El servicio civil en la China imperial
Omar Martínez Legorreta*
Abstract
This
article describes the beginnings of the Chinese Empire and its government
structure: the bureaucracy of learned-public officials (Mandarins), a class
with a small number of people that had all the power and was
the major owner of great areas of land. These officials were in charge of all
the administration and mediation functions. They were trained and indoctrinated
according to the principles of Confucianism and had a strategic position from
which they could influence the rest of the government policies and assured
their permanence. In that way, a lifetime career civil service was established,
that had the tasks of governing and administering, and at the same time
provided to the Imperial regime with the rational approval and ethics needed
for the exercise of authority. The secret of its continuity and survival
consisted of the system of examinations to recruit officials for the State.
Keywords: learned-public officials, Confucianism, Imperial
civil service, system of examinations for admission, Imperial restoration.
Resumen
El texto
describe la concepción del imperio chino y la estructura de gobierno que lo
sostenía: la burocracia de los eruditos-funcionarios (mandarines), una clase
numéricamente pequeña que ostentaba todo el poder y era la mayor propietaria de
grandes extensiones de tierra. Todas las funciones de administración y
mediación estaban a cargo de esos funcionarios, quienes eran preparados según
los principios filosóficos del confucianismo y ocuparon una posición
estratégica desde la que influían en toda política del gobierno y aseguraban
así su permanencia. De ese modo se estableció un servicio civil de carrera de
por vida, que a la vez que gobernaba y administraba, daba al régimen imperial
la sanción racional y ética que necesitaba para el ejercicio de su autoridad.
El secreto de su continuidad y supervivencia estaba en el sistema de exámenes
para reclutar funcionarios para el Estado.
Palabras clave:
eruditos-funcionarios, confucianismo, servicio civil imperial, sistema de
exámenes de ingreso, Restauración imperial.
*
El Colegio Mexiquense A.C. Correo-e: omartin@cmq.edu.mx.
Introducción
Durante el primer
periodo de unificación del imperio chino (221-207 a.C.) el vasto imperio que
resultó se puso bajo una sola administración, como correspondía a un Estado
centralizado. La concepción del imperio y la estructura de gobierno que lo
sostenía se armó con base en una filosofía que sancionó el gobierno y la articulación
paulatina de una clase social que resultó indispensable: la de los
eruditos-funcionarios (mandarines), numéricamente pequeña, pero que ejercía
todo el poder y era la propietaria principal de grandes extensiones de tierra.
Las funciones de administración y mediación estaban a cargo de esos
eruditos-funcionarios, quienes eran a la vez arquitectos, ingenieros, maestros,
administradores y gobernantes; esas tareas constituían la profesión de
gobernar. Para funcionar también como consejeros, estos personajes eran
indoctrinados y preparados según los principios de la filosofía oficial, el
confucianismo, y desde la posición estratégica que ocuparon podían influir en
la política del gobierno a la vez que aseguraban su permanencia. De ese modo se
estableció un servicio civil de carrera de por vida, que a la vez que gobernaba
y administraba, daba al régimen imperial la sanción racional y ética que
necesitaba para el ejercicio de su autoridad. El secreto de su continuidad y
supervivencia estaba en el sistema de exámenes únicos y competitivos para
reclutar funcionarios para el Estado.
Primeramente,
este artículo describe la sociedad china antigua y la instalación del imperio
como trasfondo para el surgimiento de la burocracia. En una segunda parte se
describen los principios confucianistas normativos del mandarinato; en la
tercera, se considera el sistema de exámenes del servicio civil y si
constituyeron una oportunidad abierta al talento personal. La cuarta parte
menciona el neoconfucianismo como base de la Restauración
T’ung-Chih, el último intento de volver al pasado
para detener el desmoronamiento del imperio y hacer frente al asedio del
exterior. Las conclusiones recapitulan la experiencia china con su servicio
civil de carrera y mencionan los esfuerzos de la República Popular China que
necesita instaurar un servicio civil nuevo con el que pueda hacer frente a este
nuevo periodo de su historia.
1. La sociedad china
antigua
Cuando el primer
emperador de la dinastía Ch’in unificó el imperio
chino (221-207 a.C.) se trazaron las líneas generales de la institución
imperial y del sistema de gobierno que seguirían las dinastías posteriores para
gobernar aquel vasto imperio. Aun cuando el reinado de la dinastía Ch’in fue breve, por primera vez el país se puso bajo una
sola administración, un Estado centralizado que tenía poder sin precedentes,
controlaba grandes recursos y desplegaba tal magnificencia que inspiraba a la
vez un sentimiento de respeto y temor a sus habitantes y al exterior.
