Desigualdad social, sociedad civil y los límites de la
ciudadanía en América Latina
Philip Oxhorn*
Abstract
The goal
of this paper is to apply certain insights from Marshall dealing with the
interrelationship between distinct types of citizenship rights and social
inequality in order to understand some of the principal challenges facing Latin
American democracies today. I propose to understand the development of
citizenship rights as a process intimately linked to the development of civil
society. In the first part of the paper, I argue that citizenship rights are
socially constructed, and the second section approaches to the case of the
social construction of citizenship rights in Latin America.
Keywords: citizenship rights, civil society, social inequality.
Resumen
El objetivo del
artículo es aplicar algunas de las ideas de Marshall acerca de la interrelación
entre diversos tipos de derechos ciudadanos y la desigualdad social para
entender algunos de los principales retos enfrentados por las democracias de
América Latina. Se propone entender el desarrollo de los derechos ciudadanos
como un proceso íntimamente vinculado con el desarrollo de la sociedad civil.
En la primera parte se argumenta que los derechos de ciudadanía son socialmente
construidos, mientras que en la segunda parte se presenta el caso de la
construcción de los derechos ciudadanos en América Latina.
Palabras clave:
derechos ciudadanos, sociedad civil, desigualdad social.
*
McGill University.
Correo-e: poxhor@po-box.mcgill.ca
1. Introducción[1]
Al menos desde
Aristóteles, la existencia de la desigualdad social ha representado un problema
central para la teoría y la práctica democráticas. No obstante, las sociedades
más igualitarias han sido a menudo las menos democráticas. En realidad,
aquellas formas de gobierno que han logrado los más altos niveles de equidad
social lo han hecho sin lugar a dudas a expensas de la participación
democrática y de los derechos ciudadanos. En la antigüedad, la igualdad social
en la polis se conseguía limitando la ciudadanía a un pequeño grupo de hombres
que detentaban la propiedad, cosa que sería intolerable hoy en día. Más
recientemente, en el antiguo bloque soviético, China, Cuba y otros regímenes,
la equidad social se alcanzaba eliminando cualquier concepto significativo de
ciudadanía democrática y reprimiendo a la sociedad civil, lugar natural para el
ejercicio de tales derechos. Irónicamente, los crecientes niveles de
desigualdad social asociados con la introducción de reformas económicas basadas
en el mercado contribuyeron a la transición democrática en Europa del Este y en
la desaparecida Unión Soviética al socavar el implícito contrato social
comunista, y hoy en día, reformas similares a estas podrían contarse entre las
más serias amenazas a la legitimidad de los regímenes chino y cubano. Aún en
las economías de mercado, fuera de la estrecha experiencia histórica de las
democracias políticas occidentales y del Japón (y en muchos casos sólo después
de la Segunda Guerra Mundial), los relativamente altos niveles de equidad
social en los países en vías de desarrollo a menudo han ido de la mano con
gobiernos autoritarios. Mientras que la presencia de regímenes autoritarios de
ninguna manera garantizaba el desarrollo equitativo,[2] en
estos términos los regímenes más exitosos tendían a ser regímenes cerrados y
represivos, como por ejemplo los casos de Taiwán o Corea del Sur.
Aun esta superficial discusión
sugiere una paradoja importante: aunque la democracia puede, en última
instancia, ser socavada por la desigualdad socioeconómica, un cierto nivel de
desigualdad parece ser casi inevitable dada la realidad de las políticas
democráticas.[3] La razón de ello es que la
desigualdad es inevitable en las economías de mercado, tal y como fue
reconocido por Marx (si bien de manera exagerada) hace tanto tiempo. Los
esfuerzos de ‘nivelación’ social van a enfrentar una dura resistencia, aun si
tienen lugar a través de las instituciones democráticas. En la mayor parte de
los países de Latinoamérica (y también en muchas otras democracias) puede
incluso existir una correlación directa entre el nivel de desigualdad y la
resistencia a las medidas tendentes a mejorar los niveles de equidad. En otras
palabras, los extremos de la desigualdad socioeconómica pueden incrementar los
riesgos de las políticas de redistribución, haciendo que las reformas
sustanciales sean menos probables precisamente en aquellos países en que más se
requieren para el mantenimiento de la estabilidad democrática.[4]
Aquí subyace la visión principal de
T.H. Marshall (1950): la desigualdad social puede ser legitimada en las
democracias occidentales sólo a través de la extensión y expansión gradual de
los derechos universales de ciudadanía. En lo que demostraría ser un verdadero
círculo virtuoso a lo largo de alrededor de 300 años de historia británica, y
por extensión, europea (Bendix, 1964), la evolución
de los derechos ciudadanos que da inicio con el establecimiento de los derechos
civiles y que progresa a través de la estipulación de los primeros derechos
políticos, y posteriormente sociales, de ciudadanía legitimó la desigualdad
social asociada al capitalismo, al mismo tiempo que proporcionó los fundamentos
sociales y políticos sobre los cuales pudo prosperar el capitalismo moderno.
Es precisamente esta visión la que
es a menudo pasada por alto en los debates recientes acerca de la ciudadanía,
aún cuando ha habido un resurgimiento mundial del capitalismo liberal,
especialmente en América Latina. En lugar de ello, los desafíos principales
discutidos en la literatura con frecuencia giran alrededor de la
‘profundización’ o la extensión de los derechos de ciudadanía para incluir en
ellos nuevas dimensiones y nuevas identidades que Marshall jamás contempló,
como el género, la etnicidad, la ecología y la comunidad, por mencionar sólo
algunos (Beiner, 1995; Mouffe,
1992; Turner, 1993; Hobson y Lindholm,
1997; Garretón, 1998). De muchas maneras, estos
desafíos ponen a prueba los límites del pluralismo en el interior de los
Estados Nación, así como la manera en que estos límites a menudo entran en
conflicto directo con lo que con frecuencia ha sido identificado como la
principal amenaza a la ciudadanía moderna: la mermada capacidad de los estados
para garantizar de manera efectiva los derechos fundamentales de ciudadanía debida
a los procesos globales de cambio económico y tecnológico, y al ascenso de los
nacionalismos étnicos. Tales amenazas y desafíos parecen quedar por completo
fuera de la estrecha visión de Marshall acerca de las clases sociales. Muchos
de los llamados nuevos movimientos sociales, en particular los de las mujeres y
los grupos indígenas, pueden ir incluso más lejos, al desafiar los presupuestos
fundamentales sobre los cuales se han edificado las concepciones liberales de
los derechos, incluyendo la de Marshall.[5]
Al mismo tiempo, el ascenso sin
precedentes de la democracia política alrededor del mundo, lo mismo como tipo
ideal que como realidad empírica, con las concomitantes garantías democráticas
de los derechos políticos básicos, ha alejado la atención del enfoque original
de Marshall acerca de la evolución de los derechos ciudadanos. El enfoque se
centra ahora sobre todo en tratar de entender la calidad de los regímenes democráticos
existentes en el antiguo bloque soviético y en la mayor parte del mundo en vías
de desarrollo (Oxhorn y Ducatenzeiler,
1998; Jelin y Herschberg,
1996; nacla,
1996; Przeworski, 1995; Smith et
al., 1994; O’Donnell, 1993 y 1994). Este trabajo subraya la
importancia de no ser complaciente con la existencia de derechos políticos identificados
con elecciones competitivas y relativamente libres. Si bien estos regímenes
democráticos pueden durar mucho tiempo, ello puede deberse más a la inercia y a
la falta de alternativas viables que al ejercicio efectivo de los derechos
ciudadanos asociados con los regímenes democráticos en Occidente (Oxhorn, 1998a; Przeworski, 1986).
Dejando de lado los altos costos sociales implicados por los severos límites en
los derechos ciudadanos (crimen, pobreza, inseguridad económica, entre otros),
siempre existe el peligro de que los crecientes niveles de frustración social
sean expresados, ya sea en un resurgimiento del populismo demagógico, o bien en
la reaparición de extremismos, tanto de derecha como de izquierda (Oxhorn, 1998b). En un patrón muy diferente del descrito por
Marshall hace casi medio siglo, la garantía de los derechos políticos en muchas
democracias nacientes ha ido acompañada por una naturaleza cada vez más
precaria de los derechos civiles, así como por los crecientes límites –cuando
no revocaciones– de los derechos sociales de ciudadanía.
En este trabajo intento aplicar
algunas de las ideas de Marshall acerca de la interrelación entre diversos
tipos de derechos ciudadanos y la desigualdad social, con el propósito de
comprender algunos de los principales retos que enfrentan actualmente las
democracias en América Latina. Más allá de lo que Marshall afirma, y en
respuesta a algunos de sus críticos, propongo entender el desarrollo de los
derechos ciudadanos como un proceso íntimamente vinculado con el desarrollo de
la sociedad civil. En la primera parte de este documento, sostengo que los
derechos ciudadanos son socialmente construidos, y que ahí donde la sociedad
civil es débil, la construcción social de los derechos ciudadanos es por
consiguiente más precaria. De manera más específica, reinterpreto los
argumentos de Marshall acerca de la evolución de los derechos ciudadanos
sugiriendo que el proceso que Marshall describió reflejaba la acumulación de
recursos de poder por parte de la clase obrera británica.
La fuerza creciente de la clase
obrera fue la razón principal por la que se institucionalizaron los derechos
civiles, y el fortalecimiento de éstos también ayudó a institucionalizar la
preexistente fuerza organizativa de la clase obrera al mismo tiempo que echaba
a andar los procesos a través de los cuales continuó su crecimiento. Después
contrasto brevemente la experiencia británica con la de los obreros en la
Alemania de Bismark, y con la de varios países latinoamericanos en donde no
tuvo lugar algún proceso similar de acumulación de poder. Concluyo la sección
haciendo referencia a la complicada situación de los derechos ciudadanos de
género en Europa del Este, en donde el hecho de que estos derechos fueran
garantizados desde arriba durante el periodo comunista ha contribuido a su
debilitamiento en el periodo poscomunista debido a la falta de una base social.
