichos de control nacional de mercados de las burguesías nacionales.
Es finalmente cierto que la combinación entre globalización y crisis de los
Estados Nación desmonta las conquistas sociales nacionales de los trabajadores
y empuja la resistencia popular hacia las estructuras y funciones
descentralizadas.
Pero lo anterior dista de asimilar
un ámbito espacial del poder con una racionalidad social o más aún, identificar
a lo local, las autonomías regionales y la autogestión social como la expresión
más avanzada de los intereses y del futuro popular, suponerlos así implica un
desconocimiento del contexto histórico en el que se generan los procesos de
descentralización, así como de las estrategias neoliberales y clientelistas
sobre esta materia.
Algo similar ocurre en el caso de
las prácticas participativas. La apertura de las instituciones a la
participación de los ciudadanos en los campos políticos de salud, educación,
seguridad ciudadana, medio ambiente, las políticas de género, para la tercera
edad, la niñez o las etnias conllevarían todas la democratización de la
administración pública. Las prácticas políticas participativas son asimiladas
al surgimiento de una democracia renovada y superior a la representativa, la
democracia participativa.
Las prácticas representativas o la
democracia representativa ha llegado a considerarse como sinónimo de lo
antipopular. Los partidos políticos y las elecciones no pueden garantizar el
respeto de la voluntad popular porque se han colonizado por maquinarias
electorales, el poder del dinero, el sistema clientelista de contraprestaciones
y la manipulación de los medios de comunicación. Las instancias de la
democracia representativa, (concejos municipales, asambleas departamentales y
congreso de la República) son instancias carcomidas por la corrupción y las
componendas, ante ellas, los intereses sociales y populares no prosperan. La
democracia representativa aparece entonces como lejana, inasequible y
autoritaria para los ciudadanos comunes y corrientes.
En cambio, se presume que las
prácticas participativas ponen al alcance de los ciudadanos y las comunidades
las políticas de interés colectivo. Por medio de la democracia participativa
las comunidades podrían desprenderse del control de la burocracia, los partidos
políticos elitistas y las relaciones clientelistas. El ritual electoral, como
máxima incidencia de los ciudadanos en la política, sería superado por los
procesos participativos que posibilitarían la cogestión, el seguimiento y el
control de los programas públicos de manera permanente. Por lo anterior, la
democracia participativa ayudaría a quebrar el monopolio del Estado burgués
sobre la definición de las políticas públicas, permitiendo una incidencia
directa de los beneficiarios sociales en ellas.
En resumen, el análisis es el
siguiente: por medio de las prácticas representativas se expropió la política a
los sectores populares y a la democracia. En cambio, se supone que las
prácticas participativas permitirían la reapropiación de la política por los
sectores populares en ejercicios trasparentes y democráticos.
Sin duda, estas ideas tienen su
fundamento en la corrupción de la democracia representativa, la crisis de los
partidos y de la política, así como en la apertura de espacios, instituciones y
temas a la participación ciudadana y comunitaria.
Pero concluir, a partir de ello, que
las prácticas participativas se inscriben en el sendero unívoco de la
democratización de la administración pública y la redención popular, es una
grave equivocación. Una vez más, es necesario considerar el contexto histórico
que explica su popularidad y las diferentes estrategias políticas que usan los
discursos y las prácticas participativas para fines, que como veremos, no son
todos compatibles con los intereses populares y la democracia.
2. Reestructuración
capitalista y fragmentación estatal
Descentralización
y participación son formas de organización de la política en el capitalismo
contemporáneo, aquel que resulta de la crisis del Estado Nación y del Estado
del bienestar.[5]
La globalización de la economía
impulsa redes de integración de circuitos comerciales, productivos,
tecnológicos y sobre todo financieros que trascienden las fronteras nacionales,
lo cual podría caracterizarse como una tendencia a la desnacionalización
de los espacios de
acumulación. La materialidad y la espacialidad de los Estados Nación son un
obstáculo al proceso de trasnacionalización del
capital. El Estado Nación aparece como frontera de regulación, de instituciones
que enmallan la circulación del capital, de sistemas tributarios, políticos,
administrativos y monetarios que dificultan la libre circulación del capital.
Es por eso que la globalización es también un proceso de desestatización
del ahorro y de la
propiedad social, requiere el desmonte de las fronteras arancelarias y
monetarias, la desregulación de las actividades productivas y financieras, en
fin, el debilitamiento del Estado y el fortalecimiento de los actores privados.[6]
Los procesos de globalización de los
circuitos económicos, comerciales y financieros no comprometen por igual todas
las actividades y territorios de un país. Por el contrario, sólo algunos sitios
y actividades se conectan a los flujos trasnacionales, otros quedan
subordinados mediante actividades secundarias y los más, relegados y al margen
de la globalización. Aumentan así las disparidades internacionales y en el
interior de cada país en cuanto a las tasas de crecimiento y los índices de
calidad de vida entre regiones y ciudades. La propulsión de la diferenciación
en los patrones de producción y consumo someten a los países a una muy fuerte
tensión hacia la dislocación de la unidad
política, social y económica de las naciones.
Ya no es posible identificar las
actividades y sectores capitalistas dominantes con un sector productivo
específico o anclado a un territorio determinado. La transectorialización y transterritorialidad de los procesos de acumulación
caracterizan los agrupamientos y actividades fundamentales de los principales
grupos capitalistas dominantes. Portafolios múltiples de inversión, movilidad
del capital como en un juego de monopolio, entrada y salida expedita de un
territorio y de un país, son las características de las actividades y grupos
económicos dominantes en el ámbito mundial.
Si algo está globalizado en nuestro
tiempo, es el capital financiero. Éste subordina en cada nación los procesos
económicos, es decir, recoge el ahorro producido en las relaciones productivas
y lo somete a la especulación financiera (Restrepo, et
al., 1996).[7] En
el ámbito trasnacional, el capital financiero ha logrado desatarse de la
racionalidad local y nacional y de las actividades productivas, aquellas que
los economistas llaman el sector real. La mayor cantidad de intercambios en
el mundo es de carácter financiero, por cada bien o servicio ‘material’ que se
transfiere de un lugar a otro, ocurren sesenta y nueve transacciones
financieras. Es por ello que el capitalismo contemporáneo tiende a la desmaterialización
de la producción de
la riqueza, crece vertiginosamente a través de productos virtuales, espumosos y
volátiles. Las prácticas que completan esta característica son la destrucción
del empleo en la generación de la riqueza y el énfasis en la información y la
comunicación para la decisión de las inversiones, la propulsión de la velocidad
en la rotación del capital y los bienes de mayor rentabilidad.
Es por ello que las bolsas de
valores son el termómetro que mide la salud del capitalismo en el ámbito
nacional y global. También se explica la gigantesca presión hacia la
consolidación de Bancos centrales autónomos –de los capitalistas y clases
políticas nacionales, se entiende– y que hacen de la monada el valor universal
por excelencia. En el mundo contemporáneo la existencia de tantas monedas como
naciones es un anacronismo. Mañana tendremos, inevitablemente, pocas monedas en
el mundo, posiblemente tres o cuatro, una americana, otra europea, otra
asiática y, quizás, una africana.
Mientras que el capitalismo rompe
las fronteras nacionales, estatales, sectoriales, territoriales, materiales y
de la fábrica y la oficina, la fuerza laboral lucha en el encierro de la
fábrica, la aldea, el municipio, el sector productivo, tecnológico o
administrativo determinado.
Si el Estado Nación fue el
contenedor de la fase de acumulación capitalista precedente, hoy es un
obstáculo relativo que requiere ser debilitado y reestructurado. Las
instituciones nacionales de los Estados son debilitadas en cuanto a las
competencias en los procesos de integración económica y globalización. Con
ello, los congresos de la república y los partidos políticos nacionales pierden
funcionalidad y competencia, y se enfrentan a un proceso de crisis y
degradación.
Los libros de texto de economía
pregonaron como el objetivo de una buena política económica la integración y
ampliación del mercado nacional. Más aún, las teorías de desarrollo económico
–incluyendo en ellas a Keynes– tenían al espacio y el Estado nacional como
horizonte. Hoy ya nadie habla de ello. Lo que importa es el control de
variables macroeconómicas y la inserción competitiva en el mercado mundial, por
lo que las políticas económicas, las instituciones y la normatividad construida
hacia adentro para integrar el mercado nacional pierden vigencia, o
desaparecen estrepitosa y precipitadamente. Abandonado el propósito de
integración económica, institucional, social y política de las naciones,
pierden sentido las teorías e instrumentos de la planeación del desarrollo en
cada país y, por lo tanto, declinan las instituciones y programas motivados por
este fin.