Al desaparecer,
la dinastía Ch’in dejó como legado más importante a
la dinastía Han que le sucedió (202 a.C.-220 d.C.) la concepción del imperio y
la estructura de gobierno que lo sostenía. Durante los cuatro siglos que duró
esa dinastía –un largo periodo de consolidación–, se moldearon todos los
aspectos de la vida china, incluso los de la esfera intelectual, que perduraron
hasta la época moderna no sólo en China, sino también en Corea, Vietnam y aun
en Japón.
China era una
gran sociedad agraria, muy desarrollada, preindustrial, no marítima, basada en
una economía campesina, utilizaba técnicas tradicionales y estaba situada en un
subcontinente que carece de articulación geográfica definida. Las familias
campesinas constituían la vasta mayoría de la población, esparcidas sobre un
inmenso territorio comunicado principalmente por una red de canales, que vivían
en autarquía económica. Se bastaban a sí mismas, pero con un sistema de
intercambios económicos que, si no hubieran tenido un marco de organización
impuesto desde arriba, se habrían desintegrado.
Esa sociedad era
burocrática porque la pirámide social –que descansaba sobre una amplia base
campesina y cuyos estratos intermedios estaban constituidos por una clase de
mercaderes y otra de artesanos, que eran pocos, carecían de autonomía, tenían
una posición inferior y no eran respetadas– estaba coronada y caracterizada por
su cúspide: el mandarinato.
La clase de los
eruditos-funcionarios (o mandarines), que era numéricamente pequeña, pero
omnipotente a causa de su fuerza, influencia, posición y prestigio, ejercía el
poder y poseía la mayor extensión de tierra. Esa clase tenía todos los
privilegios, en especial el de reproducirse, porque se fundaba en el monopolio
de la educación. Esa élite improductiva derivaba su fuerza de la labor que
desempeñaba, la función socialmente necesaria e indispensable de coordinar y
supervisar el trabajo productivo de otros a fin de hacer funcionar todo el
organismo social. Todas las tareas de administración y mediación estaban a
cargo de los eruditos-funcionarios. Ellos confeccionaban el calendario,
organizaban el transporte y el intercambio, supervisaban la construcción de
caminos, canales, diques, represas, y estaban a cargo de todas las obras
públicas, especialmente aquellas destinadas a prevenir las sequías e inundaciones;
construían las reservas contra el hambre y alentaban todo tipo de proyectos de
irrigación. Eran arquitectos, ingenieros, maestros, administradores y
gobernantes a un mismo tiempo. Sin embargo, estaban en contra de toda clase de
especialización. Solamente reconocían una profesión: la de gobernar.
Por su
especialidad en el manejo de las personas y su experiencia en el arte político
de gobernar, los eruditos-funcionarios eran la esencia del Estado, que estaba
erigido a imagen de ellos: jerárquico y autoritario, paternal aunque tiránico,
que se ocupaba del bienestar en forma absolutista; en suma, un Estado
totalitario: ejercía un control completo sobre todas las actividades de la vida
social y un dominio absoluto en todos los niveles. El Estado chino era reglamentador e intervencionista a tal grado que contra esa
característica se levantaba el constante llamamiento del taoismo,
que se oponía a la intervención estatal. Nada escapaba a la reglamentación
oficial. El comercio, la minería, las construcciones, los ritos, la música, las
escuelas y, en realidad, toda la vida pública y gran parte de la vida privada
estaban bajo su dominio.
Como en un
Estado totalitario, prevalecía una atmósfera de policía secreta y sospechas
mutuas que hacían que todos se vigilaran entre sí. Estaba también el carácter
arbitrario de la justicia. A los ojos de la autoridad todo acusado se suponía
culpable. El terror descansaba sobre el principio de la responsabilidad
colectiva (pao-chia), que ponía a temblar a todos los
súbditos, y más que nada a los propios eruditos-funcionarios, ya que aunque
gobernaban el Estado, también eran sus servidores. Como en toda sociedad
totalitaria, las razones de Estado tienen prioridad sobre los derechos humanos,
por ello los eruditos-funcionarios, en su calidad de representantes del Estado,
eran intocables, pero en lo individual eran nada.
En ese Estado
totalitario la tendencia era eliminar de inmediato toda forma de empresa
privada, y si no lo lograban, trataban de detenerla a tiempo apoderándose de esa
iniciativa o empresa y nacionalizándola. En el curso de la historia china, los
eruditos-funcionarios, que eran hostiles a todas las invenciones, se apoderaron
de los frutos de la inventiva de otros. Tres ejemplos que tuvieron ese destino
fueron el papel, inventado por un eunuco; la imprenta, utilizada por los
budistas como medio para la propaganda religiosa, y la letra de cambio, un
recurso de los empresarios privados.