La segunda parte del documento da
cuenta de algunos problemas particulares en las democracias actuales de América
Latina. Mi argumento es que los derechos políticos a menudo han precedido la
garantía efectiva de los derechos civiles fundamentales, los cuales continúan
siendo marcadamente débiles en muchos países. Sostengo que las luchas populares
contra las dictaduras de las décadas de 1970 y 1980 no llevaron hacia el mismo
proceso acumulativo descrito por Marshall, esto debido a que la naturaleza
elitista de estas transiciones a menudo truncó el proceso por medio del cual se
desarrolló la sociedad civil. Esto es también un reflejo de los procesos
paralelos de cambio económico que han tendido a fragmentar y a desarticular a
la sociedad civil. Las nuevas políticas económicas neoliberales han contribuido
a la mercantilización del ejercicio del derecho a medida que el papel del
Estado en la sociedad es dramáticamente reducido. En las conclusiones, exploro
algunas posibles alternativas para contribuir a un mayor desarrollo de la
sociedad civil en tanto mecanismo esencial para la expansión de los derechos
ciudadanos y para el mejoramiento de la calidad de las democracias
latinoamericanas.
2. La sociedad civil
y la construcción social de la ciudadanía
En su clásico
estudio de la evolución histórica de los derechos ciudadanos, T.H. Marshall
(1950) argumentaba que la ciudadanía era aquel estatus de igualdad de derechos
y obligaciones compartido por todos los miembros de una comunidad política.
Como tal, “[el] estatus diferencial, asociado a la clase, la función y la
familia, fue reemplazado por el estatus uniforme de la ciudadanía, lo que
proporcionó los fundamentos de la desigualdad sobre los que se pudo edificar la
estructura de la desigualdad [capitalista]” (Marshall, 1950: 34). El contenido
específico de los derechos y deberes de la ciudadanía evolucionaría paso a paso
con los requerimientos de la acumulación capitalista. Como consecuencia, afirma
Marshall, los derechos políticos en los regímenes que son hoy democráticos
liberales iban necesariamente precedidos por garantías de derechos civiles
fundamentales para los grupos subalternos (principalmente para la clase
obrera). Una vez que los derechos políticos se hicieron extensivos a todos los
ciudadanos, la evolución de los derechos de ciudadanía pudo pasar a un nuevo
plano caracterizado por la expansión de los derechos sociales de ciudadanía asociados
con el moderno Estado benefactor.
Empleando como modelo a Gran
Bretaña, Marshall vio el surgimiento de los modernos derechos universales de
ciudadanía como esencialmente paralelo al crecimiento de las economías de
mercado. El proceso dio inicio en el siglo xviii, según Marshall, tanto
porque la naciente economía capitalista necesitaba la institucionalización de
los derechos de la propiedad a través del reforzamiento de los derechos civiles
fundamentales, como porque la nueva sociedad capitalista tenía que legitimar la
resultante desigualdad social con una nueva esencia: la de ciudadanía. Con el
fin del feudalismo, “la historia de los derechos civiles en su periodo
formativo es de acumulación gradual de nuevos derechos a un estatus que ya
existía y que se concebía como perteneciente a todos los miembros adultos de
una comunidad... Este carácter democrático, o universal, del estatus surgió
naturalmente del hecho de que se trataba en esencia del estatus de libertad, y
en la Gran Bretaña del siglo xvii,
todos los hombres eran libres” (Marshall, 1950: 18). De esa manera, los
derechos civiles se convirtieron en la piedra angular de las modernas
concepciones de ciudadanía, incluyendo “...los derechos necesarios para la
libertad individual –libertad de la persona, libertad de palabra, pensamiento y
fe, el derecho a poseer propiedades y a cerrar contratos justos, y el derecho a
la justicia” (Marshall, 1950: 10-11).
El periodo formativo para los
derechos políticos comenzó entonces en el siglo xix. Esto pudo tener lugar
únicamente después de que “los derechos civiles vinculados al estatus de
libertad ya habían adquirido sustancia suficiente como para justificar el que
habláramos de un estatus general de ciudadanía” (Marshall, 1950: 19). Las
garantías efectivas de los derechos civiles fundamentales fueron vistas por
Marshall como un prerrequisito esencial para los derechos políticos de
ciudadanía. Sin el nuevo estatus creado de “ciudadano”, los derechos políticos
independientes del estatus económico eran inconcebibles. Los derechos civiles,
en efecto, crearon la nueva pauta para evaluar los derechos políticos. Esto se
debe a que, a diferencia de la creación de nuevos derechos civiles durante el
siglo anterior, la evolución de los derechos políticos de ciudadanía implicaba
el “otorgamiento de viejos derechos a nuevos sectores de la población... Los
derechos políticos fueron imperfectos, no en su contenido, sino imperfectos en
su distribución, esto es, de acuerdo con los estándares de la ciudadanía
democrática” (Marshall, 1950: 19). La transformación industrial y la nueva
concepción de los derechos civiles volvieron cada vez más obsoletas a las
viejas concepciones de los derechos. El proceso de consolidación de los
derechos políticos de ciudadanía tomaría aproximadamente cien años. Culminó con
el Acta Británica de Reforma en 1918, cuando los derechos políticos se
vincularon por vez primera de manera directa a la ciudadanía con la adopción
del sufragio universal del hombre, independientemente de su estatus económico
personal.[6]
Con los derechos políticos
extendidos a todos los adultos (varones), la evolución de los derechos de
ciudadanía culminó entonces, según Marshall, con la suma de los derechos
sociales de ciudadanía. Una vez que los obreros tienen el derecho al voto, esto
se traduce en nuevas políticas sociales que comienzan a estrechar de manera
directa la brecha entre el ingreso real y el ingreso monetario (i.e.,
entre el nivel de vida real de una persona, incluyendo los subsidios del
Estado, y su salario real). Para Marshall, el decremento de la desigualdad
social debido al desarrollo económico, combinado con la integración social
conseguida a través de los derechos universales cívicos y políticos de
ciudadanía, generó un nuevo consenso social acerca de la minimización, si no de
la abolición, de la desigualdad social a través de la adopción de los nuevos
derechos de ciudadanía. Nació así el moderno Estado de bienestar:
La integración
social se propagó de la esfera del sentimiento y del patriotismo a aquella del
disfrute material. Los componentes de una vida civilizada y cultivada,
anteriormente monopolio de unos cuantos, fueron progresivamente colocados al
alcance de muchos, quienes se vieron así motivados a extender las manos hacia
aquellos que aún eludían su abrazo. La disminución de la desigualdad fortaleció
la demanda de su abolición, al menos respecto a los aspectos esenciales del
bienestar social (Marshall, 1950: 47).
Para Marshall,
con el coronamiento de los derechos sociales, la ciudadanía estaba completa.
Este proceso histórico de 300 años parece, (al menos en retrospectiva) un
círculo virtuoso en el cual los derechos acumulativos de los grupos subalternos
continuaron creciendo al punto que en las democracias liberales consolidadas se
alcanzó un clásico “compromiso democrático de clase” entre los representantes
de las grandes empresas y los trabajadores (Przeworski,
1985). La desigualdad social no fue eliminada, pero fue significativamente
reducida hasta el punto que “la ciudadanía en sí misma se convirtió, en cierto
sentido, en el artífice de la legítima desigualdad social” (Marshall, 1950: 9).
Hoy es claro que la evolución de la
ciudadanía no culminó con la adopción de los derechos sociales de ciudadanía.
Precisamente como Marshall (1950: 29) señalara, cada sociedad debe desarrollar
su propio ideal de ciudadanía porque “no existe esencia universal que determine
cuáles deben ser esos derechos y obligaciones”. La misma combinación “ideal” de
derechos civiles, políticos y sociales de ciudadanía que él describió está
enfrentando actualmente numerosos desafíos. Los derechos sociales han sido cada
vez más atacados en prácticamente todas las democracias consolidadas,
incluyendo Gran Bretaña, lo que sugiere una reversibilidad que nunca fue
anticipada por Marshall (Turner, 1992). Hoy en día, la visión casi idílica de
Marshall acerca de las relaciones de clase resulta anacrónica para América
Latina, en donde los conflictos sociales parecen ser de una naturaleza muy
diferente.
Más aún, como teoría causal de los
derechos de ciudadanía, el ensayo de Marshall es inadecuado de muchas maneras.
A pesar de algunas referencias aisladas,[7] se
ignora significativamente el papel del conflicto de clases y de las luchas
sociales en la definición y expansión de los derechos ciudadanos (Rees, 1996; Steinberg, 1996;
Turner, 1992; Roberts, 1996). Mientras que esta explicación de la ciudadanía se
refiere explícitamente a las relaciones de clase, no es un argumento
estructuralista, o que siquiera asuma los intereses contradictorios de clase.
En vez de ello, Marshall adopta una postura determinista, casi funcionalista,
de la evolución de los derechos de ciudadanía desde la perspectiva del
desarrollo económico capitalista y la estabilidad política. Subyace el
presupuesto fundamental de que los intereses de la clase trabajadora y de los
capitalistas son complementarios más que contradictorios. En primera instancia,
los capitalistas requerían de los derechos civiles para proteger sus intereses.
Esto, a su vez, es retratado por el autor como si desatara un proceso
teleológico aparentemente inevitable por medio del cual el desarrollo económico
creó un nuevo consenso societal alrededor de los
derechos universales de ciudadanía. La institucionalización de los derechos
ciudadanos pudo ir a la par de las cambiantes actitudes públicas, en gran
medida porque la continua prosperidad económica era en sí misma responsable de
los crecientes niveles de igualdad económica, independientemente de las
políticas redistributivas del Estado. En última instancia, la prosperidad
económica y el nuevo consenso social que ésta creó permitieron un ataque
directo cada vez mayor por parte del Estado hacia cualquier causa persistente
de desigualdad social. Pero estas políticas debían esperar su momento. Por lo
tanto, un esfuerzo temprano por garantizar derechos sociales a través de la Ley
Británica de los Pobres a finales del siglo xviii estaba condenado al fracaso
“porque era totalmente ofensivo para el espíritu que prevalecía en la época”
(Marshall, 1950: 23). El determinismo económico de Marshall y su enfoque de un
único camino para el desarrollo de los derechos universales de ciudadanía
anticipó de muchas maneras las teorías de la modernización del desarrollo
económico de las décadas de 1960 y 1970. De manera similar, estas teorías
vislumbraban una única vía hacia el desarrollo, libre de conflictos y más o
menos inevitable, con base en las experiencias de las primeras naciones
industrializadas de Occidente (Lipset, 1959; Deutsch, 1961; Almond et
al., 1973;
Huntington, 1971; y Portes, 1974).