Debilitadas las funciones y las
instituciones de carácter nacional, así como las políticas de integración
nacional de mercados, se desatan buena parte de las condiciones que mantenían
unidos los Estados bajo la forma centralista. El Estado-Nación es la
materialización de poderes sociales, políticos y territoriales en sus
instituciones, políticas, regulaciones y presupuestos. Por lo tanto, la crisis
del Estado Nación sacude y socava el contenido social de todas las
transacciones económicas, políticas y territoriales construidas durante el
siglo xx. Este es el contexto en
el que ocurre la crisis de los Estados Nación y sus instituciones; en él se
abren los procesos de negociación de competencias y recursos entre niveles de
gobierno, los procesos de descentralización, los reconocimientos de comunidades
autónomas, la regionalización de los Estados unitarios, la crisis de los pactos
federativos o la explosión de los Estados.
La crisis del Estado Nación desata
los pactos nacionales precedentes e inaugura una recomposición general de los
modelos de desarrollo, el declive y fortalecimiento de actividades y sectores
económicos dominantes, la decrepitud de ciertas formas de organización social y
política, y el surgimiento de otras. En todos los casos se transforman las
dimensiones espaciales del Estado, la economía, la política y la organización
social.
La globalización propulsa nuevas
formas espaciales de organización del poder y la descentralización es una de
ellas. Expansión trasnacionalizada del capital y
empequeñecimiento de los poderes administrativos estatales van de la mano.[8] El
capitalismo difuso o desorganizado, son dos maneras como se ha llamado a la
nueva fase de acumulación del capital, en la cual, la extensión y dominio de
las relaciones mercantiles ocurre mediante la fragmentación administrativa de
los poderes estatales. El capitalismo fragmenta y atomiza las administraciones
e instituciones estatales, las formas de organización gremial del trabajo y de
los partidos políticos, para unificar por la vía del mercado los procesos de
acumulación.
3. Reestructuración
capitalista y atomización de las agremiaciones socio-políticas
Las formas de
regulación básica del capitalismo en el siglo xx
fueron el Estado del bienestar, y en la mayoría de países de América Latina
–incluido Colombia–, el Estado patrimonialista del bienestar.[9]
Son varios los cambios introducidos
en el desmonte de las funciones del Estado que conducen a la vigencia de la
sociedad sobre el Estado y a las prácticas participativas sobre las
representativas.
Desde la década de los años setenta,
la crisis fiscal de los Estados y los procesos de inflación que resultaron del
financiamiento de dichos déficit, fueron presentados como explicación de los
bajos índices de crecimiento económico y las bajas en la productividad y
competitividad de las empresas. El financiamiento de las funciones del Estado
no se compadecía con la producción general de riqueza en la sociedad, lo cual
disparó el uso y abuso de la emisión monetaria, la carga impositiva y el
recurso a la deuda pública. Los neoliberales afirman que de esas tres maneras
se penalizó al sector privado, al cual se le expropió una gran tajada del
ahorro que concentró el Estado para mantener la pesada carga de sus funciones.
A partir de este diagnóstico comenzó
en la década de los años ochenta una presión ascendente hacia la reducción del
Estado empresario en asuntos comerciales, productivos, financieros, de
infraestructura, de comunicaciones y de servicios. Es lo que se conoce como el
inicio de las privatizaciones. La ‘devolución’ de las empresas y funciones al
sector privado se presentó desde el comienzo como el retorno a una primacía de
lo social sobre lo estatal; como la liberación de las energías emprendedoras de
los individuos y las empresas, de trabas, monopolios y el peso parasitario de
políticos y burócratas agazapados en el poder estatal.
De la misma manera, las conquistas
laborales en términos de salarios, seguridad social, salud, pensiones y toda
una serie de subsidios fueron presentadas como privilegios injustificados ante
la pobreza y marginalidad en la que estaba sumida la mayoría de los
trabajadores no asalariados.[10]
La participación de los trabajadores en los ingresos fue denunciada como
contraria a la necesidad de concentrar el ahorro en los sectores empresariales
con el fin de que estos últimos elevaran la inversión y la generación de
empleo. El ataque a las conquistas laborales, a la participación de los
salarios en la riqueza y a los subsidios, alimentó un discurso sobre una mayor
participación de los beneficiarios de las políticas sociales en su
financiamiento.
En el desarrollo de esta veta, se
diseñaron políticas a favor de la población rural, informal y pobre que
solicitó la participación activa de los beneficiarios en los costos de las
políticas, ya fuera mediante su contribución en trabajo no remunerado, o
mediante la organización (cogestión) de las obras y proyectos de desarrollo
social.
Desde la década de los años ochenta
–y en Colombia de manera más clara en los noventa– se empezaron a quebrantar
los principios rectores de la seguridad social. Los precarios esquemas de
solidaridad, construidos a través de transferencias de recursos entre clases
sociales para financiar las políticas sociales y la seguridad social, así como
el principio de la solidaridad de las generaciones de trabajadores con las
venideras empezaron a ser cuestionados. A cambio, se promovió ‘la libre
elección individual’ de cada trabajador ante un abanico de sistemas de
aseguramiento en salud y pensiones. La misma ‘libertad’ caracterizó la elección
de los pobres subsidiados entre las empresas públicas y privadas que prestan
servicios de salud y mediante las que pueden acceder al sistema de
aseguramiento.[11]
Los servicios que condicionan las
posibilidades de reproducción de la fuerza laboral interpelan al ciudadano en
su capacidad de ahorro y a las redes familiares, étnicas, comunales y barriales
para que participen de su autoreproducción y
sostengan la solidaridad con los más desvalidos. Se trata de un retorno, como
en otros asuntos, a principios y prácticas anteriores al Estado del bienestar.[12]
No es exagerado afirmar que en el capitalismo contemporáneo los sectores punta
de la acumulación logran sus mayores tasas de crecimiento económico destruyendo
puestos de trabajo y exigiendo a los Estados el desmonte del financiamiento de
la reproducción del trabajo mediante los impuestos directos al capital,[13]
para a cambio recurrir a los impuestos llamados indirectos, al consumo y las
tarifas, es decir, a los que gravan principalmente a las clases medias y bajas
de la población.
En este contexto cobra un especial
sentido el llamado a la participación de los usuarios en las políticas de su
interés; así como la defensa que se hace desde altos cargos del Estado, la alta
tecnocracia y las agencias internacionales, a la autogestión comunitaria, la
autoayuda, la superación del paternalismo estatal y la participación
responsable de la población pobre en las políticas públicas.
Es de gran interés señalar que el
ámbito de organización de la nueva política social es el territorio, más
precisamente, las localidades, los barrios y hasta las cuadras y manzanas.[14]
Las políticas de focalización de los grupos vulnerables (mujeres cabeza de
hogar, niños pobres, población en zonas de riesgo natural, pobres y en Colombia
las víctimas de la violencia) condicionan su éxito a la capacidad de localizar
exactamente el territorio en el que se encuentra el beneficiario para centrar
la intervención de las instituciones estatales, comunitarias y privadas. Las
políticas de focalización de la inversión pública, así como los subsidios a la
demanda y la cultura de proyectos comunitarios comparten un mismo contexto: el
renacer de la vida local y las prácticas participativas.
También comparten el abandono de
toda pretensión de cobertura universal de las políticas que apoyan la
reproducción del trabajo. La nueva política social ante los pobres se otorga a
través de tres características de la política social del Estado: El Estado
bombero y camillero, el Estado piñata y aleatorio, y el Estado cínico. Bombero y camillero, porque en vez
de desplegar instituciones y programas de cobertura universal corre detrás de
las catástrofes naturales, económicas y políticas, para ofrecer benévolamente
programas de emergencia circunstanciales, de corta duración y de impactos
insostenibles. Piñata y aleatorio, porque selecciona a los pobres y la
población vulnerable a ser atendida entre una marea creciente de marginales y
desechados por el sistema. Cínico, porque discrimina entre iguales, es decir,
entre la población igualmente necesitada mediante concursos y elaboración de
proyectos por los pobres para que éstos compitan entre sí, unos contra otros,
por ganarse las migajas de las políticas de focalización. Cínico, reiteramos,
porque mientras las políticas tributarias recaen sobre las clases populares y
medias, a la vez que se protege y se desgravan las grandes fortunas, se exige
de los pobres financiar las políticas de interés colectivo, todo a nombre de la
solidaridad, la responsabilidad, la autogestión y la decisiva participación
ciudadana y comunitaria.
4. El nuevo paradigma
del desarrollo y la democracia
En términos
generales, la crisis del Estado del bienestar implica un cambio de paradigma,
es decir, un cambio en la concepción y práctica del desarrollo y la democracia.
Desde el primer tercio del siglo pasado, todo asunto de interés colectivo de
gran sensibilidad social tendió a convertirse en un asunto de Estado. Al
problema del acceso a la tierra se respondió con la creación del Instituto
Nacional de Reforma Agraria, a la necesidad de expandir la capacitación de la
fuerza laboral le sucedió el sistema nacional de educación, a los
requerimientos de una fuerza laboral medianamente sana, la nacionalización del
sistema de salud.