Otro aspecto del
Estado burocrático era el miedo a asumir responsabilidades. La principal
preocupación del burócrata chino era evitar todo tipo de compromiso, y siempre
se las arreglaba para delegar sus responsabilidades en algún subordinado que
pudiera servir de chivo expiatorio si llegaba el caso (Balasz,
1966).
En la síntesis
que los intelectuales del imperio Han formularon, lo más importante fue el
concepto básico de que el cielo, la tierra y el hombre formaban una tríada
eterna. El deber primordial del hombre y su obligación era estudiar y
comprender las leyes del cielo, tanto en su sentido religioso como físico. Con
la misma convicción decían que el hombre, y especialmente el gobierno –lo que
era comprensible en una sociedad agraria– debían atender siempre los asuntos
relacionados con la tierra, en especial los que atañían a la irrigación, su
uso, control de inundaciones, etc. Los sabios Han insistían en que el bienestar
económico era la base de la moralidad popular. Si un estudioso podía comprender
los valores morales que le daba la educación, es decir, el aprendizaje, no
podía esperarse que la gente común tuviera los mismos valores. Lo que la gente
deseaba era tener riqueza y bienestar, y si no podía obtenerlos por medios
honestos, los buscarían por otros. Por lo tanto, el deber del gobernante debía
ser procurar que la gente obtuviera lo que necesitaba para vivir por medios
honestos. El camino a la riqueza y a la virtud debía ser el mismo. Por esa
razón, el gobierno y el emperador mismo eran responsables de la conducta moral
del pueblo. Si un hombre pobre robaba, era porque no podía vivir honestamente.
Ese hombre no era culpable de su situación, sino los sistemas económico y
social, por lo tanto, eventualmente, la culpa era del emperador. Si éste
rectificaba sus errores, entonces transformaría a su gente y le facilitaría ser
virtuosa.
Aquellos fueron
los principios de un sistema filosófico, el confucianismo, que se adoptó
entonces. Esa filosofía insistía en el deber del gobernante de transformar o
llevar a su plenitud la naturaleza del pueblo, o sea, civilizarlo. En ese
proceso el primer paso era ver que hubiera paz y prosperidad; el segundo, era
el entrenamiento moral o educación, el cual se obtenía mediante los ritos,
desde las ceremonias religiosas más solemnes hasta las costumbres de la
educación diaria, la música y la literatura. Los ritos y la música podían ser
apreciados por toda la gente, mientras que la literatura, como era un estudio
largo y difícil, sólo podían adquirirla y apreciarla los hombres inteligentes y
ociosos, en tanto que no estaban dedicados a la agricultura. El producto final
de todo ese proceso era el sabio, el hombre bien educado, quien, por sus
conocimientos, poseía el sentido moral más agudo y refinado posible.
Idealmente, ese hombre debía ser elegido para emperador, pero como ello
causaría un cambio frecuente de gobernantes, lo que llevaría al caos y serían
muy grandes las dificultades para elegir sucesores, en la práctica se aceptó el
principio dinástico de la sucesión hereditaria, y los sabios o letrados
ocuparon la posición de consejeros del emperador. Es decir, el lugar del
erudito y sabio estaba en el servicio del gobierno. Operaba por medio de la
maquinaria establecida por éste, que supervisaba el bienestar económico, social
y espiritual de la nación.
Aliándose con el
sistema imperial de la dinastía Han, los eruditos tuvieron varios éxitos
significativos: lograron que el confucianismo fuera declarado filosofía oficial
del Estado, la fundación de una universidad estatal, un sistema de exámenes
competitivos y, en tiempos de paz, ocupar la posición socialmente dominante.
El concepto del
Estado y de la función del gobernante, que abarcaba todos los aspectos de la
vida de la nación y su gente, expresado en los términos más elevados, fue uno
de los mayores logros del pensamiento chino. Los teóricos políticos de la época
Han, para dejar en claro el rechazo total a las experiencias y teoría de la
dinastía Ch’in de la centralización del poder
autocrático y total del emperador, rodearon con habilidad la persona imperial
con un aura de misterio divino e insistieron en que el gobernante no debía
molestarse en tomar decisiones específicas o llevar a cabo actos de gobierno,
sino dejar esas cuestiones en manos de sus ministros quienes, al menos en
teoría, habían sido seleccionados con base en su virtud y habilidades personales.
En esa forma esperaban evitar cualquier modo de ‘culto al individuo’ (o a la
personalidad). En apoyo de esa teoría, enfatizaban la importancia de la
perdurabilidad y flexibilidad del gobierno. El emperador, situado en la cumbre
de la gran pirámide, podía permanecer inflexiblemente fiel a ciertos principios
de gobierno; pero en los procesos de cada día, la formulación y práctica de
medidas específicas debían llevarlas a cabo los funcionarios que conocían
personalmente la situación.