Sin embargo, es importante enfatizar
que, a diferencia de las teorías de la modernización, la descripción de
Marshall acerca de la evolución de los derechos ciudadanos en Gran Bretaña no
es necesariamente inconsistente con los enfoques que enfatizan el papel del
conflicto y la contingencia en la construcción social de la ciudadanía.[8] Es
posible que los capitalistas británicos hayan gozado de prosperidad económica y
de una relativa estabilidad política durante décadas, pero esto se entiende más
como la consecuencia de las concesiones logradas como resultado de las luchas
sociales iniciadas por los obreros, más que como el resultado de una
predeterminada teleología del desarrollo capitalista (Bendix,
1964; Przeworski, 1985). De manera similar, los capitalistas
en otros lugares lo han hecho extraordinariamente bien siguiendo distintos
caminos de desarrollo político y económico, en los cuales un reducido número de
derechos sociales de ciudadanía fueron efectivamente otorgados a los obreros
como una manera de cooptar y controlar su movilización ante la ausencia de
derechos políticos y civiles efectivos (Mann, 1996; Oxhorn,
1995b y 1998b).
Más que resultado de los
requerimientos funcionales del capitalismo, o consecuencia de un nuevo consenso
social asociado con la modernidad, sostengo que una teoría causal de los
derechos de ciudadanía en Gran Bretaña o en cualquier otro lugar es más
comprensible en términos del desarrollo de la sociedad civil al interior de
países particulares, y de su interacción con el estado. Para los propósitos de
esta argumentación, la sociedad civil se define como: el tejido social formado
por una multiplicidad de unidades funcionales territorialmente autoconstituidas que coexisten de manera pacífica y que de
manera colectiva ejercen resistencia
a la subordinación al Estado, al mismo tiempo que exigen
ser incluidas en las
estructuras políticas nacionales.[9]
Esta definición centra la atención
en las relaciones de poder en el interior de una sociedad dada, y enfatiza la
centralidad de la organización y de la lucha. Contrasta con un enfoque más
liberal centrado en los individuos y en las normas asociadas con una cultura
política democrática.[10]
La dinámica dual de resistencia e inclusión que caracteriza a las sociedades
civiles implica que las sociedades civiles fuertes reflejan una relativa
dispersión del poder político en el interior de los gobiernos.[11]
La habilidad de los diversos grupos para organizarse contribuye a la dispersión
del poder político a su favor, y evita o disminuye la tendencia en las
sociedades capitalistas de que los intereses de los actores y clases sociales
dominantes subordinen por completo los intereses de otros actores y clases
sociales menos poderosos. Si bien la sociedad civil requiere del espacio que
sólo un régimen político democrático puede proporcionarle para su cabal
desarrollo, su surgimiento ha precedido históricamente al advenimiento de los
regímenes democráticos estables y es, por lo tanto, hasta cierto punto
independiente de la existencia de éstos (Oxhorn,
1995a y 1995b). De hecho, la fuerza de la sociedad civil es, en primera
instancia, un factor importante para el logro de las transiciones a la
democracia (O’Donnell y Schmitter,
1986). En las sociedades en donde el poder político está más concentrado, la
sociedad civil es más débil y las posibilidades de estabilidad democrática y
desarrollo equitativo a largo plazo son, en consecuencia, menores.
Al centrar la atención en las
relaciones de poder, queda claro de qué manera la sociedad civil como concepto es
diferente de la estructura económica. En particular, la sociedad civil se
caracteriza más por un “pluralismo societal
institucionalizado” (Schmitter, 1986: 6) que por la
relativa fuerza de organizaciones funcionales de clase, como los grupos de
empresarios, los sindicatos y las organizaciones campesinas. Además de las
clases sociales, otros actores en la sociedad civil pueden incluir a los
sectores económicos y a las profesiones, a las comunidades territoriales
independientes, los grupos étnicos y lingüísticos, las religiones y las sectas,
las asociaciones voluntarias, las agrupaciones generacionales y de género,
entre otras. Las identidades compartidas, la habilidad de autoorganización
e incluso una historia de lucha colectiva son fuentes de poder que permiten a
los grupos en desventaja desafiar el status quo (Brenner,
1976; Evers, 1985; Jelin,
1990; Calhoun, 1991; Subramanian,
1995; Offe, 1987; Melucci,
1985).
Si bien la sociedad civil es
diferente de la estructura económica, la estructura económica condiciona el
potencial de la sociedad civil de maneras importantes. Puesto que el cambio
económico contribuye a una mayor dispersión de los recursos de poder e
incrementa la capacidad de los diversos grupos para organizarse, debería
facilitar mayores niveles de inclusión social y democratización.[12]
Por el contrario, si el cambio económico incrementa el nivel de la
concentración económica, o si va acompañado de la edificación de nuevas
barreras para la acción colectiva por parte de distintos grupos, tendería a minar
a la sociedad civil y a favorecer una mayor contracción de la inclusión social
y la democratización.
Históricamente, como menciona Tilly (1996b: 9), fue la “lucha y la negociación entre los
estados en expansión y sus sujetos [lo que] creó la ciudadanía ahí en donde no
había existido previamente”. Si bien hoy en día probablemente hay mayor
consenso que nunca antes respecto al contenido normativo de los derechos
democráticos ciudadanos, en la práctica los derechos son aún rebatidos. Más
todavía, aún no existe consenso acerca de la puesta en práctica de derechos
específicos de ciudadanía ni respecto a cómo hacerlo. En la mayor parte de las
nuevas democracias, los conflictos acerca de los derechos fundamentales de
ciudadanía fueron a menudo temas centrales, aunque no resueltos, durante el
proceso de transición. El fracaso de las instituciones democráticas para
manejar estas deficiencias después de la transición es con frecuencia, como se
discute detalladamente más adelante, la principal fuente de fragilidad para
muchos de los nuevos regímenes democráticos. La administración, tanto
históricamente como en nuestros días, es clave para comprender cómo los
derechos ciudadanos evolucionan o se estancan. Las presiones para la expansión
de los derechos ciudadanos que surgen (o dejan de surgir) en el interior de la
sociedad civil, y la forma como esas presiones son manejadas por los actores
estatales son puntos centrales para cualquier teoría causal de la ciudadanía.
Desde la perspectiva del papel de la
sociedad en la construcción de la ciudadanía, es importante resaltar tres
aspectos centrales de la comprensión de Marshall acerca de la ciudadanía y la
democracia en Gran Bretaña. Primero, la desigualdad económica debe manejarse de
manera sistemática puesto que es tanto inevitable dentro del capitalismo, como
contraria a las normas democráticas. Esto no significa, como enfatizó Marshall,
que la desigualdad deba ser eliminada. Semejante esfuerzo sería aún más
antitético a la práctica democrática. En lugar de ello, la desigualdad
económica debe disminuir paulatinamente, como fue el caso en Gran Bretaña
durante el periodo en el cual los derechos ciudadanos evolucionaron.[13]
La desigualdad económica prevaleciente debe ser continuamente legitimada, algo
que inicialmente se consiguió en Gran Bretaña mediante la promulgación de los
derechos universales de ciudadanía. En esencia, los derechos ciudadanos deben
orientarse a asegurar que “la civilización unificada que hace aceptables las
desigualdades sociales, y que amenaza con volverlas económicamente
disfuncionales, se logra mediante un progresivo divorcio entre los ingresos
reales y los monetarios” (Marshall, 1950:81).
El segundo aspecto que merece ser
resaltado en torno a la discusión de Marshall acerca de los derechos ciudadanos
se refiere al contenido diferencial, o calidad, de los derechos ciudadanos. A
menudo se asume que la ciudadanía es un todo integral –una propuesta de todo o
nada, independiente de su sustancia real. A través del nacimiento o de la
naturalización, aquellos que son ‘ciudadanos’ son vistos como poseedores de los
mismos derechos y presumiblemente comparten las mismas obligaciones como parte
de una nación definida por sus fronteras geográficas y por una ‘comunidad
imaginaria’ (Cfr. Anderson, 1991). Las distinciones de
jure de la
“ciudadanía de segunda clase” no son ya normativamente justificables. Marshall
nos recuerda tanto que la ciudadanía es estratificada, como que necesitamos
comprender las relaciones entre esos estratos. Para el caso específico de Gran
Bretaña, la secuencia por la cual estos estratos fueron sumados a la
significación de ciudadanía fue particularmente fortuita. Como se discute
abajo, las secuencias alternativas probablemente tienen importantes
consecuencias para el mantenimiento de las políticas democráticas.
La distinción es particularmente
importante en América Latina, en donde las identidades nacionales fueron
definidas mientras eran incorporadas, en ausencia de la bondadosa movilización
de masas característica del nacionalismo europeo (Anderson, 1991; Lynch, 1973).
Gradualmente surgirían concepciones alternativas de los derechos de ciudadanía
que eran en gran medida independientes de los derechos políticos y civiles
discutidos por Marshall, centradas principalmente en vagas nociones de los
derechos sociales de ciudadanía (O’Donell, 1979). La
movilización nacionalista no se extendería por la región sino hasta el siglo xx, cuando se
encontraba desconectada casi por completo de cualquier noción de derechos
ciudadanos universales. En la mayoría de los casos, ello fue consecuencia de
exitosos liderazgos populistas cuyo compromiso con las normas democráticas de
ciudadanía universal era, cuando menos, ambiguo (Oxhorn,
1998a). Algunos derechos ciudadanos importantes, derechos sociales en particular,
fueron intencionalmente segmentados y eran a menudo otorgados por regímenes
autoritarios como una forma de cooptar y controlar las presiones sociales,
punto al que regresaré más adelante.[14]
Finalmente, la dimensión
colectivista de los derechos ciudadanos es central para entender cómo la
ciudadanía se relaciona con la desigualdad social. Si bien los derechos
ciudadanos son obviamente derechos individuales, las luchas que los definen
sólo pueden llevarse a cabo de manera colectiva, y las demandas colectivas de
derechos ciudadanos son esenciales para hacer efectivos esos derechos. Hay una
cierta paradoja en esta observación: el ideal liberal de la libertad
individual, tan cercanamente asociado con el ideal de ciudadanía universal, no
puede lograrse a menos que los individuos se organicen colectivamente para
demandar respeto a los derechos que tal libertad conlleva. Como resultado,
estos derechos ‘individuales’ son efectivamente garantizados a distintos grupos
(por ejemplo, trabajadores, mujeres, analfabetos, entre otros), aun cuando su
justificación normativa descanse sobre premisas liberales. Marshall (1950: 42 y
43) reconoció esta paradoja, apuntando que “los derechos civiles fueron en su
origen intensamente individuales, y esa es la razón por la que armonizaron con la fase individualista del
capitalismo...[aunque] los grupos fueron habilitados para actuar
legalmente como individuos”, en particular los sindicatos. De esta manera, “uno
de los principales logros del poder político a finales del siglo xix fue el
reconocimiento del derecho de negociación colectiva. Esto significa que se
buscaba el progreso social mediante el fortalecimiento de los derechos
civiles...”. Los derechos civiles son, en la práctica, derechos colectivos,
independientemente de la intención de los reformistas liberales.