Es decir, el Estado Nación creó
instituciones especializadas con burocracia propia, presupuestos crecientes,
normatividad, regulación específica y responsabilidades en los territorios para
cada necesidad del desarrollo social. No sobra señalar que, en el cumplimiento
de todas las funciones tendentes al adiestramiento y reproducción de la fuerza
de trabajo, dichas competencias fueron expropiadas a los gobiernos locales y
centralizadas en el ámbito nacional. De esta manera, las demandas sociales se
politizaron al ser conducidas hacia conquistas en el Estado central de
presupuestos, programas y legislaciones favorables a los sectores populares.
Con la crisis del Estado del
bienestar y el Estado Nación se ataca el núcleo de esta cultura política. Se
trata de desmontar las condiciones estructurales que la alimentaron. En esta
perspectiva, es necesario el proceso de privatización de empresas y funciones
estatales. También se requiere acabar con ‘los privilegios’ de los asalariados,
quebrantar la fortaleza de sus organizaciones y desmontar los regímenes
laborales en las empresas de las cuales se nutren. No menos necesario es
descentralizar sobre niveles inferiores de gobierno las políticas sociales,
para las cuales se abre la inmensa mayoría de las ofertas estatales en
participación ciudadana y comunitaria. Por último, como requisito y
consecuencia de lo anterior, es necesario debilitar el poder político del
Estado, la regulación y control sobre el sector privado, el ahorro estatal, el
poder de la burocracia, la democracia representativa y los partidos políticos
nacionales. Esta es una de las explicaciones a que, en el mundo contemporáneo
de los últimos veinte años, se haya desarrollado una campaña ininterrumpida
contra el Estado y la política por parte de los grupos económicos más
poderosos.[15]
Para el nuevo paradigma que emerge
con la reestructuración capitalista la responsabilidad social, privada,
individual y comunitaria respecto de las necesidades de la población no es una
dádiva, sino el núcleo de la nueva cultura política que se quiere inocular. Se
hace un llamado a la libertad y la responsabilidad de cada cual ante sus
necesidades y la solidaridad con los otros. El Estado concurre como socio
benévolo con el sector privado y los beneficiarios de las políticas públicas en
el financiamiento y coadministración de las obras de interés social. En
términos generales, el proceso de reestructuración capitalista quiebra el
compromiso histórico construido durante el siglo xx entre la sociedad de mercado, el Estado benefactor y la
democracia representativa liberal.[16]
Debemos insistir sobre un asunto que
no es mera casualidad. La ‘nacionalización’ de las políticas necesarias para la
reproducción social durante el siglo xx
–básicamente de salud, educación, seguridad social y vivienda– requirió la
construcción de un sistema tributario, instituciones, regulaciones y programas
centrales. La burocracia, la democracia representativa y los agremiados del
capital y el trabajo, transaron sus conflictos y programas alrededor de estas
agencias centrales. Ahora, los procesos de descentralización y participación
ciudadana facilitan el abandono de la responsabilidad estatal en la
reproducción de la fuerza de trabajo; para hacerlo, se debilitan las
burocracias centrales, se desvanece la unidad política de los partidos y se
atomiza la fuerza de agremiación del trabajo en un sinnúmero de prácticas e
instancias de participación.
5. Globalización
capitalista y globalización alternativa
De lo anterior se
concluye que la actual descentralización de las políticas sociales y sus
mecanismos de participación ciudadana y comunitaria hacia los gobiernos
locales, sólo pueden ser entendidos en el contexto de la reestructuración
capitalista que resulta de la doble crisis del Estado Nación y del Estado
benefactor.
Ahora bien, el contexto general
esbozado es el telón de fondo en el cual se recomponen las estrategias de
diferentes actores sociales, políticos y territoriales.[17]
Aquí consideraremos solamente dos estrategias tipo,[18]
la neoliberal y la del campo popular, particularmente de los llamados nuevos
movimientos sociales o más ampliamente, nuevas subjetividades políticas.[19]
No debe sorprender el encuentro de
similitudes entre las tendencias generales de la reestructuración capitalista y
la estrategia neoliberal. Después de todo, el neoliberalismo es un ensayo de
racionalización de las necesidades de la reestructuración capitalista. Sin
embargo, la doctrina y las propuestas neoliberales no describen exactamente lo
que está sucediendo en la realidad, puesto que ésta escapa –afortunadamente– a
la determinación de una sola racionalidad. En este sentido, las políticas
neoliberales son un programa político, un deber ser, dentro de las tendencias
de la reestructuración de la sociedad, el Estado y la política en el
capitalismo contemporáneo.[20]
Antes de considerar las dos
estrategias mencionadas es necesario revisar la fortaleza de otras
globalizaciones en curso,
todas ellas surgen de la reestructuración capitalista. Nos referimos a las
oportunidades que dan las nuevas tecnologías de la comunicación a la lucha por
la emancipación. Los últimos acontecimientos contra el Banco Mundial, el Fondo
Monetario Internacional y la globalización capitalista, han sido posibles
gracias a las redes de activistas esparcidos por el mundo entero, pero
conectados en tiempo real por el correo electrónico. Innumerables campañas se emprenden
a diario para la protección de los indígenas del Ecuador, el bosque en Bolivia,
los derechos humanos en Colombia, la pesca de las ballenas en el mar pacífico,
la denuncia de los efectos de los grandes proyectos petroleros que impacten en
la supervivencia de las culturas locales, los derechos de los pueblos a su
autodeterminación y la defensa de un mínimo de garantías para el ejercicio de
la democracia.
Dicho en otras palabras, asistimos
al mismo tiempo, a una lucha por los contenidos de la globalización y a la
puesta en la escena mundial de las luchas locales. En el primer caso, se trata
de la irrupción a escala global de valores que se desean de cobertura
universal: los derechos humanos, el ambiente, la democracia, la
autodeterminación de los pueblos, el pacifismo, y la no discriminación de las
personas por creencias religiosas, ideas políticas, genero, prácticas sexuales
o culturales. Los valores promovidos a escala global levantan límites a la
lógica de la acumulación económica y a las prácticas de dominación política. En
sentido estricto, se trata de valores postmaterialistas
que disputan el
sentido del nuevo orden global. Al principio de la competencia se le opone el
de la cooperación, contra el reino de los intereses privados se defienden los intereses
sociales, la libre circulación del capital trata de ser sometida a principios
de regulación y defensa de los derechos de las comunidades locales y
nacionales.
En el segundo caso, la defensa y
promoción de las luchas locales rebasan el ámbito territorial en que se
generan, para acudir a la escena global en búsqueda de apoyos. De este modo, se
trasnacionalizan los actores de las luchas locales,
más aún, las resistencias locales a la explotación y la dominación se juegan
cada vez más claramente, por la capacidad de involucrar en la lucha local a
actores de otras localidades y a las redes de actores trasnacionalizados.
Para estos últimos, los valores postmaterialistas y
la escena global son el propósito y el ámbito territorial de su constitución.
Por ejemplo, Green Peace, Amnistía Internacional y
las redes de activistas contra la globalización económica.
La globalización alternativa a la
lógica del capital posee gran importancia para entender las estrategias
neoliberales y populares ante los procesos de descentralización y las prácticas
participativas. Mañana, con seguridad, el escenario global se volverá inconturnable en la lucha, reclamos y resistencias locales al proceso
de trasnacionalización del capital. Falta, sin
embargo, plantear una unidad global que supere las resistencias locales y
construya el manifiesto de la nueva utopía, la cual será global, o no será.[21]
6. La estrategia
neoliberal de descentralización
El interés básico
de los neoliberales en el proceso de descentralización es la inoculación de las
reglas del mercado en el funcionamiento del Estado. Tanto el sistema de
transferencias, como la distribución de competencias entre niveles de
gobiernos, e incluso el sistema político deberían ceñirse por los principios
que rigen a las empresas privadas. Éstos son el autofinanciamiento, la
competencia, la eficiencia financiera y administrativa, y la sanción final del
desempeño empresarial por el consumidor. Para lograrlo se requiere transformar
las administraciones locales en empresas territoriales, someterlas al principio
de rentabilidad financiera en el cobro de los valores de los productos vendidos
y ajustar el tamaño de la administración al desempeño económico local.[22]
Veamos algunas líneas de la acción política neoliberal en descentralización.