Esa
interpretación de los deberes de los gobernantes, por la cual los elevaban para
que hubiera mayor libertad y autoridad de sus ministros, hizo mucho para
limitar el poder absoluto del gobernante y evitó así que, por medio del derecho
hereditario de sucesión dinástica, llegara a ocupar el trono un dirigente
malévolo o incompetente y el gobierno de la nación fuera víctima de sus
caprichos. Esto, como en toda teoría política, no siempre se cumplió.
En realidad no
siempre se esperaba que el emperador fuera una figura pasiva sentada en el
vértice de un gobierno en el cual sus funcionarios ejercían el poder real. Se
pensaba que también debía tener un interés personal en la dirección de la vida
de la nación. En la concepción de los filósofos Han, el emperador era mucho más
que el funcionario principal de una organización burocrática. Era el
representante viviente de todo el orden jerárquico de los seres humanos y él
mismo era un reflejo del orden mayor del universo. Puesto que el cielo, la
tierra y el hombre en el pensamiento chino formaban una tríada inseparable, así
el emperador, como cabeza del tercer miembro, era responsable de mantener al
género humano en armonía con los otros miembros y, por el poder de su oficio,
conducirlo hasta lograr el cumplimiento de su verdadera dignidad humana. El
medio principal por el cual el gobernante cumplía su tarea era el
convencimiento moral. No obstante que delegara la dirección de los asuntos
diarios de rutina a sus funcionarios, era el responsable de dar ejemplo moral
perfecto para los funcionarios mismos y su pueblo, de tal manera que todos
fueran influidos por el poder de su bondad y arrastrados irresistiblemente a la
práctica de la virtud. Con el objeto de alcanzar esa bondad y ser conocido por
su pueblo, a esa bondad y virtud del gobernante se les daba una expresión
concreta en los ritos y la música. Si la gente era expuesta a los influjos
civilizadores de los ritos y la música, según insistían los intelectuales Han,
no dejarían de ser educados y transformados. Esta era la idea del “gobierno por
la bondad”.
El concepto de
la piedad filial, una virtud muy exaltada por los intelectuales confucianos,
ocupaba una posición muy importante en la vida china a causa de sus efectos en
el pensamiento y la práctica políticos. En la época Han se escribió un texto
breve que se llamó el Clásico de la piedad filial, donde el autor atribuía a Confucio
la expresión: “La piedad filial es la base de la virtud y la fuente del
aprendizaje” (Wright, 1957: 76). Sólo después de aprender a servir con
reverencia y obediencia a sus padres, uno podía cumplir sus otros deberes con
el gobernante y la sociedad. En ese sentido la piedad filial tenía precedencia
sobre todas las demás responsabilidades humanas, se convirtió en la piedra
angular de toda la moral, y la obligación de amar y cuidar a los padres, de
darles una sepultura correcta a su muerte y –elemento muy notable– reprimirlos
suavemente pero con firmeza si se hubieran portado mal.
Los efectos
políticos de esta doctrina fueron enormes en el periodo Han y en épocas
posteriores. También tuvo grandes alcances la teoría de que las malas acciones
del gobernante, o la falta de un buen gobierno en los niveles superiores,
ocasionaban dislocaciones en el orden de la naturaleza y la aparición de
cometas, eclipses, plagas de langostas, animales raros, etc. Tales fenómenos
eran interpretados como manifestaciones directas del enojo del cielo y
advertencias a la humanidad para reformarse. Esa corriente, llamada la “Teoría
de los Portentos”, registrada en la historia de la dinastía Han Antigua, tuvo
una enorme influencia en el pensamiento político Han porque dio a la burocracia
un método para censurar indirectamente al trono cuando la crítica directa no
era políticamente correcta ni posible. En esa teoría se incluyeron los
conceptos del “mandato del cielo” y del “derecho a la rebelión” o “teoría de la
revolución”, que fueron elaborados por los mismos eruditos-funcionarios para
aplicarlos según su criterio, práctica que alcanzó gran importancia
posteriormente (De Bary et
al., 1964: 170).
La importancia
que tuvo este concepto es fácilmente imaginable, porque persistió íntimamente
asociado al ejercicio del poder imperial hasta la época moderna y abarcó a
Corea y Japón. Sin embargo, debe recordarse que los teóricos Han ofrecieron
esta interpretación y justificación del poder imperial no para su propio
beneficio, sino para restringir el abuso de su ejercicio al definir las grandes
responsabilidades del gobierno imperial y al establecer instituciones que
pudieran servir para controlarlo.