La dimensión colectivista de los
derechos de ciudadanía es de muchas maneras la esencia de las sociedades
civiles fuertes. Lo que distingue a la sociedad civil de otras formaciones
sociales es la naturaleza de sus actores colectivos, y sus demandas u objetivos
específicos. Un buen ejemplo de esto es la clase obrera. En las sociedades que
han experimentado un mínimo nivel de industrialización, la clase obrera es un
actor potencial importante. Si la clase obrera organizada será o no parte de la
sociedad civil, dependerá de cómo se organice el movimiento y de sus metas. En
la Europa Occidental del siglo xix y en América Latina en general, la clase obrera
organizada fue un actor clave en los tempranos procesos de democratización (Bendix, 1964; Rueschemeyer,
Stephens y Stephens, 1992; Collier y Collier, 1991). Sólo en muy raras ocasiones la clase obrera
se ha organizado como fuerza revolucionaria. En vez de ello, como señala Bendix (1964) para Europa Occidental, los movimientos socialistas
(y nacionalistas) del siglo xix
deben verse como movimientos políticos, que reflejan la alineación política de
la clase obrera al buscar la integración al sistema sociopolítico:
Más que
comprometerse en una búsqueda milenaria de un orden social, las masas
recientemente politizadas protestaron contra la ciudadanía de segunda clase,
exigiendo el derecho de participación en términos de igualdad al interior de la
comunidad política del estado-nación. (Bendix, 1964:
73)
En América
Latina, las demandas de integración de la clase obrera al sistema sociopolítico
han sido históricamente mucho menos exitosas, como resultado de los procesos de
inclusión controlada (Oxhorn, 1995b y 1998b). En
muchos países, la clase obrera fue organizada por el Estado para limitar su
poder económico y político al minar cualquier forma de organización autónoma
que pudiera efectivamente desafiar la posición privilegiada de las clases
dominantes. Esto fue una clave característica del populismo latinoamericano y
de las instituciones corporativas de países como Brasil y México. En algunos
casos, de manera más notable en Chile, surgió un movimiento obrero fuerte y
autónomo, vinculado muy de cerca a los partidos de izquierda.[15]
Pero incluso en estos casos, el desarrollo de la sociedad civil fue restringido
por las clases dominantes que continuaban controlando efectivamente al Estado.
A lo largo de toda América Latina
surgió la sociedad civil, pero ésta permaneció débil y a merced del Estado.
Cuando las instituciones de inclusión controlada fracasaron en su intento por
limitar las demandas de integración de la clase obrera, el gobierno autoritario
se impuso en países tan diversos como Argentina, Brasil, Chile y Uruguay. Ahí
en donde las instituciones de inclusión controlada no se resquebrajaron –de
manera más notable en el autoritario México y en la democrática Venezuela–, la
sociedad civil permaneció adormecida y la clase obrera organizada se convirtió
en un actor privilegiado comparado con la amplia mayoría.
América Central (a excepción de
Costa Rica), la Bolivia prerrevolucionaria, Cuba y México, así como el Paraguay
de Stroessner y Perú antes del gobierno militar de
1968, fueron excepciones importantes al patrón generalizado de inclusión
controlada. En estos casos, la inclusión del sector popular fue mínima, si no
inexistente, y la sociedad civil permaneció igualmente débil. La concentración
resultante del poder político y económico llevó a extremos de polarización
social, aún para los estándares de América Latina. Bajo estas circunstancias,
parecía inevitable un estallido social. Ante la falta de otras vías para lograr
una integración efectiva al sistema sociopolítico, debido a los con frecuencia
altos niveles de represión, la clase obrera se alió con el aún más numeroso
campesinado para integrar poderosos movimientos revolucionarios. En diversos
grados y con diferentes niveles de éxito,[16]
estos movimientos llegaron a representar a actores fuertes y bien organizados
del sector popular, pero sus objetivos y métodos no eran compatibles con los de
la sociedad civil.
El surgimiento de estos movimientos
refleja, fundamentalmente, la debilidad de la sociedad civil y la concomitante
falta de alternativas al conflicto político para responder a los intereses del
sector popular.[17] Esto puede verse de
manera más clara en aquellos casos en que los movimientos revolucionarios han
fracasado en conseguir un apoyo popular sustancial (Wickham-Crawley,
1989).[18]
De manera similar, cuando las élites estatales en Colombia crearon una
organización nacional campesina como mecanismo de cooptación e inclusión
controlada, el limitado espacio que esto otorgó a la participación popular dio
como resultado una oleada de apoyo que permitió a la organización la obtención
de cierta autonomía con respecto al Estado para desafiar las políticas
estatales contrarias a los intereses de los miembros de la organización. Sin
embargo, cuando un nuevo y más radical liderazgo revolucionario tomó control de
la organización, los subsecuentes conflictos con las raíces más moderadas de ésta
minaron su fuerza y destruyeron su habilidad para actuar como interlocutor
autónomo de los campesinos frente al Estado (Zamosc,
1989). Incluso una mínima redistribución del poder económico y político
asociado con las organizaciones emergentes de la sociedad civil y con su
interacción con el Estado parecería ser preferible a los altos riesgos –y aún a
los altos costos– asociados con la lucha revolucionaria armada en la gran
mayoría de los sectores populares.
Mientras que la discusión de los
derechos y la acción colectiva ha sido limitada a las clases sociales, no hay
razón por la que el análisis no sea igualmente aplicable a la comprensión de
otros actores potenciales. Como ya se ha señalado, la ciudadanía es una
construcción social en la que participan –o deberían participar potencialmente–
una variedad de actores. Entre éstos pueden contarse, además de las clases
sociales, los grupos basados en el género, la etnicidad, la religión, las
prácticas sexuales, la edad, la identidad cultural, etcétera. Ellos son los que
conforman en esencia los elementos de las sociedades civiles fuertes. Su
ausencia de los procesos políticos nacionales puede ser un reflejo de la
debilidad de la sociedad civil y/o de las políticas represivas del Estado, lo
que desemboca de manera inevitable en la limitación de los derechos ciudadanos.
En suma, la expansión de la
ciudadanía para incluir los derechos civiles, políticos y en esencia los
derechos sociales, como describe Marshall, debe ser reinterpretada para
reconocer la naturaleza conflictiva del proceso, así como el papel central que
jugó la sociedad civil al interactuar con el Estado británico. Al mismo tiempo,
tales luchas son constitutivas de la creciente fuerza de la sociedad civil. A
través de la lucha colectiva, las identidades colectivas se crean y redefinen
como nuevas fuentes de poder político (Hobson y Lindhholm, 1997). Cuando los derechos se otorgan como
resultado de una lucha social, el Estado reconoce e institucionaliza una
distribución previa de los recursos de poder, lo que contribuye a una mayor
dispersión de estos recursos y fortalece, en consecuencia, a la sociedad civil.
Desde esta perspectiva, el camino
seguido por Gran Bretaña y tan elocuentemente descrito por Marshall puede aún
ser ‘ideal’, pero es también singular. Esta es en esencia la conclusión a la
que llega Barrington Moore (1996), quien discute que
el camino de Gran Bretaña hacia la democracia, aunque marcado por una
considerable violencia, fue menos problemático que en otros lugares debido a la
temprana comercialización de la agricultura. Según Moore, la comercialización
de la agricultura eliminó al campesinado como clase que pudiera ser movilizada,
ya sea por fuerzas de reacción o revolucionarias. Asimismo, creó una burguesía
capaz de constituirse en un aliado más o menos equivalente de la aristocracia
para crear un balance efectivo contra el Estado y frenar las tendencias
autoritarias de este último. En términos del desarrollo de la sociedad civil,
el temprano ingreso en el mercado con la comercialización de la agricultura
creó nuevos recursos de poder distribuidos de manera más amplia.[19]
Como señala Moore, esto incrementó de manera clara el poder de la burguesía.
De igual importancia, estos nuevos
recursos eran en gran medida independientes del Estado (aunque éste jugó un
papel crucial en la regulación de los nuevos mercados, y facilitó el incremento
de las relaciones comerciales de Gran Bretaña). Junto con la temprana
industrialización, hubo también un aumento significativo en el poder potencial
de la clase obrera, lo que se vio reflejado en su cada vez mayor tasa de
ingresos. También fue el resultado (como Marx lo apreció anteriormente) de la
relativa facilidad para organizar a los obreros que estaban concentrados en las
fábricas, quienes compartían marcados intereses comunes y cuya cooperación se
estaba volviendo cada vez más indispensable para la acumulación continua de
capital.[20]
Cuando la evolución de los derechos
ciudadanos se lleva a cabo por caminos alternativos, las consecuencias para la
democracia y la sociedad civil son a menudo dramáticas. Por ejemplo, los
derechos sociales de ciudadanía a menudo han sido, a lo largo de la historia,
un sustituto de los derechos civiles y políticos. Mann (1996) critica tanto la
teleología como el funcionalismo del análisis de Marshall, al señalar que esto
es precisamente lo que ocurrió en la Alemania de Bismarck. Incluso va más lejos
al sugerir que semejante sistema de integración social habría resultado
bastante duradero de no haberse atravesado la Primera Guerra Mundial. Desde la
perspectiva de la sociedad civil, la integración social en la Alemania de
Bismarck es muy similar a los procesos de inclusión controlada comunes en
América Latina. Con una temprana llegada al proceso de industrialización, una
clase obrera pequeña y relativamente débil pudo ser integrada al sistema
político de una manera subordinada que obstaculizó el desarrollo subsecuente,
tanto de los derechos ciudadanos como de la sociedad civil. Más que simplemente
terminar con este experimento de control social efectivo, la Primera Guerra
Mundial marcó el inicio de una nueva era a medida que la industrialización
continuaba su progreso. La clase obrera no sólo seguía creciendo, sino que
también fue movilizada como parte de la fuerza de guerra. Con la derrota de
Alemania en la Segunda Guerra Mundial, se crearon nuevas estructuras
corporativas, como en la mayor parte de Europa Occidental, que dieron expresión
institucionalizada, por parte del Estado, a la fuerza preexistente de las
organizaciones obreras, y de hecho en ese proceso la fuerza se incrementó. El
resultado final fue la consolidación de un nuevo conjunto de derechos
ciudadanos que incorporaron por completo a los derechos civiles, políticos, y
particularmente a los derechos sociales ciudadanos de alto nivel.