6.1 El sistema de
transferencias debe premiar a los más eficientes en el cobro de impuestos a los
ciudadanos
Desde 1986 se
introdujo en Colombia la ley que consignó la cesión del impuesto al valor
agregado, iva,
de la nación a las localidades, y se condicionó un porcentaje a la obtención de
promedios en el cobro de impuestos locales. Las reformas introducidas en 1991 a
la clave de repartición de recursos a las localidades, ampliaron los rubros y
la incidencia de la condicionalidad del monto de las transferencias al esfuerzo
tributario local, a la reducción de los costos administrativos con relación al
gasto total y a la reducción de los índices de necesidades básicas
insatisfechas.
El conjunto de fuentes de
cofinanciación de proyectos entre la nación y los gobiernos locales, así como
los programas de focalización de beneficiarios exigen contrapartidas a los
gobiernos locales. De esta manera, los créditos nacionales y los recursos de
los fondos se han concentrado en las entidades territoriales de mayor capacidad
tributaria local.
Del mismo modo, el acceso a recursos
del Ministerio de Hacienda y Crédito Público, para superar la profunda crisis
fiscal de las entidades territoriales, está condicionado a una disminución de
las plantas de personal, la reducción de salarios, al aumento de la carga
tributaria local y al logro de mayores desempeños en coberturas de servicios
con menores costos relativos.
6.2 Las fuentes de
financiamiento de las políticas locales deben estimular la competencia entre
entidades territoriales por los recursos ofrecidos
El principio de
la competencia gobierna la totalidad de los recursos del crédito público, la
cultura de proyectos que se extiende como patrón que condiciona: el
financiamiento de las entidades públicas, los fondos de cofinanciación, el
fondo nacional de regalías, los proyectos de focalización de la inversión
pública, y los programas presidenciales y de diversos ministerios.
La competencia busca premiar a los
que realicen mayor esfuerzo tributario propio y a los más eficientes desde el
punto de vista de la ampliación de servicios a menores costos administrativos
(esto es el equivalente a lo que en términos de mercado se llama reducción de
los costos marginales por unidad de producto). Claro está que la inoculación
del principio de la competencia de mercado en el sector público está acompañado
de otra competencia, la de la apropiación política de los recursos entre
diversos aparatos electorales y entre facciones políticas de diferentes niveles
de gobierno. El resultado es, como en casi todos los aspectos de la
descentralización, una combinación entre la lógica de mercado y la reproducción
política clientelista.[23]
Por esto no debe sorprender ni es contradictorio hablar de un clientelismo
neoliberal.
6.3 La
descentralización de competencias hacia los gobiernos locales facilita los
procesos de privatización de las empresas
La literatura tecnopolítica neoliberal explica, desde la década de los
años ochenta, la necesidad de avanzar en un proceso de descentralización para
abolir de tajo funciones estatales, suprimir entidades y privatizar otras.
El traspaso de funciones a los
gobiernos locales debe estar acompañado de crecientes transferencias de
recursos que, sin embargo, no deben ser suficientes para cubrir el costo real
de su prestación. De manera que los gobiernos locales se ven abocados a subir
las tarifas de los servicios, desmontar los subsidios a los estratos más bajos,
reducir personal, incrementar los impuestos y privatizar las empresas. Esto es
lo que ha ocurrido en Colombia de manera ininterrumpida con las empresas
municipales en la última década.
6.4 El ajuste de las
instituciones locales al tamaño de los mercados y a los desempeños económicos
de los gobiernos
¿Cuál es el
tamaño óptimo del Estado? Los autores neoliberales y los sucesivos gobiernos
han oscilado y vacilado ante la disminución del tamaño del Estado y del gasto
público como condición irremplazable para alcanzar la eficiencia financiera.
Por ejemplo, para el Informe sobre
las Finanzas Públicas Intergubernamentales (Bird,
1981), el tamaño del Estado es indiferente en la discusión sobre su eficiencia,
lo importante son las funciones que debe tener y desprenderse de aquellas que
no le corresponden; así como la organización de las instituciones y niveles de
gobierno para el desarrollo de competencias bajo principios de mercado que
deben guiar el gasto público.
En cambio, la Comisión del Gasto
Público (Velázquez, 1986) estima que sin una reducción del tamaño del Estado y
del gasto no es posible el logro de su eficiencia y por lo tanto, tampoco del
sector privado que se ve penalizado por el Estado ineficiente.
El estudio doctrinario de Wiesner (1992) desprecia la reducción per
se del tamaño del
Estado y defiende la búsqueda de un óptimo que está dado por lo que los
ciudadanos puedan y quieran pagar por la compra de servicios de calidad y a
precios reales.
La Comisión de Racionalización del
Gasto Público (Rosas, 1997) implora la urgencia de reducir drásticamente el
tamaño del Estado para recortar el déficit público y lograr la tan anhelada
eficiencia, mediante la privatización de funciones estatales y la socialización
de los costos de las políticas públicas.
Los textos y reformas impulsadas por
el Departamento Nacional de Planeación y del Ministerio de Hacienda y Crédito
Público en el cuatrienio presidencial de Andrés Pastrana insisten nuevamente
sobre la necesidad de reducir el tamaño del Estado y el gasto público, las
trasferencias a las entidades territoriales y el costo administrativo de los
gobiernos locales para lograr la pregonada y esquiva eficiencia de mercado.
Con o sin reducción del tamaño del
Estado, se trata de construir instituciones locales que cuesten lo que los
ciudadanos –a través de los impuestos y el pago de los servicios a precios
reales– estén en capacidad de financiar. El desempeño financiero y
administrativo de las administraciones locales debería determinar su tamaño, la
cantidad e intensidad de las funciones asumidas y el grado de autonomía
política alcanzable. Cabe señalar que las funciones estatales descentralizadas
son las referidas a las políticas sociales y que los grandes consumidores de
las políticas públicas sociales (salud, educación, transporte, vivienda) son
las clases populares.
6.5 Mientras las
reglas del mercado unen el manejo de las empresas descentralizadas, la
agremiación social y política se fragmenta
Desde el punto de
vista político, la estrategia neoliberal busca descentralizar los conflictos y
localizar las resistencias sociales. Se pretende debilitar la fortaleza de los
trabajadores del sector público nacional mediante la autonomía local de las
empresas, lo que conduciría a una inevitable fragmentación de las expresiones
gremiales.
6.6 Las políticas de
reproducción deben ser la frontera de las luchas sociales locales
El nuevo sujeto
social prioritario de la administración es el individuo consumidor de los
servicios, no las fuerzas sociales ni los sindicatos nacionales. El proceso de
descentralización busca reducir los conflictos sociales a demandas por la
extensión y calidad de servicios públicos y protegerse de las luchas por la
propiedad, los impuestos y las decisiones del mercado.
6.7 La función de
los gobiernos locales es la tecnificación de la política
Como el ciudadano
escoge mediante el acto electoral a sus mandatarios, y los gobiernos locales
deben llegar a ser exclusivos responsables de los servicios que prestan con
participación ciudadana, los votantes y ciudadanos participativos deben llegar
a ser los únicos responsables del resultado de las políticas y desempeños de
los gobiernos locales.[24]
Así, la contienda política local
debe girar básicamente alrededor de las opciones que diferentes candidatos
presentan en cuanto a las destrezas gerenciales en el manejo de alternativas,
técnicas de satisfacción de demandas y prestación de servicios.[25]
6.8 La competencia
entre entidades territoriales para atraer las inversiones y la gestión local de
la seguridad ciudadana
Como referencia
de la estrategia de descentralización se encuentra la construcción de las
ciudades competitivas. Quien asegure una clase trabajadora disciplinada, unos
sindicatos debilitados, buenos servicios e infraestructura a bajos costos
administrativos y sistemas óptimos de seguridad y vigilancia triunfará en la
convocatoria de las inversiones nacionales e internacionales, privadas y
públicas. La pista y las reglas para la competencia entre entidades
territoriales por las inversiones están abiertas. En muchos países se
promocionan las ciudades en este sentido y en Brasil se habla ya de la guerra
fiscal entre estados y ciudades por ofrecer exenciones tributarias para la
inversión privada (Prado y Cavalcanti, 2000).
6.9 La globalización
de la riqueza y la localización de la pobreza
El capital busca
desatarse de los controles y regulaciones nacionales y estatales, con ello se
ha acelerado de manera vertiginosa la acumulación y centralización del capital
en pocas firmas, en pocas manos. Algunos centenares de personas –380 según las
Naciones Unidas– concentran más recursos que el 60% de las naciones del mundo;
mientras tanto, crece la marginalidad y la pobreza.
El reclamo de la libre movilización
del dinero, las mercancías y la tecnología es tan fuerte como las trabas a la
libre circulación del trabajo. Los Estados Nación y en ellos los gobiernos
locales, son llamados, los primeros, a extremar los controles a la emigración y
los segundos, a gerenciar las políticas para la
reproducción del trabajo y la asistencia a los pobres.