Con el paso del
tiempo y de las dinastías, los principios confucianistas analizados y aplicados
en el gobierno del imperio sufrieron cambios, readaptaciones y finalmente
parecieron encaminarse a su desaparición, hasta que renacieron con el
movimiento intelectual efectuado durante la dinastía Sung;
luego fue interrumpido por el interludio de la dinastía Yüan
(mongola), y se reanudó a la caída de ésta, con la dinastía Ming (1368-1644).
Ese movimiento derivó en el neoconfucianismo, un
confucianismo del que se eliminaron los elementos del budismo y el taoismo que se habían agregado con el paso del tiempo.
La renovación
confucianista mantuvo su aplicación y práctica en el gobierno de la dinastía Ch’ing procedente de Manchuria (1644-1911), que conquistó
China y sucedió a los Ming. Para gobernar aquel vasto imperio, los emperadores Ch’ing encontraron instalado un sistema filosófico que
permitía controlar a la sociedad y el gobierno por medio de la red
administrativa tejida y mantenida por los eruditos-funcionarios desde el palacio
imperial y la capital de imperio hasta los rincones más apartados.
Naturalmente, fue de su interés mantener el aparato estatal administrativo. Aún
más que los mongoles de la dinastía Yüan, los
manchúes gobernaron como emperadores chinos, mediante funcionarios chinos y con
las instituciones chinas. Cada una de las oficinas y departamentos en la
capital tenían una doble cabeza: un funcionario chino y uno manchú; también se
conservó el código de leyes de los Ming. El neoconfucianismo
de los Ming, apoyado en el pensamiento del filósofo Zhu
Xi y sus interpretaciones, fue confirmado por el Estado Ch’ing
como la fuente autorizada del aprendizaje y se perpetuó como la base de los
exámenes del servicio civil. Esto propició un renacimiento vigoroso de los
círculos intelectuales chinos, los cuales no dieron importancia alguna a las
primeras ideas filosóficas y científicas de Occidente que habían llegado al
imperio desde la época de los Ming por medio de los misioneros católicos
europeos, en especial los jesuitas, quienes obtuvieron altas distinciones en la
corte imperial por sus conocimientos astronómicos y de otras ciencias, no así
por la religión que predicaban.
2. Los principios
normativos del mandarinato
Los
eruditos-funcionarios y su Estado encontraron en la doctrina de Confucio una
ideología perfectamente adecuada. Antiguamente los ideales de los primeros
miembros de la aristocracia feudal adoptaron esa ideología y formaron un nuevo
estrato social de clases ilustradas revolucionarias, pero en la época de la unificación
de la dinastía Han, siglo ii
a.C., en que se fundó el imperio, la ideología confucianista se convirtió en
doctrina estatal. Cuando llegó el neoconfucianismo
con la dinastía Ming, las virtudes que predicaba esa doctrina, que eran el
respeto, la humildad, la docilidad, la obediencia, la sumisión y la
subordinación a los mayores y superiores, a las que se agregó el culto a los
antepasados y a la familia, venían muy bien para el nuevo Estado jerárquico. La
prudencia, virtud cardinal para los eruditos-funcionarios, establecía que el
nuevo confucianismo debía exaltar el carácter conformista y tradicional, pues
una estricta adherencia a las doctrinas ortodoxas era la mejor defensa contra
las presiones de grupos sociales.
Debe destacarse
que la continuidad del confucianismo dependía por completo de la existencia
prolongada del Estado centralizado, jerárquico y burocrático de los
eruditos-funcionarios. Cada vez que ese Estado era acosado y los
eruditos-funcionarios tenían que ceder su importante lugar a otros actores
(nunca por mucho tiempo), los confucianistas se retiraban en silencio a lugares
solitarios o poco importantes, para preparar ahí su retorno triunfal. Una de
las razones por las cuales la sociedad burocrática perduró tanto tiempo en
China fue por su capacidad para sobrevivir, la riqueza de su experiencia y
éxito en el arte de gobernar. Si bien esa clase constituyó también una fuente
de sufrimientos innumerables, sirvió a un propósito necesario. Fue el precio
pagado por la homogeneidad, la gran durabilidad y la vitalidad de la
civilización china. Si no hubiera sido por los eruditos-funcionarios que
mantenían en orden a los señores feudales y terratenientes, al tiempo que
ejercían un control férreo sobre la unidad del imperio, el particularismo hubiera
terminado con la soberanía, y la civilización china hubiera perecido. En la
China campesina era una verdad absoluta que la alternativa al reinado de la
burocracia era la anarquía.
El Estado de los
eruditos-funcionarios era tan fuerte que la clase mercantil nunca se atrevió a
desafiarlo plenamente a fin de obtener leyes, libertades y autonomía para sí.