En América Latina, el corporativismo
en la región (así como en otras regiones en vías de desarrollo) fue visto como
parte de una estrategia de “modernización defensiva desde arriba” (Schmitter, 1974). Desde aproximadamente la década de 1930
hasta la década de 1940, en países tan diversos como Argentina, Brasil y
México, las élites que controlaban el Estado impusieron a los obreros una
estructura estatal que sería usada para controlar las demandas y la
movilización obreras. El Estado creó instituciones jerárquicas del trabajo que
no tenían raíces efectivas en la sociedad civil para mantener la estabilidad
política y promover el crecimiento económico, ante la ausencia de instituciones
o medidas comprensivas de bienestar social que se dirigieran a la creciente
desigualdad en el ingreso. Más que redistribuir el poder a favor de la clase
obrera, como ocurrió en Europa Occidental, el corporativismo en América Latina
institucionalizó las desigualdades de clase en términos del acceso al Estado y
a los recursos económicos, al crear un nuevo y relativamente pequeño grupo
privilegiado de obreros en los sectores populares. En lugar de permitir la
articulación autónoma de las demandas obreras en el marco de un Estado
democrático liberal, las asociaciones corporativistas en América Latina
siguieron siendo dependientes y penetradas por el Estado, lo que frenó el
crecimiento de la sociedad civil.
En contraste, en Chile (y en
Argentina, después del derrocamiento de Perón en 1955), las organizaciones
obreras tenían profundas raíces en la sociedad, lo que les permitió obtener una
considerable autonomía del Estado en términos de su habilidad para movilizar
obreros y presionar al mismo. Si bien la autonomía y la fuerza de las
organizaciones obreras no rivalizaron con sus contrapartes europeas,[21] como
resultado de luchas históricas, los derechos ciudadanos de los obreros chilenos
(y al menos los derechos sociales, si no políticos, de los obreros argentinos)
fueron mucho mayores que los de los obreros en la mayor parte del resto de los
países latinoamericanos. La relativa fuerza de los obreros en ambos países, por
otra parte, fue un factor fundamental que contribuyó a los golpes que dieron
origen a las dictaduras militares en las décadas de 1960 y 1970 cuando las
demandas hechas al Estado excedieron los límites establecidos por los procesos
de inclusión controlada.[22]
El mismo punto fundamental acerca de
la secuencia de los derechos de ciudadanía y del desarrollo de la sociedad
civil destaca, de manera diferente, al examinar el destino de los derechos de
la mujer en la antigua Unión Soviética y en la Europa Oriental postsoviética.[23]
Como es bien sabido, los derechos sociales de las mujeres en el comunismo
soviético eran a menudo muy avanzados en términos de su potencial para otorgar
poder a la mujer en relación con el hombre. De hecho, el orden comunista a
menudo pretendió defender muchos derechos de las mujeres (sin importar cuan efectivas o genuinas fueran en realidad esas
pretensiones); lo que constituye parte del problema. El otorgamiento de tales
derechos por parte del Estado comunista ante la ausencia de cualquier demanda
autónoma de éstos desde la sociedad civil, frenó el desarrollo de esta sociedad
civil al agotar de antemano el potencial para la movilización de la mujer.[24]
Cuando los regímenes comunistas cayeron, se agregó un nuevo estigma a los
movimientos feministas debido a que sus demandas estaban tan estrechamente
asociadas con los ahora desacreditados comunismos. Frente a considerables
reveses en los derechos que hubieran sido considerados triunfos mayores para
las mujeres, de haber sido conseguidos en otros contextos (acceso a servicios
culturales y de salud, derecho al aborto y a los anticonceptivos, por mencionar
sólo algunos), uno se topa con una “narrativa cultural que ratifica una mujer
esencialmente sexualizada, que busca reivindicar su
domesticidad natural que le había sido negada por el régimen anterior” (Hobson y Lindholm, 1997: 501).
3. Los derechos
ciudadanos en las nuevas democracias de América Latina
En contraste
tanto con la explicación teleológica de Marshall acerca de los derechos
ciudadanos, como con el patrón alternativo de los derechos sociales que
preceden a los
derechos políticos y civiles de ciudadanía, las recientes transiciones a la
democracia en América Latina representan un tercer camino alternativo: la
dotación de derechos políticos universales de ciudadanía en ausencia de
derechos civiles universales y ante el declive de los derechos sociales. Aunque
estables en general (al menos hasta ahora),[25] estos
regímenes democráticos se caracterizan por las grandes limitaciones en la
calidad del gobierno democrático, lo que representa grandes desafíos para su
eventual consolidación. Esta secuencia única refleja tanto la naturaleza
elitista de estas transiciones, sobre las que los militares han mantenido una
desproporcionada influencia, como las consecuencias de las políticas económicas
neoliberales. Ambas cosas han afectado la capacidad de la sociedad civil para
comprometerse con el tipo de luchas colectivas que son necesarias para definir
la ciudadanía de manera más comprensiva.
Como resultado de la reciente
transición al gobierno democrático, América Latina disfruta actualmente de un
nivel sin precedentes de derechos políticos ejercidos mediante elecciones
razonablemente libres y justas. Las excepciones principales siguen siendo Cuba
y, en grado más ambicioso, México.[26]
De manera algo paradójica, dado que las extensas violaciones a los derechos
humanos por parte de los regímenes autoritarios fueron una de las causas
principales de muchas de las recientes transiciones, los derechos civiles de
ciudadanía son todavía en muchos países sumamente precarios para la mayoría (O’Donnell, en prensa y 1993; Holston,
1998; Oxhorn, 1998a; y nacla, 1996). Holston
(1998), por ejemplo, estima que más de dos terceras partes de las nuevas
democracias en los países en vías de desarrollo son caracterizadas como
‘inciviles’, debido a las generalizadas violaciones a los derechos civiles. O’Donnell (de próxima publicación) sugiere que este es un
problema significativo en todos los países latinoamericanos, con excepción de
Uruguay y Costa Rica (una de las democracias más viejas de la región).
En América Latina, los derechos
civiles han sido históricamente los más precarios. Esto ha sido resultado
directo de la politización del Estado y del consecuente debilitamiento de las
instituciones estatales básicas (Karl, 1997; Chalmers,
1977). Los límites de la inclusión controlada también han dado como resultado
una represión estatal en diversas formas, cuando las presiones sociales
amenazan con rebasar esos límites. En el contexto actual, diversos factores se
han combinado para agravar el problema. La falta de derechos civiles
yuxtapuesta con los nuevos derechos políticos amenaza con socavar la
legitimidad democrática, cuando no la relevancia del gobierno democrático, para
la vida diaria de la gente (Garretón, 1998).
El abuso del sistema legal por parte
de las élites, la corrupción, y la percepción generalizada de que las
autoridades gozan de una cierta impunidad sin importar lo que hagan, también
han minado la confianza en las instituciones legales (Hendley,
1996; Garretón, 1995 y 1989). Este es uno de los
principales legados autoritarios enfrentados por las nuevas democracias, y en
muchos casos tales prácticas no terminan con la transición a la democracia. A
esto debe agregarse el problema del personal y las leyes autoritarias que se
mantuvieron después del periodo de autoritarismo, y que son difíciles de
cambiar. La gente se acostumbra a buscar soluciones extra legales para sus
aflicciones, y asume que cualquier reforma fracasará en la práctica, aun si es
llevada a cabo por un gobierno electo. A menos que se restaure la confianza en
el orden legal, las reformas democráticas se verán minadas, puesto que muchos
asumirán que estas reformas no serán más efectivas que en el pasado.
En el contexto actual, por otra
parte, los derechos civiles en muchas de las nuevas democracias son
directamente socavados por una mercantilización de
facto del ejercicio
de la ley. En el papel, existe igual protección bajo la ley, pero los pobres no
pueden acceder a ella de manera efectiva debido a sus limitados recursos
económicos. El Estado es incapaz (por corrupción o por su propia falta de
recursos) de llenar ese vacío. En vez de ello, los sistemas legales sirven para
fortalecer los problemas estructurales de desigualdad y exclusión social. En un
círculo vicioso, las soluciones ineficaces de la corrupción y la impunidad
oficial minan aún más la confianza en los sistemas legales, e incluso
políticos, y hacen más difícil frenar los abusos.
De manera similar, el ejercicio de
la ley a menudo persiste como un instrumento de corrupción y represión, más que
como instrumento para el cumplimiento de la reforma legal. Además, en los
países que están saliendo de una crisis, el ejercicio de la ley es visto a
menudo como enteramente distinto de la reforma legal. Como resultado, ambos
instrumentos potenciales de reforma se desarrollan a diferentes velocidades, en
vez de hacerlo como un proceso coherente y capaz de autofortalecerse.
En resumen, las reformas legales pueden anunciarse públicamente, pero no hay
ejercicio de esas leyes. El efecto de red que esto crea es una continua
desconfianza en las instituciones del país, y un persistente problema de
seguridad personal en el nivel local.[27]
La situación se exacerba aún más por
el incremento sustancial de las tasas de criminalidad a lo largo de toda
América Latina (nacla,
1996). Además de ser con frecuencia las víctimas principales del crimen, los
pobres son a menudo blanco de los esfuerzos policiales por controlar el crimen
en lo que toca a la “elevada criminalización de los pobres” (Holston, 1998: 16). Por ejemplo, el significativo
incremento de la tasa de crímenes después de la transición a la democracia en
El Salvador dio como resultado el pasaje de la Ley
de la Emergencia contra la Delincuencia y de la Ley para la Defensa Social, del 19 de marzo de 1996. Estas leyes
–de las que algunas partes fueron eventualmente declaradas anticonstitucionales–
estipulaban que los individuos serían considerados criminales potenciales,
sujetos a encarcelamiento y a la pérdida de sus derechos fundamentales
simplemente por su apariencia. Los desempleados, los jóvenes, los pobres, o
simplemente aquellos que vestían de manera diferente fueron blanco de leyes que
ignoraban los problemas igualmente serios (pero en su mayoría de cuello blanco)
del crimen organizado y la corrupción oficial (Proceso, 16: 702, 27 de marzo de 1996). Al
mismo tiempo, y de manera particular entre los relativamente acomodados, existe
una creciente privatización del ejercicio de la ley a medida que la gente
recurre al vigilantismo y contrata seguridad privada.