7. La
descentralización desde el campo popular
El sentido
general de la forma descentralizada del Estado y la política es facilitar la
apropiación popular del poder. Construir una administración de la riqueza y la
prestación de servicios al alcance de los productores. El espacio local sería
el mejor ámbito para instrumentar tecnologías con rostro humano, es decir, que
no sometan y alienen al trabajador, y que sean respetuosas de la naturaleza. A
la vez, el gobierno popular local permitiría la participación de los
trabajadores en las decisiones sobre el desarrollo local y las políticas de
distribución del excedente. La escala local del poder reivindica la
biodiversidad y el pluralismo cultural, étnico y religioso.[26]
Veamos someramente algunas de las políticas que componen esta estrategia:
7.1 La apropiación
territorial de la democracia
La construcción
del Estado Nación se realizó mediante un proceso ininterrumpido de expropiación
de los poderes regionales, de sus tributos, ejércitos, monedas, códigos del
comercio, empresas y facultades de regulación económica. También supuso la
‘nacionalización’ de una serie de políticas, como las referentes a salud,
educación, construcción de vivienda popular y desarrollo de infraestructura de
comunicaciones. Por último, se hizo en desmedro de la pluralidad étnica y
cultural constitutiva de la nacionalidad colombiana y de muchos países en todos
los continentes.
El Estado-Nación se rigió por
instituciones, un orden político presidencialista y centralizado, así como por
modelos de desarrollo centralizados y concentrados.
La ‘devolución’ de competencias y
recursos de la nación a las entidades territoriales pone al alcance de los
conflictos locales el ejercicio del poder sobre las funciones descentralizadas.
Es una oportunidad para construir la dimensión espacial de la democracia, más
exactamente, su dimensión local. Sin embargo, cabe advertir aquí lo que ya debe
estar claro: el poder local no es el poder popular, también puede ser el poder
de los empresarios, los caciques políticos, la burocracia, las mafias o
sectores militaristas de derecha o izquierda. Más aun, así el gobierno local
fuera conquistado por los sectores populares, las principales decisiones de
inversión de capital y alta tecnología no se toman en el ámbito local, ni en el
nacional, sino con una lógica transnacional.
7.2 La
descentralización del modelo de desarrollo
El Estado Nación
se desarrolló bajo modelos de desarrollo centralizados y concentrados en cuanto
a extensión territorial y difusión social de los beneficios del crecimiento
económico. El proceso de descentralización, dentro de una perspectiva popular,
brega por la descentralización del modelo de desarrollo, es decir, por la
cobertura en todo el territorio nacional de los bienes y servicios necesarios
para gozar de una calidad de vida digna.
El centralismo en el Estado-Nación
creó en todas partes centros y periferias. Las ciudades dan cuenta de esta
discriminación de la intervención del Estado en infraestructura y servicios por
barrios y zonas. El proceso de descentralización en una perspectiva alternativa
lucha por la difusión social de los beneficios de la intervención del Estado y
del desarrollo.
7.3 De la
descentralización administrativa al desarrollo local y regional
Durante las
décadas de los años sesenta y setenta dos prioridades de la política económica
fueron: la lucha contra las disparidades en el desarrollo regional y la
generación de muchos polos de desarrollo. El proceso de descentralización
administrativa y la crítica a la intervención del Estado en la economía
sepultaron estas pretensiones. Se cree que el mercado es sabio en cuanto a las
decisiones sobre los lugares de inversión. La igualación de los grados de
desarrollo regional es no sólo imposible sino indeseable, pues desvía recursos
hacia zonas y poblaciones menos productivas. Para el caso colombiano, esta tesis
puede consultarse en Weisner (1995).
Desde una perspectiva alternativa,
es necesario recuperar la discusión sobre el desarrollo local y regional,
luchar contra las disparidades de la inversión pública entre el campo y la
ciudad, y superar la frontera de la descentralización como mera
desconcentración de las políticas sociales. Algunos de los temas que deben ser
tratados por los gobiernos locales para incidir en el desarrollo son: la
política agraria y urbana, el acceso a crédito y tecnología, la inversión productiva,
los circuitos comerciales, y la explotación de los recursos del suelo y del
subsuelo.
7.4 El control del
excedente económico
La estrategia
neoliberal exige la plena libertad de movilidad del capital, la posibilidad de
exportación de las ganancias y bajos tributos a las empresas. Las actividades
capitalistas más avanzadas han desterritorializado
sus compromisos y mueven inversiones como en un juego de monopolio. Deslocalizan los centros de decisión, el diseño de las
estrategias de integración productiva y comercial y los flujos financieros.
Afectan el empleo en cada una de sus decisiones, consumen la infraestructura y
se niegan a asumir compromisos con el desarrollo local. Han logrado que ya no
sea necesario satisfacer la demanda local antes de poder exportar los productos
y tienen la posibilidad de ser los inversionistas mayoritarios de los recursos
y empresas estratégicas para el desarrollo nacional y, con mayor veras, local.
De esta manera, el control
estratégico sobre los fines del sistema productivo escapa cada vez más a toda
intervención nacional en cualquier esfera estatal. Una política de
descentralización alternativa debe buscar la negociación de partes del
excedente económico de las actividades empresariales para invertir en el desarrollo
local. Del mismo modo, controlar el impacto de las inversiones sobre el
ambiente y exigir compromisos con el financiamiento de la infraestructura
local.
7.5 Dos concepciones
de la autonomía
Pocas esperanzas
son abrasadas con mayor facilidad que la expectativa de autonomía política y
autogestión de los asuntos locales, inducidas por un proceso radical de
descentralización. Debemos advertir que pocas consignas poseen tanto peligro
como esta.
En efecto, las versiones más
radicales del neoliberalismo aspiran a la autonomía total de las localidades.
Entienden por autonomía la plena aplicación del principio: ‘sálvese quien pueda
y tenga los medios para ello’, que significa el desprendimiento total de la
responsabilidad de la nación con las políticas de reproducción social que se
descentralizan. Exigen el autofinanciamiento local en cuanto a gastos
administrativos y costos de las políticas de interés y exclusivo beneficio de
los habitantes del lugar.
Los cuantiosos tributos que recauda
el Estado central, preferentemente por la retención en la fuente y los
impuestos al consumo, no serían ya destinados al financiamiento de políticas
públicas. Los consumidores locales de salud y educación pública, que son las
clases medias y bajas de la población, deberían pagar una segunda vez los
servicios del Estado a precio real, mediante las tarifas y una tercera vez,
mediante crecientes impuestos locales.
Por último, la autonomía local para
los neoliberales posibilitaría el imperio absoluto del reino de la competencia
entre entidades territoriales para ganar los recursos del Estado central y
atraer a los inversionistas privados.
La autonomía local y la autogestión
social y política, desde una perspectiva diferente, refieren a la concentración
del poder popular en el ámbito local y a grados mayores de negociación con los
poderes nacionales e internacionales. La autonomía significa además, la libre
determinación popular sobre las mayorías políticas que gobiernan, el respeto a
las prioridades del desarrollo local y la plena vigencia de las especificidades
culturales, regionales y étnicas.
7.6 Contra el
encerramiento local del trabajo, la apropiación del poder local en un mundo
global
Ya advertimos
cómo para el neoliberalismo, la descentralización permite empujar las luchas sociales
hacia los ámbitos locales, las cuales a su vez, quieren ser reducidas a
exigencias de consumidores sobre bienes y servicios comprados y a la rendición
de cuentas que los votantes pueden pedir a sus mandatarios.
Desde una perspectiva popular, la
descentralización no conduce a un encerramiento, sino a la apropiación del
poder local para negociar las condiciones de la vinculación a los procesos
culturales, productivos, comerciales, tecnológicos y financieros globales. No
defendemos ningún chauvinismo localista, sino la congregación, en estas
negociaciones, de redes de apoyos de otras localidades, activistas y
organizaciones trasnacionalizadas, con base en la
defensa de valores comunes, es decir, globales.
8. El sentido de las
prácticas participativas desde estrategias neoliberales
8.1 Abaratar los
costos de la reproducción del trabajo aumentando la legitimidad del Estado
La participación
ciudadana y comunitaria en las políticas públicas abarata los costos de la
reproducción del trabajo de varias maneras. Mediante el trabajo social no
remunerado, la contratación con organizaciones populares, gremios sociales y
fundaciones sin fin de lucro que no generan relaciones contractuales estables
con su corolario de derechos salariales y de seguridad social. Las comunidades
aportan además información, organización social y administran parte de los
programas que reciben, con lo cual colaboran para abaratar los costos
administrativos de los proyectos. Además, la participación en la priorización y
ejecución de proyectos aumenta la legitimidad de las acciones estatales.
8.2 Forzar la
competencia dentro de las comunidades por los recursos
La oferta estatal
en participación ciudadana y comunitaria inaugura una competencia entre
individuos, comunidades y organizaciones sociales por los beneficios de los
proyectos. De este modo, en vez de estimular la unidad de los sectores
populares y organizaciones sociales o de aquellas que trabajan por el
desarrollo social, se estimula una competencia de unos contra otros.