Los empresarios chinos preferían llegar a un acuerdo antes que pelear,
preferían imitar antes que innovar, invertir dinero sin riesgos en la tierra
antes que arriesgarse a colocarlo en empresas industriales. Por ello su ideal
era transformarse en parte del Estado, tornarse en eruditos-funcionarios ellos
mismos, o bien sus hijos o nietos, lo cual podía lograrse con pagar la
educación que impartían preceptores particulares, eruditos que no eran
funcionarios, o a través de la compra de puestos cuando se ponían en venta, o
la obtención de un nombramiento para los hijos o los parientes que se hubieran
educado adecuadamente.
La burocracia de
los funcionarios oficiales que estaba a cargo de la construcción de las obras
públicas administraba los ingresos y decidía sobre la guerra y la paz provenía
de un sector de la población pequeño, pero educado, el cual estaba al frente de
los asuntos públicos por medio del sistema de escritura ideográfica del idioma
chino, hermosa estéticamente pero difícil. Puesto que llevaba muchos años de
estudio dominar el idioma escrito y la numerosa literatura de los clásicos y
sus comentarios, era lógico que sólo los hijos de familias ricas podían tener
una educación clásica. De esa forma fueron los grandes terratenientes quienes
educaron hijos eruditos y llegaron a ser funcionarios que gobernaban el imperio
e invertían su riqueza, bien o mal habida, en adquirir tierras. Como resultado,
el ideal de un hombre líder en la China antigua no era devenir en comerciante,
vendedor, general o sacerdote, sino en terrateniente-erudito-funcionario.
La
historiografía china es el monumento más grande que se ha levantado para
glorificar una clase social determinada. Los eruditos-funcionarios escribían la
historia para los eruditos-funcionarios, por lo tanto, los otros grupos
sociales y sus actividades eran pasadas por alto o relegados a un papel
secundario, meramente incidental.
La China
antigua, llamada también China imperial, como muchos de los viejos imperios en
la historia, funcionaba bajo un gobierno centralizado políticamente pero
básicamente descentralizado en lo económico. En ese imperio toda actividad de
mayor escala, fuera de naturaleza política, económica, militar o religiosa, era
controlada por una burocracia oficial grande y numerosa. Ese Estado burocrático
era predominantemente agrario, cuyo ingreso provenía de la producción agrícola
de un campesinado analfabeta, aunque inteligente, que con frecuencia, además de
producir sus alimentos, suministraba la mano de obra requerida para las obras
públicas, tales como la Gran Muralla o el Gran Canal, o bien los soldados para
los ejércitos encargados de la defensa o las conquistas.
La familia o el
clan controlaban al individuo. Estaba sujeto a la familia, y la sociedad
gobernaba su conducta por medio de principios éticos, más que por códigos
legales. La supremacía de la ley y la libertad del individuo bajo la ley nunca
fueron principios que tuvieran la importancia que se les dio en Occidente.
En uno de los
libros clásicos del confucianismo, el de la Doctrina del
significado (Chung Yung),
había una sentencia que fue citada con frecuencia por generaciones de
estadistas y funcionarios del imperio chino. Cuando el duque Ai preguntó sobre el gobierno, Confucio le contesto:
“Cuando los hombres adecuados están disponibles, el gobierno florece. Cuando
los hombres adecuados no están disponibles, el gobierno decae […] la
administración del gobierno depende de los hombres adecuados” (De Bary et al., 1964: 119). Ya fuera que
enfrentaran los problemas rutinarios de la administración, o ante crisis serias
en la vida del Estado, en la China antigua los pensadores políticos y los
hombres prácticos de negocios estaban de acuerdo en que el remedio principal
para los problemas del día era el reclutamiento de hombres de talento para el
servicio del Estado. El cambio legal y el institucional, que tanto se ha
buscado en la tradición política occidental como remedio para los males políticos,
era secundario en la tradición china, esos conceptos venían detrás de la
búsqueda de hombres de talento.
La idea de que
el gobernante debía ser servido y asesorado por un grupo de consejeros
prominentes por su integridad moral y su sabiduría tiene hondas raíces en la
historia china. Se deriva aparentemente de la insistencia de Confucio en que la
esencia del gobierno correcto es la guía moral, doctrina que fue transmitida a
los hombres del primer imperio en los escritos de la escuela confucianista.
El punto
principal de la filosofía del gobierno por la bondad (jen), en forma totalmente distinta de
cualquier idea occidental, ponía el énfasis en la virtud que conlleva la
conducta adecuada. Conducirse de acuerdo con las reglas de propiedad o li
daba a uno influencia sobre el pueblo. “El pueblo es como la hierba, el
gobernante como el viento, en la dirección en que el viento sopla, se inclina
la hierba” (Wright, 1957: 70-71). La conducta apropiada daba poder al
gobernante. Con base en esas ideas, los eruditos-funcionarios se convirtieron
en parte esencial del gobierno con la competencia especial de mantener su
conducta moral y en esa forma conservar para el emperador y para sí mismos el
Mandato del Cielo. Al triunfar sobre otras escuelas de pensamiento, los
confucianistas se convirtieron en intérpretes de
li y
con la teoría de los portentos daban explicaciones sobre los
fenómenos naturales y las calamidades y de lo que implicaban según las acciones
del gobernante, que podían ser censuradas o rechazadas según las doctrinas
clásicas de las cuales ellos eran maestros.