En agudo contraste con los procesos
por los que, según Marshall, los derechos ciudadanos se desarrollaron en Gran
Bretaña, los capitalistas se han podido adaptar –cuando no aprovechar, en
realidad– a las limitaciones de los derechos civiles en gran parte de la
región. La mercantilización de los preceptos de la ley, la criminalización de
la pobreza, y la privatización del ejercicio de la ley son todas al menos
soluciones parciales a las crecientes tasas de criminalidad y a los ineficaces
sistemas legales, de las que dispone la gente con recursos económicos. Por otro
lado, los intereses empresariales gozan ahora de una creciente influencia en
las políticas en América Latina (Mahon, 1996; Keohane y Milner, 1996; Oxhorn y Docatenzeiler, 1998).
Tal influencia se da a menudo a través de canales informales no democráticos, y
constituye una fuente fundamental de la precariedad de los derechos civiles.
Debido a que los intereses empresariales pueden verse beneficiados con dichas
irregularidades –cosa que Marshall no anticipó– éstos no necesariamente van a
impulsar el cambio. Como Mahon observó: “...aquellos
que mueven los mercados pueden no poner objeción al poder estatal formalmente
no atribuido siempre y cuando éste les sea informalmente atribuido a ellos”.
La creciente influencia de los
intereses económicos en América Latina también refleja la adopción de un nuevo
conjunto de políticas neoliberales de desarrollo que han tenido un impacto
marcadamente negativo en los derechos sociales de ciudadanía. En su base, estas
políticas de desarrollo confían en el mercado para determinar la mejor
distribución de los recursos y oportunidades para los pobres.
Las nuevas políticas de bienestar
social de asistencia orientada (targeted
assistance)
son las que mejor representan lo que implica para los derechos sociales este
cambio de política de desarrollo. Estas políticas están fundamentadas en el
supuesto de que la solución a la pobreza debe darse en el nivel micro, a través
de la canalización de las mínimas medidas de bienestar directamente hacia
aquellos que más las necesitan. El énfasis se coloca en soluciones a corto
plazo que permitirán que esta gente se vuelva autoproductiva
a través de su participación en el mercado de trabajo. La confianza en el
mercado para determinar la mejor distribución de recursos y oportunidades para
los pobres es complementada por el Estado en su papel subsidiario de
proporcionar ciertos bienes públicos y transferir ingresos directamente a los
más pobres de la sociedad. Los subsidios generales y no uniformes, y las
sumamente burocráticas políticas de bienestar son reemplazadas por pagos
directos a los usuarios o a los proveedores de servicios, con base
estrictamente en la necesidad, en áreas como atención a la salud, educación,
nutrición, empleo y vivienda.
La eficiencia de los gastos de
bienestar social es supuestamente incrementada al limitar la cantidad de
‘filtraciones’ a los grupos de clase media y alta. En el área de atención a la
salud, por ejemplo, el papel del Estado es minimizado hasta convertirlo en el
último recurso. Sólo los indigentes y los pobres que no pueden pagar la
seguridad privada serán canalizados a un servicio de salud teóricamente más
moderno y eficiente. De manera similar, en el área de vivienda de bajo costo,
el papel del Estado se reduce a proporcionar subsidios directos y criterios de
elegibilidad, dejando que el mercado asegure una oferta adecuada de vivienda de
bajo costo una vez que la ‘demanda’ de los grupos de bajos ingresos es
garantizada por el Estado.
La relevancia de esta política puede
verse en el hecho de que en años recientes la reducción de la pobreza en la
región ha sido resultado, casi en su totalidad, del crecimiento económico y de
un incremento concomitante de las oportunidades de empleo para los pobres (Helwege, 1995; cepal, 1994). Incluso en Chile, donde el gasto social
se incrementó 21 % en términos reales entre 1990 y 1992, más de 80% del ingreso
recibido durante este periodo por 40% de los hogares más pobres provino de los
incrementos en el salario percibido (cepal, 1994: 8). Esto implica, sin embargo, que el
Estado ha frenado su cumplimiento de cualquier papel distributivo.[28]
Los gastos sociales continúan en amplia regresión; su expansión es cíclica y
muy probablemente lo seguirá siendo para mantener la confianza de los
inversionistas. De manera similar, las reformas fiscales y las políticas de
salario mínimo no han sido usadas en grado significativo para redistribuir el
ingreso (Helwege, 1995). Las políticas diseñadas para
lidiar con las causas estructurales de la pobreza y la desigualdad,
particularmente a través de las inversiones de capital humano en educación y
atención a la salud, son sacrificadas a favor de las prioridades a corto plazo
para mantener el equilibrio económico, bajo el supuesto de que los programas
orientados a los más necesitados proporcionarán el tiempo necesario para que la
economía genere más empleos.
Estos cambios en la política han
afectado severamente el equilibrio social en la región, combinados además con
el creciente problema de las tasas de criminalidad en ascenso vertiginoso. La
renovación del crecimiento económico en América Latina después de la crisis
económica de la década de los años ochenta ha fracasado, en general, en su
intento por disminuir los niveles de desigualdad a aquellos experimentados en
la década de los años setenta (Altimir, 1994 y 1995).[29]
Esto a pesar de las algunas veces significativas reducciones de la pobreza. Altimir (1994: 26) concluye que:
En suma, los
patrones distributivos ‘normales’ en la fase entrante de crecimiento sostenido,
cuando éste se materializa en la mayor parte de los países de América Latina,
una vez que éstos se han recuperado de la crisis y sus secuelas, que han
completado los ajustes estructurales y desplegado las reformas a las políticas,
tienden a ser más desiguales –al menos en las zonas urbanas– que aquellos
patrones prevalecientes en la última fase del crecimiento, durante los 70.
La mirada a largo
plazo no es mejor desde esta perspectiva. Enrique Iglesias, presidente del
Banco Interamericano de Desarrollo, advirtió que:
En condiciones
de crecimiento estable, podría tomar al continente muchos años, –entre 50 y más
de un siglo, dependiendo del país– otorgar a todos sus ciudadanos un nivel
mínimo de bienestar con las tendencias actuales de distribución (New
York Times, 25 de
marzo de 1998: A7).
Esta coincidencia
única de derechos civiles limitados, derechos sociales en declive y derechos
políticos casi universales de ciudadanía refleja una debilidad de la sociedad
civil que se desprende tanto de la naturaleza de las transiciones recientes,
como de los patrones actuales de desarrollo económico. En particular, la
dominación ejercida en estas transiciones por los partidos políticos y por las
élites ha obstaculizado el desarrollo de las sociedades civiles
latinoamericanas.[30]
Aunque la movilización popular en
general jugó un papel importante al precipitar las transiciones democráticas,
las élites y los partidos políticos determinaron en última instancia su curso
final (O’Donnel y Schmitter,
1986; Oxhorn, 1995a).[31]
La expresión más clara de esto se encuentra en los pactos políticos a través de
los cuales se establecieron en muchos casos no sólo las reglas del juego para
el futuro régimen democrático, sino que se marcaron límites en los temas
sustantivos que los gobiernos electos podían tratar (Karl, 1986). Entre esos
límites había importantes concesiones al régimen autoritario saliente en
términos de futuros procesos por violación a los derechos humanos, así como el
mantenimiento de diversos enclaves autoritarios al interior de las
instituciones de la nueva democracia (Garretón,
1989).
El proceso por medio del cual las
élites y los partidos políticos llegaron a dominar el proceso político durante
las últimas fases de la transición necesariamente ocasionó una desmovilización
de los actores masivos, y su subordinación al interés de asegurar una
transición democrática exitosa. Esta desmovilización, sin importar cuan necesaria haya sido para evitar cualquier posible
regresión al autoritarismo, no se dio sin tensión. En esencia, acortó el
proceso de construcción de la sociedad civil, que había dado inicio como
preludio a la transición. Estas tensiones sólo fueron exacerbadas por la
continua dominación de las élites, particularmente de las élites partidistas,
después de la transición, y por la percepción generalizada de una creciente
distancia entre los líderes del partido y el resto de la población. El
‘espacio’ disponible para la participación popular a menudo parecía
circunscrito al proceso electoral en sí mismo. Además, con frecuencia existía
un sentimiento de frustración dadas las limitaciones de los cambios reales
logrados en el despertar democrático. El resultado ha sido un declive general
en la actividad organizativa en el interior de la sociedad civil, aun en
aquellos países donde esa actividad había alcanzado niveles relativamente altos
durante el régimen autoritario.
Otros diversos factores han afectado
el grado en que la sociedad civil ha tendido a retraerse bajo el gobierno
democrático. En muchos países, la actividad organizativa autónoma entre grandes
segmentos de la población fue un fenómeno relativamente nuevo. A menudo fue
resultado de las exigencias de supervivencia durante el brutal gobierno
autoritario (Oxhorn, 1995a y 1995b). Una vez que la
transición se había completado exitosamente, las experiencias organizativas
aprendidas durante las dictaduras tenían que ser trasladadas de manera efectiva
a un entorno democrático (con todas sus deficiencias), y esto no fue tarea
fácil. Para los jóvenes en particular, los miembros de muchas de las
organizaciones que surgieron durante el periodo de gobierno autoritario no
tenían experiencia con la política democrática. Sus estilos organizativos y el
tipo de demandas que se estaban articulando debían adaptarse a un escenario muy
diferente.
Para complicar el problema, estaba
el hecho de que ya no había ningún ‘enemigo’ no ambiguo contra el cual
movilizarse. La dictadura tenía que ser reemplazada ahora por un gobierno civil
electo. Sin un enemigo claro para catalizar la movilización popular, ésta se
volvió a menudo problemática. Por otro lado, la mayoría de las personas
activamente involucradas en las diversas organizaciones que habían surgido
durante el periodo de dictadura aún veía a la democracia como un fin en sí
mismo, a pesar de sus deficiencias. Irónicamente, este compromiso con la
democracia política puede, de hecho, haber complicado el problema de la
actividad organizativa autónoma de los sectores populares. Los líderes
potenciales de esa movilización a menudo seguían estando inseguros respecto a
cómo expresar su creciente frustración, y muchos de ellos nunca habían
participado en la política democrática y no sabían cómo beneficiarse de las
oportunidades de participación que ésta les pudiera ofrecer. Al mismo tiempo,
temían que la movilización pudiera crear presiones desestabilizadoras que
amenazaran la viabilidad del nuevo régimen democrático. Bajo el gobierno
autoritario, esas personas o bien no pensaban acerca de los efectos
potencialmente desestabilizadores de sus actividades, o tenían esto como
objetivo explícito. Ahora el temor (a menudo coreado, cuando no fomentado, por
las élites políticas) era que cualquier movilización autónoma fuera
contraproducente.