8.3 Incentivar la
conversión empresarial de las organizaciones sociales
Para competir por
los recursos del Estado, de la cooperación internacional o de las grandes
fundaciones del sector empresarial, se exige a las comunidades y pobladores
organizarse de manera empresarial para optar por la firma de contratos.
8.4 Transformar los
pliegos de peticiones y las demandas sociales al Estado en proyectos de
desarrollo
Así, las demandas
y reivindicaciones sociales al Estado y al mercado reciben una gigantesca
presión. Deben abandonar las prácticas beligerantes a cambio de la formulación
de propuestas de desarrollo susceptibles de contratación.
8.5 La
mercantilización y contractualización de las
relaciones entre el Estado y los sectores populares
Los cuatro
objetivos enunciados arriba buscan la contractualización
de las relaciones sociales, despojar las relaciones entre capital y trabajo,
comunidades y administración pública, usuarios y empresas estatales y privadas
de la pugnacidad que las ha caracterizado. A cambio, se pretende convertirlas
en relaciones entre socios ligados en la obtención de fines consignados en
contratos.
De igual manera, la frontera de las
relaciones sociales entre el Estado y los sectores populares debe ser un
horizonte mercantil, es decir, una transacción de bienes y servicios y de
valores monetarios. Se pretende desvalorizar los contenidos políticos de las
relaciones sociales y nublar las alternativas estratégicas de reconstrucción
política y ética de la sociedad y el Estado.
8.6 Quiebre de la externalidad
entre el Estado y el mercado con los sectores populares
En la fase
capitalista precedente los trabajadores construyeron varios gremios, todos
ellos caracterizados por mantener una externalidad respecto de las funciones
estatales y privadas. Las organizaciones levantaron pliegos y demandas para
arrancar al Estado y al mercado beneficios para sus agremiados y sectores
sociales amplios.
Ahora, la estrategia neoliberal de
participación busca superar dichas distancias, mediante el involucramiento activo
de los sectores populares, las comunidades y las organizaciones sociales en el
cofinanciamiento y coadministración de las políticas públicas. El objetivo es
construir sujetos parapúblicos, es decir, corresponsables con el Estado y el
capital privado en la administración de las políticas de interés colectivo en
relación de dependencia; y sujetos paramercantiles,
es decir, empresarios que manejen recursos públicos y compitan en el mercado.
Clara lógica que pretende responsabilizar a los trabajadores de su miseria o
superación y que busca generar las condiciones estructurales de la
imposibilidad de la insubordinación radical a la lógica del capital y la
dominación política.
8.7 La superación de
la lucha de clases y el reino de los ciudadanos consumidores, votantes y
contribuyentes
La oferta
neoliberal de participación reconoce a los individuos usuarios de las políticas
como sujetos susceptibles del derecho a la participación en las políticas de su
interés. Las organizaciones gremiales de diverso tipo no son convocadas a la
participación y difícilmente los son las organizaciones sociales o
comunitarias. La estrategia busca eliminar las condiciones estructurales de
agremiación de intereses sociales, para sólo reconocer ante sí a los individuos
aislados en su condición de compradores, usuarios, contribuyentes y votantes.
9. El sentido de las
prácticas participativas desde los nuevos movimientos sociales
9.1 La satisfacción
de las demandas sociales
La aspiración
fundamental de las prácticas participativas desde el campo popular es la
satisfacción de las demandas sociales con el fin de mejorar la calidad de vida
y ampliar el campo de las realizaciones; participar en la definición de las
políticas de interés colectivo y en las instituciones y procesos donde éstas se
deciden, para superar las necesidades biológicas y mover la frontera de las
aspiraciones culturales. En este sentido, el objetivo de la participación es la
cobertura universal de las políticas sociales y de beneficio colectivo, lo cual
se enfrenta irremediablemente a la focalización selectiva, aleatoria y
circunstancial de beneficiarios impuesta por el neoliberalismo.
El campo popular aspira a bienes y
servicios de calidad y no a los remedos de solución que se emprenden con
carácter paliativo y que el pretexto de la urgencia y la escasez de recursos
otorga para ciudadanos de segunda y tercera categoría.
El sentido mínimo del ansia de
participación desde el campo popular es universalizar el acceso a bienes y
servicios de calidad, que superen las condiciones de precariedad y la sumisión
de la inmensa mayoría de la población al ‘rebusque’ y afán por la satisfacción
mediocre de las necesidades biológicas.
9.2 La promoción de
la democracia directa y la disolución de los intermediarios
Ya sabemos, la
pobreza es inseparablemente producto de la privación de condiciones materiales
y la carencia de condiciones de poder político de representación, defensa y
promoción de intereses populares.
No hay, por lo tanto, posibilidad
alguna de mejoría sostenible y general de las condiciones de vida materiales
sin fortalecimiento de las capacidades políticas. Es por ello que la política
social neoliberal, además de ser paliativa, cultiva la dependencia de los
‘sujetos beneficiarios’ de las políticas respecto de los burócratas y los
caciques políticos.[27]
Para el campo popular, el referente
de la participación en las políticas públicas es el aprendizaje del ejercicio
de gobierno: fortalecer las organizaciones, conocer las instituciones y el
marco de regulación, apropiarse de los derechos y ensanchar los beneficios
sociales de las inversiones estatales, pero, sobre todo, apropiarse del poder
institucional, lo cual supone la construcción de actores sociales y políticos
populares.
Debe ser otro el poder institucional
a construir, no basta con insertar algunos programas sociales en los
presupuestos públicos, tampoco ensanchar las élites que manejan el Estado. Se
trata de crear otra institucionalidad, una que se base en el mandato popular,
en la que los mandatarios no se eleven por encima de la voluntad popular.
En la coyuntura colombiana, esta
aspiración se materializa mediante la exigencia de la rendición pública de
cuentas a los elegidos y a los directivos de los programas públicos frente a la
población sobre las acciones estatales.
De la misma manera, no basta con la
elección popular de alcaldes, este evento no contiene ningún valor intrínseco
superior a la elección de presidente de la república o de los senadores en el
congreso. La nueva institucionalidad política inscrita en los intersticios
íntimos de las ansias de participación social no es la elección popular de
alcaldes, sino la elección de alcaldes populares. Y ello sólo puede ser el
resultado de otra manera de hacer política, aquella en que asambleas en
corregimientos, veredas, barrios y sectores sociales establecen el programa de
gobierno y otorgan un mandato a candidatos para los cargos públicos, que
rendirán cuenta a la población sobre sus actos y realizaciones.
9.3 La limitación
del poder del Estado y de los agentes del mercado
Las ofertas
participativas neoliberales pretenden fortalecer la autoridad y legitimidad del
Estado y adoctrinar a las comunidades en comportamientos empresariales dentro
de la extensión de las relaciones mercantiles. La participación popular, por el
contrario, se inscribe dentro de una política de limitación al poder estatal
como ente desprendido, suspendido por encima de una sociedad a la que somete.
Las prácticas participativas populares tienden a controlar al Estado y a
valorar las razones y necesidades sociales que la racionalidad del mercado
niega.
Sin embargo, la limitación del poder
del Estado y del mercado acarrea una dificultad como pocas, la historia no está
de nuestro lado. El movimiento popular durante el siglo xx abatió una cantidad apreciable
de Estados burgueses y restringió en igual medida el imperio del mercado, pero
el precio fue la construcción de Estados totalitarios que desarrollaron la
lógica imperial y autoritaria como sólo pudieron hacerlo de manera más efímera
los Estados fascistas a mediados del siglo.
En el siglo xxi no podemos reeditar el
esperpento del comunismo real. El reto de la participación popular es mantener
a ralla el poder estatal capitalista y, a la vez, construir formas
institucionales no totalitarias. Repetimos, dificultad como ninguna otra,
porque se trata de no oponer una totalidad institucional a otra aun más
autoritaria y corrupta.
Por eso las prácticas participativas
actuales deben ser al tiempo construcción y vivencia del socialismo
alternativo. Es decir, difusión del poder, respeto a la autorrealización, freno
al poder estatal, comunitarización de las decisiones
y disolución de los macropoderes. En la sociedad
occidental no existen antecedentes de prácticas como estas, por lo que nos
adentramos aquí en un terreno de innovación que reta a la imaginación y la
tensa al máximo.
9.4 La socialización
de la política pública
El referente de
las ofertas participativas neoliberales es la privatización de la política.