Con ese poder
los eruditos confucianistas se colocaron en la posición estratégica desde la
cual podían influir toda política del gobierno. A cambio de mantenerse en esa
posición, proveían al régimen con la sanción racional y ética necesaria para el
ejercicio de su autoridad en una época en que la mayoría de los gobernantes de
imperios en otras partes se basaban principalmente sobre sanciones religiosas.
Esto constituyó una gran invención política.
3. El sistema de
exámenes de ingreso al servicio civil
Cuando la
dinastía Han (206 a.C.-221 d.C.) empezó a reorganizar el imperio centralizado y
burocrático que dejó la dinastía Chin (221-206 a.C.), las ideas confucianistas
empezaron a influir en la política pública. Los primeros pasos fueron para
organizar el reclutamiento de servidores civiles sobre la base del mérito; los
nombramientos a puestos oficiales se dieron a ‘hombres de talento’ que fueron
recomendados a la capital del imperio por iniciativa de funcionarios locales.
Más tarde, se utilizaron los exámenes para completar las recomendaciones como
una medida del talento. Fue durante la dinastía Han cuando se estableció la
primera relación entre la carrera oficial y una educación en los clásicos confucianistas,
cuando el gobierno principió a emplear graduados de la universidad nacional con
un entrenamiento confucianista.
Dos siglos antes
de Cristo, en la época de la consolidación de la dinastía Han, los gobernantes
establecieron varios principios de gobierno: primero, la autoridad política en
el Estado estaba centrada en un hombre situado en la cumbre de la pirámide
social que gobernaba como emperador. Segundo, la autoridad del emperador en la
conducción de la administración se ejercía en su nombre por sus ministros
principales, que se ubicaban en la cima de una burocracia que tenía varios
niveles, y eran responsables personalmente ante él por el éxito o fracaso de su
administración. Tercero, esta burocracia se centraba en el gran palacio de la
capital, donde el emperador ejercía el poder de nombramiento a los cargos. La
tarea principal de la burocracia se convirtió en la selección de los servidores
civiles con un ojo a mantener su poder y otro a la dinastía. Por esta razón, el
nepotismo, los nombramientos de parientes, principalmente del lado materno, se
convirtió en una práctica temprana. Cuarto, los primeros gobernantes Han
desarrollaron la institución de la inspección que más tarde se transformó en el
Ministerio de la Censura (una especie de Contraloría) por medio del cual un
funcionario en las provincias era ‘vigilado’ por otro funcionario de rango
menor, que se nombraba y se enviaba en forma independiente del funcionario que
vigilaría y no era responsable por las acciones de su superior. Estaba ahí para
ver y reportar a través de largos documentos que escribía para sus denuncias.
De las maneras
mencionadas y de otras más, el problema de la administración imperial se
convirtió en la selección y control de los burócratas. Así, China iba a la
vanguardia del desarrollo de los principios básicos del gobierno burocrático. A
saber, la utilización impersonal de poderes delegados específicamente en áreas
de jurisdicción señaladas por medio de funcionarios asalariados que informaban
regular y periódicamente de sus actos durante los periodos para los cuales
habían sido nombrados. Por más de dos mil años este sistema de burocracia
territorial podía verse materializado en la ciudad administrativa amurallada
del hsien (distrito o condado).
Después de
varios siglos de división interna, durante la dinastía Sui (589-618) y la
dinastía T’ang (618-906), los gobernantes se dieron
cuenta de que el entrenamiento y reclutamiento de un servicio civil
centralizado era la mejor forma de vencer los poderes del regionalismo y la aristocracia
hereditaria. Para entrenar a una élite de mérito, los T’ang
organizaron un sistema regular de exámenes y empezaron a reclutar un
considerable número de sus funcionarios entre los graduados. Las siguientes
dinastías chinas más importantes, la Sung (960-1279),
la Ming (1368-1644) así como la Ch’ing (manchú), ya
asimilada a China (1644-1912), confiaron en gran medida en el sistema de
exámenes públicos y competitivos para reclutar funcionarios para el Estado.
Esta fue otra gran invención política.