Esta experiencia general contrasta
fuertemente con la de la movilización de la clase obrera en Gran Bretaña
discutida por Marshall. Ahí, la movilización se buscó de manera deliberada para
cambiar un régimen existente (y, para los estándares de la época, ampliamente
democrático) más que para derrocar un régimen autoritario a menudo violento.
Puesto que el cambio de régimen era la demanda dominante, si no es que la
única, de los actores involucrados en las transiciones recientes, hubo una
tendencia a ver a los derechos políticos casi como una panacea para resolver
una diversidad de males sociales, más que como un punto de partida
indispensable.[32] La ruptura con el pasado
no sólo fue menos dramática en el caso británico, sino que fue deliberada. Mientras que las transiciones
latinoamericanas acortaron el proceso de construcción de la sociedad civil, en
Gran Bretaña el proceso fue más continuo y acumulativo –de aquí la aparente
teleología del análisis de Marshall.
El contraste es aún más claro cuando
se da un vistazo a las organizaciones obreras en ambos casos. El movimiento
laboral británico se vio significativamente fortalecido como resultado de sus
luchas para conquistar derechos civiles importantes, y tuvo continuidad al
ayudar a crear el Partido Laborista Británico y asegurar su integración
política. En la mayoría de los países latinoamericanos, los trabajadores organizados
jugaron un papel importante en la movilización que ayudó a realizar las
transiciones a la democracia (Valenzuela, 1989; Drake,
1996), pese a que su situación sigue siendo sumamente débil en prácticamente
todos los países de la región.[33]
Los movimientos laborales a lo largo de América Latina han visto
considerablemente mermada su membresía como resultado
de la severa represión y de la depresión económica ocasionada por la profunda
crisis de la década de los años ochenta. Además, los sindicatos fueron muy
golpeados por el retroceso en los derechos sociales que habían conquistado en
periodos anteriores, como resultado de la adopción de las políticas económicas
neoliberales (Oxhorn, 1998a).
El resultado general ha sido una
extrema fragmentación de la sociedad civil en la mayoría de los países de la
región. El incremento de la desigualdad social, la pronunciada desmovilización
de las masas, y una actividad organizativa comparada a la del periodo anterior
a las transiciones recientes, y en particular el debilitamiento de las
organizaciones laborales son factores que han frenado los procesos que de otra
manera podrían haber surgido de la sociedad civil para lograr la expansión
efectiva de los derechos ciudadanos. En un proceso que es casi el inverso del círculo
virtuoso del análisis de Marshall acerca de los derechos ciudadanos, la
democracia en América Latina ha seguido restringiendo el potencial de la
sociedad civil a pesar de la universalización, en los últimos años, de los
derechos políticos.
4. Conclusiones
Regresando a la
reflexión fundamental de Marshall acerca de que la desigualdad socioeconómica
pudo legitimarse en las democracias occidentales sólo mediante la extensión y
expansión gradual de los derechos universales de ciudadanía, queda claro que la
democracia latinoamericana enfrenta graves desafíos. No únicamente se ha
incrementado la desigualdad en términos de ingreso en dinero, sino que la
brecha entre el ingreso real y el ingreso en dinero se ha hecho aún más grande
en una región considerada durante mucho tiempo entre las más desiguales del
mundo. Lejos de legitimar la desigualdad social, los derechos políticos de
ciudadanía, en su incapacidad tan sólo para revertir esta brecha, se arriesgan
a minar su legitimidad, abriendo camino a las alternativas antidemocráticas. De
acuerdo con Enrique Iglesias, presidente del Banco Interamericano de
Desarrollo, las encuestas de opinión pública muestran que sólo 27 % de los
latinoamericanos confía en las actuales instituciones democráticas (New
York Times, 25 de
marzo, 1998: A7). Puesto que los gobiernos democráticos han demostrado ser
incapaces y/o poco dispuestos a hacerse cargo de las principales preocupaciones
de sus ciudadanos, la democracia en sí misma está en riesgo de volverse
irrelevante a medida que la gente continúa buscando formas para proveerse por
sí misma de una vida mejor (Garretón, 1998).
Al tratar de analizar el papel de la
sociedad civil en la construcción social de los derechos de ciudadanía queda
claro que la debilidad de la sociedad civil en América Latina es tanto una
consecuencia, como una causa de los caminos que ha seguido la región en la
evolución de los derechos universales de ciudadanía. La mayor dispersión de los
recursos de poder hacia el interior de la sociedad civil permitió una serie de
luchas en las que hubo un incremento acumulativo tanto en el contenido de los
derechos ciudadanos, como en la fuerza de la sociedad civil. A principios de
este siglo en América Latina (y en otros lugares), los derechos sociales de
ciudadanía fueron a menudo obtenidos en ausencia de derechos políticos y
civiles, como un mecanismo de control social y cooptación que deliberadamente
obstruía la clase de procesos acumulativos implícitos en la descripción de
Marshall acerca de los derechos de ciudadanía en Gran Bretaña. Más
recientemente, tanto los derechos sociales como los civiles han sido
restringidos, a pesar de la existencia de derechos políticos sustanciales. El
efecto ha frustrado el desarrollo de la sociedad civil, y pone en duda el
futuro de la democracia en la región.
Si bien el desarrollar soluciones
específicas rebasa los alcances de este trabajo, delinearé brevemente tres
posibles puntos de partida.
Uno de ellos es la inversión de más
recursos para el ejercicio de la ley y los procesos judiciales, incluyendo
mayores esfuerzos y una reforma legal. Como Marshall acertadamente argumenta,
los derechos civiles son esenciales para los derechos políticos efectivos (por
no mencionar los derechos sociales) de ciudadanía. Irónicamente, la defensa de
Marshall respecto a las oficinas de defensa pública para asegurar el acceso al
sistema legal a aquellos que están en desventaja en la sociedad, como quizá el
último escalón en el desarrollo de los derechos sociales, resulta
particularmente relevante hoy en día para América Latina, en donde los derechos
sociales tienen un largo camino que recorrer antes de poder siquiera comenzar a
rivalizar con aquellos de la Gran Bretaña de la posguerra.
En segundo lugar, existe la
necesidad de utilizar el inmenso aparato nacional e internacional de los
derechos humanos que surgió durante el periodo de los gobiernos autoritarios
para asegurar derechos civiles efectivos y construir sociedades civiles más
fuertes en los gobiernos democráticos. Los derechos humanos pueden incluso
entenderse mejor como derechos ciudadanos en un contexto democrático. Los
esfuerzos anteriores para reducir la represión política estatal podrían
redirigirse para ayudar a crear derechos ciudadanos al frenar los abusos
policiales y judiciales. La experiencia obtenida al organizar una miríada de
grupos a favor de los derechos humanos durante las dictaduras podría aplicarse
de manera similar para ayudar a los diversos grupos en el interior de la
sociedad civil a organizarse de manera que puedan comenzar a definir y defender
sus intereses a través de las instituciones democráticas.
Finalmente, el Estado tiene un papel
importante que jugar. En primer lugar, es necesario reformar las instituciones
estatales (algunas veces de manera sustancial) para garantizar derechos civiles
y sociales de ciudadanía que sean eficaces. Más allá de eso, el Estado puede
jugar un papel al proporcionar ayuda técnica y material a los nuevos grupos
dentro de la sociedad civil. La tentación de emplear esos recursos con fines
partidistas es evidentemente un peligro real, pero las democracias occidentales
–incluyendo la británica analizada por Marshall– han desarrollado mecanismos
para asegurar al menos cierto grado de imparcialidad. Esta alternativa ‘neocorporativista’, por otro lado, tendría que proporcionar
un nivel mucho más elevado de autonomía con respecto a las organizaciones societales de lo que ha sido el caso en el pasado de
América Latina.[34]
Los desafíos son evidentemente
enormes, especialmente dada la fragilidad de muchos de los nuevos regímenes
democráticos. Una vez especificados los riesgos, sin embargo, estos desafíos no
pueden ser ignorados.
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Enviado: 19 de julio de 2000
Aceptado: 21 de febrero de 2001
[1] Traducción de Alma Mancilla. El
artículo original en inglés fue publicado en la página de Internet de Latin American Studies Association, <http://lasa.international.
pitt.edu/98democratization.htm>
[2] La historia de América Latina ofrece
el más claro ejemplo de esto. Y como demuestran los casos de México y Bolivia,
lo mismo puede decirse de las revoluciones.
[3] Quizá por esta razón, lo mejor a lo
que puede aspirarse es a un decremento gradual de los niveles de desigualdad
social (Véase Przeworski et
al., 1996).
[4] Como ha advertido Usher
(1981: 98): “...si, como Marx predijo y sus seguidores han repetido desde
entonces, la distribución del ingreso está empeorando constantemente...entonces
se vuelve improbable, casi imposible que la democracia continúe, debido a que
los trabajadores con el poder político para desplazar a los capitalistas
estarían eventualmente inclinados a hacer eso, y los capitalistas o sus
sucesores, en ese punto, abolirían la democracia para preservar su posición
privilegiada”.
[5] Estoy en deuda con Nancy Thede por recordarme acerca de este punto.
[6] Como hace notar Marshall, “el estatus
de la mujer, o al menos de la mujer casada, era peculiar al menos en ciertos
aspectos importantes” (Marshall, 1950: 18). En primer lugar, los derechos
civiles, y más tarde los derechos políticos de ciudadanía disfrutados por todos
los ‘ciudadanos’ estaban, muy entrado el siglo veinte, limitados en su alcance
a los varones adultos. Sin embargo, sorprendentemente Marshall no menciona esta
disminución de la naturaleza universal de los derechos ciudadanos, ni incluye
en el análisis de su evolución la eventual eliminación de las barreras de
género para su completo ejercicio.
[7] Por ejemplo, cuando apunta que la
ciudadanía se basa no únicamente en la “lealtad hacia una civilización que es
posesión común... Su crecimiento es estimulado por la lucha por ganar aquellos
derechos y por su disfrute una vez que se han ganado” (Marshall, 1950: 41).
[8] Véase Tilly
(1996a) para una serie de casos de estudio recientes en torno a la construcción
histórica de la ciudadanía. Véase también Foweraker y
Landman (1997).
[9] Desarrollo esta definición como parte
de lo que llamo enfoque colectivista para la comprensión de la sociedad civil.