Cada cual debe promover sus intereses privados e individuales, unos contra
otros, ganadores contra perdedores. Por esta razón es tan peligroso canalizar
todo el esfuerzo de movilización social hacia el copamiento
de las ofertas estatales en participación y subsumirse en las inestables
agendas, precarias rutinas y cambiantes temas de la oferta estatal en
participación.[28]
Por el contrario, la participación
popular busca la socialización de la política de dos maneras. Por una parte, la
socialización de los espacios de decisión, arrebatando el monopolio a los
burócratas, tecnócratas, políticos profesionales y de manera creciente, a los
gerentes del capital privado. Por otra, socializando los beneficios de las
políticas, a partir del criterio de maximizar el número de beneficiarios de las
inversiones y políticas públicas y privadas, es decir, sociales.
9.5 La definición
sobre el referente del desarrollo
El neoliberalismo
promueve la participación de los sectores populares en las políticas de
reproducción de la fuerza de trabajo. En cambio, para las políticas
productivas, comerciales, financieras, tributarias, sobre el manejo de los
recursos estratégicos del suelo y el subsuelo no existen ofertas de
participación. Éstas son la potestad del mercado y de manera creciente de
actores privados trasnacionalizados.
El neoliberalismo niega la
participación en las decisiones sobre la producción y distribución de la
riqueza en la sociedad. En cambio, desde el campo popular la máxima aspiración
es acceder a la propiedad, definir quién tributa y quién se beneficia del gasto
y las políticas, controlar los circuitos comerciales para menguar el peso de
los intermediarios y especuladores, construir un sistema de crédito que no
despoje a los ahorradores y apoye a los trabajadores, acceder a la tecnología y
el conocimiento científico, en una frase: superar la frontera de las políticas
reproductoras del trabajo hacia el control y orientación del desarrollo.
9.6 La politización
expandida de los conflictos sociales
En esta
perspectiva, la participación social en los asuntos de interés colectivo,
supera la práctica política como mero asunto de Estado o de intermediación, a
través de prácticas representativas, gremiales y corporativas de la sociedad
con el Estado.
La pérdida relativa del poder del
Estado acrecienta el peso de las decisiones privadas y del mercado en la
determinación de la calidad de la vida, las oportunidades de empleo y de
generación de riqueza, las decisiones de inversión, los patrones de producción
y consumo. Por lo tanto, las luchas democráticas suponen el tránsito de la
política como mediación de la democracia representativa para los asuntos de
Estado, a la discusión política de las decisiones del mercado.
También, las prácticas
participativas tienden a extender el campo de la política a las relaciones
sociales y de poder en la familia, el trabajo, el ambiente, el espacio público,
las relaciones internacionales, la cultura, las relaciones entre los sexos, los
flujos de información, y la circulación de conocimientos e innovaciones.
Mientras el capitalismo
contemporáneo y las estrategias neoliberales pugnan por una extensión de las
relaciones mercantiles a todas las actividades sociales, incluyendo la cultura,
el arte y la subjetividad, las prácticas participativas alternativas tienden a
la politización de las relaciones sociales.
Mientras el capitalismo mercantiliza
incluso a la naturaleza, pone precio al ambiente, al cuidado de los bosques y
los nacimientos de agua, privatiza los beneficios de la naturaleza y de la
genética humana, animal y natural mediante odiosas patentes, las prácticas
políticas alternativas reclaman los derechos de la naturaleza, ejercen respeto
por las especies animales y levantan barreras a la explotación de la vida
humana, animal y natural.
Por último, mientras la ética
capitalista somete el conocimiento, la información, los descubrimientos y la
cooperación humana a la lógica privada de la acumulación y al usufructo
restringido de los beneficios, la ética alternativa masifica los flujos del
conocimiento, quiebra las barreras de la propiedad y socializa los beneficios
de la cooperación. El capitalismo recrea privilegios feudales mediante los
cuales parasita la producción social de la riqueza, cobra regalías, construye
la propiedad sobre el conocimiento y la vida, expropia a los más sobre la
determinación de los fines estratégicos de la vida en sociedad. La ética
socialista en curso, por el contrario, construye una ética postmaterialista,
ecológica y de participación colectiva sobre los fines de la vida humana.
10. Conclusión
Hemos llegado al
término de la revisión de dos importantes componentes de la reforma del Estado.
Por una parte, el proceso de descentralización que crea una nueva espacialidad
para la distribución de recursos, competencias y protagonismo político. Por
otra, las prácticas de participación ciudadana y comunitaria en las políticas
de interés colectivo.
Ambas reformas remiten a la
reestructuración del Estado, de la sociedad y de la política dentro del
capitalismo contemporáneo. El proceso de globalización y la crisis del Estado
benefactor constituyen el telón de fondo en el que se genera la recomposición
espacial del Estado y las nuevas prácticas políticas. Diferentes actores
sociales, políticos y territoriales recomponen sus estrategias en las nuevas
condiciones.
Hemos considerado necesario hacer
explícita la estrategia neoliberal en descentralización y participación,
contrastándola con las estrategias e intereses desde los nuevos movimientos
sociales. Queremos así, alimentar una diferenciación sistemática con el neoliberalismo
y alertar sobre una aceptación apresurada de la descentralización y las
prácticas participativas como componentes unívocos de un nuevo programa
emancipador. Descentralización y participación son nuevos terrenos para la
contienda entre dominación y emancipación, socialización o privatización de la
política y sus logros, fragmentación de las resistencias y las alternativas o
agremiación y fortalecimiento de los tejidos sociales y del campo popular.
Bibliografía
Bauman, Z. (1999), La
globalización. Consecuencias humanas,
Fondo de Cultura Económica, Sao Paulo, Brasil.
Beck, U. (1998),
¿Qué es la globalización? Falacias del globalismo,
respuestas a la globalización,
España, Paidós, Barcelona.
Bird, Richard (1981), Finanzas
intergubernamentales en Colombia, Informe final, Departamento Nacional
de Planeación, Bogotá, Colombia.
Calderón, M.
(1987), Un nuevo municipio, un nuevo país, Colombia, Banco Central Hipotecario,
Bogotá.
De Mattos C.
(1989), “Reestructuración social, grupos económicos y desterritorialización
del capital”, en Seminario internacional sobre
revolución tecnológica y reestructuración productiva: impactos y desafíos
territoriales,
Santiago de Chile, Chile.
Fals, O. (2000), Acción
y espacio. Autonomías en la nueva República, Colombia, Tercer mundo editores / Universidad Nacional
de Colombia, Bogotá.
Forester, V. (1996), L’Horreur économique,
Fayard, París, Francia.
Guéhenno, J. M. (1995), El
fin de la democracia. La crisis política y las nuevas reglas de juego, Paidós,
Barcelona, España.
González, Jorge
Iván (1996), “La globalización, la moneda y el
sistema financiero”, Darío
I. Restrepo et al.,
Las políticas sociales de la nueva era. Globalización
y Estado Nación,
Escuela Superior de Administración Pública – esap, Bogotá, Colombia.
Ochoa, D. y
Restrepo, D. (1997), Balance político de la
descentralización. Descentralización, desarrollo institucional y
democratización,
Escuela Superior de Administración Pública-esap/ Ministerio del Interior,
Bogotá, Colombia.
Prado, S. y Cavalcanti, C. (2000), A guerra
fiscal no Brasil, Sao
Paulo, Brasil, Fundaçao do Desenvolvimento
Administrativo-fundap.
Restrepo, D.
(2000a), Colombia entre la guerra y la paz: descentralización o
desintegración del Estado.
Las claves territoriales de la guerra y la paz. Mandato
ciudadano por la paz, la vida y la libertad, Bogotá, Colombia.
––– (2000b), “El
mito de Sísifo o veinte años de pujanza descentralizadora en Colombia”, Revista
Reforma y democracia, núm.
17, Centro Latinoamericano de Administración para el Desarrollo-clad, Caracas,
Venezuela.
––– (1997), Dilemas
de la planeación participativa. Relaciones entre el Estado, las ong y las
comunidades. El desafío de construir políticas públicas desde lo local, Alcaldía de San José de Cúcuta,
Fundación para la participación comunitaria-parcomún y Red de Solidaridad Social, Bogotá, Colombia.
––– y Édgar
Novoa (1996), Las políticas sociales de la
nueva era. Globalización y Estado Nación, Escuela Superior de Administración Pública – esap, Bogotá,
Colombia.
––– (1994), Los
desfases de la democracia, Democracia formal y real, Instituto para el desarrollo de la
democracia Luis Carlos Galán, Bogotá, Colombia.
––– (1994b),
“Cartografía de la descentralización. Emergencia, actualidad e indefiniciones”,
en Revista Interamericana de Planificación, órgano de la Sociedad Interamericana
de Planificación – siap.
núm. 105, San Antonio, Texas, Estados Unidos.
––– (1992),
Neoliberalismo y reestructuración capitalista. Espacialidad, descentralización
y apertura. Rompiendo la corriente. Un debate al neoliberalismo, Centro de estudios e investigaciones
sociales, Bogotá, Colombia.