Esto contrasta con una perspectiva más liberal orientada hacia los intereses
individuales y los valores normativos dominantes dentro de una sociedad
determinada, como la confianza y la cultura cívica. (Véanse Oxhorn,
1995a y 1995b.) Es importante enfatizar que las perspectivas colectivista y
liberal destacan distintos aspectos de la moderna sociedad civil (Black, 1984;
Taylor, 1990). He adoptado la perspectiva colectivista porque centra su
atención en aquellos aspectos de la sociedad civil que son centrales para la
comprensión de la ciudadanía como un evento contingente y socialmente construido
que puede desarrollarse por caminos diferentes.
[10] Hasta cierto punto, esta perspectiva
liberal acerca de la sociedad civil adopta muchos de los mismos presupuestos
que subyacen en la discusión de Marshall. Las limitaciones de esa perspectiva
acerca de la sociedad civil se ven reflejadas de manera similar en las
limitaciones del análisis de Marshall en tanto teoría causal de la ciudadanía.
[11] Los términos poder y recursos de
poder se emplean aquí
para hacer referencia sobre todo a los recursos económicos y a la capacidad
organizativa para definir y defender de manera autónoma los intereses
colectivos de grupo. Esto último puede basarse en un fuerte sentido de
identidad colectiva, ideología y habilidad organizativa o know-how. Puede también derivarse de la disponibilidad de
incentivos selectivos para sus miembros. El poder físico o la fuerza de
coerción no son relevantes aquí, ya que éstos son generalmente empleados para
fines antitéticos al desarrollo y el mantenimiento de las sociedades civiles.
[12] Por democratización me refiero a la
extensión de los procesos democráticos de toma de decisiones a diferentes
esferas. (Véase Schmitter and Karl, 1991.)
[13] Esta observación también es
consistente con un largo cuerpo de evidencia empírica que demuestra que existe
una relación positiva entre la longevidad de los gobiernos democráticos y la
disminución gradual de la desigualdad económica. (Véanse Przeworski
et al.,
1996, y Przeworski et al., 1995.)
[14] Es importante puntualizar que no
todos los derechos sociales fueron otorgados por las élites con el propósito
específico de cooptar a las organizaciones obreras u otros grupos sociales
clave. En muchos casos, incluyendo el de Chile durante la mayor parte de este
siglo, tales
derechos fueron resultado de prologadas luchas políticas. Incluso en México, un
país en donde la cooptación de amplios sectores de la población ha sido
considerado el sello distintivo de la estabilidad política del régimen, los
contornos precisos de estos ‘derechos’ fueron a menudo determinados a través de
luchas que involucraron a grupos organizados de la sociedad. (Véanse Vaughan, 1997; Rubin, 1977 y Middlebrook, 1995.) Con todo, esos derechos fueron
significativamente limitados por procesos de inclusión controlada en los que
todos los actores subalternos fueron involucrados, punto al que regresaré más
adelante.
[15] La relativa fuerza de la sociedad
civil en Chile, comparada con cualquier otra de la región, se refleja también
en la singular evolución de los derechos políticos y sociales de ciudadanía en
el contexto del subdesarrollo económico. Como es mencionado por Garretón (1989), la estabilidad democrática de alrededor de
1930 hasta el golpe militar de 1973 dependió de la expansión simultánea de la
democracia política (por ejemplo, los derechos políticos), de la
democratización sustantiva (por ejemplo, los derechos sociales) y del
desarrollo económico basado en un modelo de industrialización por sustitución
de importaciones.
[16] Esta alianza de
campesinos-trabajadores fue más exitosa en Cuba. Su éxito es más ambiguo en
otros casos. En Nicaragua y Bolivia, el triunfo revolucionario demostró ser de
corta duración. La Revolución Mexicana fue posible gracias a esta alianza, pero
los campesinos y los trabajadores pronto vieron sus intereses subordinados a los
de actores más poderosos en el control del Estado revolucionario. El miedo a
una alianza revolucionaria exitosa llevó al ejército peruano a iniciar el golpe
de Estado de 1968 e inició las amplias reformas que eliminaron a la oligarquía
como clase social y aceleraron el incipiente proceso de industrialización por
sustitución de importaciones en el país.
[17] Es importante enfatizar que los
objetivos y los métodos de estos actores revolucionarios pueden cambiar, como
ha sido el caso del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (fmln) en El
Salvador. Por una diversidad de razones, los cambios tan dramáticos son, sin
embargo, bastante raros (Karl, 1992).
[18] Esto también explica porque los
movimientos como Sendero Luminoso en Perú a menudo atacaron de manera brutal a
las organizaciones populares y a otros actores del sector popular, por no
mencionar a las instituciones de participación democrática del Estado. En
efecto, Sendero buscó de manera deliberada socavar a la sociedad civil de Perú
y eliminar cualquier alternativa que no fuera la revolución violenta.
[19] Por esta razón, algunas veces se ve a
la sociedad civil como si persiguiera los mismos fines que el mercado.
[20] Estas son quizás ventajas únicas de
la clase obrera tradicional comparada con otros grupos en desventaja en el
interior de la sociedad, particularmente con los campesinos, y son las
principales razones por las que los derechos de la clase obrera estuvieron
entre los primeros en ser institucionalizados en la mayor parte de los países.
[21] En Chile, la autonomía del trabajo
estuvo significativamente circunscrita por los partidos políticos de izquierda,
particularmente por el Partido Comunista, que buscaba movilizar a los obreros
para tomar control del Estado. La autonomía del trabajo en Argentina estuvo
limitada de manera similar por sus estrechos vínculos con el movimiento
peronista.
[22] También es posible que Alemania
hubiera tenido el primer estado burocrático autoritario de haber continuado
durante el siglo xx
las políticas de integración social establecidas por Bismarck. (Véase O’Donnel, 1979.)
[23] Lo que sigue está basado en Waylen (1994) y Einhorn (1989 y
1991). Véanse también Hobson y Lindholm
(1997).
[24] La represión jugó un papel,
obviamente, pero sería demasiado simple sugerir que la debilidad de los
movimientos de mujeres en el antiguo bloque soviético se debió únicamente a
esto. En América Latina, los movimientos de mujeres alcanzaron niveles
considerables de movilización bajo regímenes militares bastante represivos.
(Véanse, por ejemplo, Jacquete, 1989; Álvarez, 1990.)
[25] De las transiciones recientes a la
democracia en América Latina, la única revocación prolongada del gobierno
democrático fue el autogolpe del presidente peruano Alberto Fujimori en 1992,
en donde el poder constitucional fue suspendido durante aproximadamente un año.
(Véanse Cameron, 1998 y Mauceri, 1995.)
[26] Aún en el México autoritario, los
ciudadanos han disfrutado de derechos políticos plenos durante muchos años, y
durante décadas se han llevado a cabo elecciones regulares. El problema de la
democracia aquí tiene más que ver con la efectividad de los derechos políticos
y la falta de competencia libre, (minada por el fraude extensivo, la corrupción
y algunas veces por la represión) que con la ausencia de éstos. Las reformas
electorales recientes y los reveses electorales del gobernante Partido
Revolucionario Institucional (pri) sugieren que esto podría estar cambiando. (Véase
Prud´homme, 1998.)
[27] El complicado proceso de reforma e
impunidad policial es examinado en Frühling, 1998, para
el caso de Chile, y por De Mesquita, 1998, para el
caso de Brasil. La lección de la experiencia canadiense de institucionalización
de la responsabilidad policial es analizada por Lapkin,
1998.
[28] Si bien esto es claramente una
elección de políticas, también puede reflejar cambios en la estructura del
propio Estado, lo que ha limitado la capacidad institucional de éste para
redistribuir los recursos económicos, aun cuando exista voluntad política para
hacerlo.
[29] La principal excepción es Colombia,
en donde la desigualdad era en realidad más baja que antes de la crisis
económica. Pero aquí la amenaza más evidente para la sociedad civil es la
penetrante violencia ligada al narcotráfico, las insurgencias izquierdistas y
las políticas de contrainsurgencia del gobierno. Además, los elevados niveles
de corrupción y la debilidad de las principales instituciones del Estado, como
la judicial, implican que los derechos civiles son tan precarios ahí como lo
son en el resto de la región, si no es que más. Uruguay y Costa Rica se estaban
aproximando a sus niveles anteriores de desigualdad. Estos países disfrutaban
también de las sociedades civiles más fuertes de América Latina, lo que puede
ayudar a explicar por qué las tendencias regresivas del modelo neoliberal de desarrollo
fueron hasta cierto punto mitigadas. También es importante resaltar que Uruguay
ha logrado sólo un mínimo progreso en la implantación de las reformas
estructurales requeridas por el modelo, en gran medida debido al rechazo de los
votantes uruguayos a abandonar las instituciones principales de su Estado
benefactor.
[30] Es importante enfatizar que con este
argumento no estoy sugiriendo que necesariamente se careciera de alternativa. Y
quizá más importante, en contraste con algunos autores (por ejemplo Petras y Vieux, 1994), no pretendo sugerir que el otorgar derechos
políticos no haya sido un cambio positivo de enorme relevancia para la gran
mayoría de los latinoamericanos. En vez de ello, quiero analizar algunas de las
limitaciones de estas transiciones para que éstas puedan ser corregidas en el
futuro.
[31] Algunos de estos temas se discuten
con mayor amplitud en Oxhorn, 1996.
[32] Dada la severidad de las violaciones
a los derechos humanos, semejante visión es ciertamente comprensible puesto que
los gobiernos civiles electos generalmente han tenido mejor historia con
respecto a los derechos humanos que su predecesores autoritarios. Aún así es
interesante resaltar que la orientación general de las transiciones en sus
últimas etapas se enfocó más o menos de manera exclusiva a los derechos
políticos, aunque mucha de la organización o la resistencia real bajo el
régimen autoritario se centraba primero en el establecimiento de derechos
humanos/civiles fundamentales y en la protección de los derechos sociales mínimos
que eran en general muy atacados.
[33] Brasil es una excepción parcial, en
donde la rápida industrialización de las décadas de los años sesenta y setenta,
así como la considerable influencia política del Partido de los Trabajadores (pt) han contribuido a un crecimiento
significativo de las fuerza de los sindicatos durante la década de 1980. (Véase
Keck, 1992.)
[34] Se hace aquí la distinción entre el corporativismo ‘societal’ característico de la Europa de la posguerra y el corporativismo ‘estatal’ que a menudo caracterizó los tempranos procesos de inclusión controlada en América Latina (Schmitter, 1974, y Oxhorn, 1998a). (Véase Schmitter, 1998 para una discusión de la alternativa neocorporativista en el contexto de la Unión Europea.)