––– (1991),
“Transformaciones recientes en América Latina: la descentralización, mito y
potencia. El caso colombiano”, en Transformaciones recientes y tendencias
del Estado en América latina,
Fundación Friedrich Ebert de Costa Rica, San José, Costa Rica.
Rosas Vega,
Gabriel (1997), El saneamiento fiscal, un
compromiso de la sociedad, Informe final de la Comisión de Racionalización del
Gasto y las Finanzas Públicas, Ministerio de Hacienda y Crédito Público,
Bogotá, Colombia.
Schumacher, E.
(1978), Lo pequeño es hermoso, Hermann Blume ediciones, Madrid, España.
Velázquez Cock, Álvaro (1986), Comisión del
gasto público, Informe final, Ministerio de Hacienda
y Crédito Público, Bogotá, Colombia.
Wiesner Durán, Eduardo (1992), Colombia:
descentralización y federalismo fiscal, Informe final de la Misión para la
Descentralización, Departamento Nacional de Planeación, Bogotá, Colombia.
Enviado: 24 de mayo de 2001
Aceptado: 2 de julio de 2001
[1] Este trabajo fue realizado para la
Fundación Friedrich Ebert de Colombia – fescol.
[2] En Restrepo (1991) desarrollamos una
crítica a los supuestos epistemológicos y a la concepción política sobre la
democracia en la asimilación entre descentralización y democracia.
[3] Para el análisis de la lectura de la
correspondencia entre espacio y hegemonía social se sugieren textos como el de Fals (2000).
[4] En este escenario, se recortan las
posibilidades de promover políticas autónomas de desarrollo local, las cuales
están subordinadas a las decisiones de los capitales transnacionales (De
Mattos, 1989).
[5] Cuatro grandes acontecimientos
históricos explican la popularidad en el ámbito mundial de la descentralización
y las prácticas participativas: el derrumbe de los países socialistas, la
crisis del Estado del bienestar, el agotamiento del Estado-Nación y la crisis
de la modernidad (Restrepo, 1994).
[6] En Restrepo (1992) se expone una
propuesta teórica de interpretación de las incidencias de la reestructuración
capitalista en los procesos de globalización productiva y descentralización
estatal, con las consecuencias sobre los pactos políticos y sociales
nacionales.
[7] En el trabajo citado, Jorge Iván
González demuestra cómo el proceso de globalización conduce a la pérdida de la
autonomía nacional en el manejo de la política fiscal y su subordinación a la
política monetaria (González, 1996).
[8] Una lectura muy sugestiva sobre la
relación entre globalización, crisis de los Estados Nación y procesos de
descentralización, formulada a partir de la experiencia de los países del
capitalismo avanzado de Europa occidental se encuentra en Bauman
(1999).
[9] Un análisis de las consecuencias que
sobre la política social acarrea la crisis del Estado patrimonialista del
bienestar se encuentra en Novoa y Restrepo (1996).
[10] En Colombia, bajo el gobierno de
Misael Pastrana (1970-1974) y López Michelsen
(1974-1978), inició la crítica a los ‘privilegios’ de los asalariados y la
necesidad de formular políticas sociales hacia la población pobre, con una
especificidad que seguiría discutiéndose en lo sucesivo, como es el caso de la
consideración de la población prioritaria de las políticas sociales,
independientemente de su vinculación a relaciones laborales formales y
estables. Lo cual, desde sus inicios, se acompañó de una serie de ataques
contra la organización sindical y las relaciones laborales estables.
[11] En Colombia, el supuesto principio de
la libertad de elección anima las normas que regulan el régimen subsidiado en
salud, a partir de la constitución política de 1991.
[12] El filósofo anarquista italiano,
Antonio Negri, afirma que, de tal manera, se da por
terminada la corta época reformista del capital, aquella en la cual el
desarrollo del capitalismo (teorizado por Keynes),
requería, como condición de su propia primacía, la extensión de la relación
laboral y una mejoría en el bienestar de los trabajadores.
[13] Esta es una tesis fundamental de uno
de los libros más populares de los últimos años en contra de la racionalidad de
la reestructuración capitalista y sus consecuencias (Forester,
1996).
[14] Por ejemplo, las “obras con saldo
pedagógico” impulsadas por la alcaldía de Enrique Peñaloza (1998 – 2000) en
Bogotá, a través del Departamento de Acción Comunal, convocaron la
participación comunitaria en obras que escasamente tuvieron impacto sobre los
barrios, ya que la mayoría de los proyectos focalizaron su impacto en la cuadra
de residencia de la población ganadora del concurso participativo.
[15] La política y la democracia, como se
les conoce hasta ahora, basaron su ámbito territorial en la nación y el Estado.
Los procesos de globalización generan actores más poderosos que la mayoría de
los Estados existentes. Esto lleva a varios autores a hablar del fin de la
política y la democracia, a cambio del reino de las transacciones privadas con
apoyo de parcelas estatales dominadas por la tecnocracia (véase Guéhenno, 1995).
[16] Una clara y contundente sustentación
de esta tesis y de las consecuencias generales de los procesos de globalización
se encuentra en Beck (1998).
[17] En otro trabajo (Restrepo, 2000)
presentamos las estrategias de los neoliberales, la clase política reformadora,
el clientelismo, los nuevos movimientos sociales, las guerrillas, los
paramilitares y el narcotráfico respecto del proceso de descentralización en
Colombia.
[18] El concepto de estrategia
tipo o tipológica
no debe ser
confundido con el accionar y el pensar de una organización política o social
determinada. Es una abstracción del sentido estratégico general atribuido a un
sector o clase social. Tiene por mérito ‘reducir la complejidad’ de las
prácticas, luchas, posturas y plataformas que diferentes actores ponen en juego
ante la transformación de un contexto general en mutación. De esta manera,
permite ordenar un esquema de interpretación de los sentidos estratégicos en
disputa y por lo tanto, facilita la elaboración de criterios para la acción
política. Tiene, sin embargo, una desventaja, ser una generalización
racionalista y reductora de la realidad, la cual siempre es más compleja e
imbricada que las tipologías de intervención estratégica Por lo tanto, no es
suficiente para distinguir escenarios específicos para el accionar político.
[19] Advertimos al lector que hablar de
estrategias de los neoliberales y de movimientos sociales ante la
descentralización del Estado y las prácticas participativas, esconde la
pluralidad de corrientes e innumerables prácticas que desde estos sectores se
ponen en práctica. A pesar de esta advertencia, esperamos que se encuentre una utilidad
en el ejercicio que sigue.
[20] Más aún, hablar del pensamiento
neoliberal como pensamiento único es forzar la realidad. El neoliberalismo
contiene varias corrientes que hacen énfasis específicos y no siempre
compatibles. Incluso se advierte que varias reformas fundamentales del
neoliberalismo entran en franca contradicción de propósitos y resultados,
ejemplos de estas contradicciones las explicamos en Restrepo (1994).
[21] El Primer Foro Social Global
realizado en Brasil durante el mes de enero del 2001 es un paso trascendental
en esta dirección.
[22] Una revisión de las propuestas de los
tecnopolíticos neoliberales criollos sobre la
descentralización durante los últimos veinte años se encuentra en Restrepo
(2000b).
[23] Las principales leyes de la
descentralización, así como las características básicas del proceso en Colombia
pueden ser leídas a través de las contradicciones, negociaciones y
transacciones entre la lógica del mercado y las relaciones clientelistas. El
desarrollo de esta tesis se encuentra en Ochoa y Restrepo (1997).
[24] Esta tesis se encuentra presentada
con total claridad por el expresidente del Banco
Central Hipotecario durante muchos años, véase Calderón (1987).
[25] Nadie ignora que, por ejemplo en la
ciudad de Bogotá, las cualidades técnicas de los candidatos y la discusión
sobre alternativas gerenciales para el manejo de la ciudad son los puntos
centrales de las últimas contiendas electorales, así como el criterio principal
de los medios de comunicación para calificar el desempeño de la administración
local.
[26] El texto de Schumacher (1978) es el
más esclarecedor entre los que conocemos y que trata sobre las virtudes de los
espacios locales dentro de una estrategia de refundación de la economía y la
política.
[27] Un ejemplo dramático de las consecuencias
de los programas sociales neoliberales son las políticas para desplazados por
la violencia en Colombia. A las poblaciones que todo lo han perdido, que
salvaron su último bien: la vida, renunciando a sus propiedades, a su terruño,
a las redes familiares y a sus destrezas, se les exige presentar proyectos para
que los burócratas de la Red de Solidaridad Social y los políticos benevolentes
decidan aprobar lo que ellos, en su ‘magnificencia’, tengan a bien aceptar.
[28] El contraste entre las ofertas estatales y las demandas sociales en participación lo trabajamos en Restrepo (1997).