Ya en la época
Ming los exámenes que se presentaban en los tres niveles –la prefectura, la
provincia y la capital– conducían a la obtención de grados sucesivos. En su
mayor parte, sólo la obtención de un grado académico calificaba a un hombre
para ingresar al mundo de los funcionarios. Desde dinastías anteriores se
habían hecho muchos experimentos con el contenido de los exámenes. Durante la
dinastía T’ang, por ejemplo, se otorgaban grados en
alguna de las especialidades que se ofrecían, inclusive en los clásicos,
letras, derecho y otras (Guerrero, 1998). Bajo los emperadores Ming, esa lista
se redujo cuando la estandarización de los exámenes hizo que éstos fueran
únicamente sobre los clásicos confucianistas y su interpretación ortodoxa,
conforme la definió el filósofo Zhu Xi de la época Sung. Es decir, con esas medidas el sistema empezó a
anquilosarse. Fue la época en que la filosofía confucianista quedó basada en
forma definitiva en los libros antiguos, los clásicos chinos. Como puede
suponerse, esos libros antiguos se transformaron en un canon cuyos textos
fueron interpretados y reinterpretados a través de los siglos. En este proceso,
textos posteriores que fueron escritos para ese propósito se añadieron al canon
como los antiguos, en tanto que otros de mayor antigüedad fueron olvidados (De Bary et al., 1964: 434-440).
En ese canon se
acumularon 13 textos clásicos cuyo orden se simplificó por los eruditos que
siguieron, quienes seleccionaron los famosos Cuatro Libros: las Analectas
de Confucio, el
Libro de Mencio, la Doctrina
del significado y el
Gran aprendizaje, que
fueron abreviados para que cualquier gentilhombre pudiera aprenderlos de
memoria. Sobre esas obras clásicas versaban los exámenes de ingreso al servicio
civil.
Después,
refinado por las experiencias cambiantes y los gustos de las generaciones
sucesivas, el sistema de exámenes se convirtió en uno de los adornos
principales del Estado chino tradicional. Dentro del gobierno, los asuntos
relacionados con el servicio civil, su reclutamiento y composición, el sistema
de exámenes y su grado de adecuación estaban entre los problemas más estudiados
y eran materia de acerbas discusiones. Entretanto los exámenes periódicos se
convirtieron en grandes acontecimientos públicos de la vida política china. La
figura del erudito pobre, en camino a la capital para presentarse a los
exámenes, se convirtió en una imagen indispensable de las historias de ficción
y dramas de la literatura china desde la dinastía Sung.
También en la
época Sung el funcionario-erudito quedó firmemente
establecido como el pináculo de la estructura social china; su carrera daba al
hombre, como ninguna otra en China o en otras partes, acceso al poder, al
prestigio y la riqueza simultáneamente. La aparición de esta aristocracia de
mérito, o meritocracia, descargó a la dinastía, en
forma definitiva, de su dependencia de una aristocracia hereditaria más
antigua. Varios especialistas (Balazs, 1966)
consideran que la aparición de esta élite nueva, los “eruditos-funcionarios”,
tuvo tanta importancia que puede considerarse como el principio de la historia
moderna china.
La utilización
regular de pruebas para reclutar funcionarios tuvo consecuencias duraderas para
la cultura así como para la sociedad. Las tradiciones del pensamiento y
educación chinos empezaron a ser conformados gradualmente por los estándares y
prácticas del sistema de exámenes. Los arduos preparativos –que consumían mucho
tiempo– para presentarlos hicieron que los aspirantes a un cargo llevaran una
virtual ‘vida de exámenes’, que fue culpable de ahogar toda originalidad y
alimentó la conformidad. El énfasis estaba en memorizar los libros clásicos y
sus comentarios. Cultivar una buena memoria y ejercitarla en las evaluaciones
escritas era la meta. Así, la tradición dirigió las energías intelectuales de
generaciones de chinos hacia la órbita del Estado.
Desde un
principio, varios observadores occidentales que llegaron a China identificaron
muy pronto al servicio civil como una de las características únicas del cuerpo
político chino. Mateo Ricci, misionero jesuita,
arquitecto y uno de los primeros cronistas de las misiones jesuitas en China,
dejó una descripción admirable por sus detalles del contenido y procedimientos
del sistema de exámenes (Gallagher, 1942). Más tarde,
en el siglo xvii
y particularmente en el xviii,
descripciones como la de Ricci sobre el servicio
civil en China, reclutado con base en la virtud individual, suscitaron una
cálida admiración entre los filósofos franceses de la época de la Ilustración.
Voltaire, Turgot y muchos otros fijaron en sus
escritos la imagen del servicio civil chino como una carrera abierta al talento
y se sirvieron de esa información para atacar la fuerza de los privilegios
hereditarios en la Europa de su tiempo. En verdad puede constatarse una notable
similitud entre algunas ideas confucianistas y las que proponían algunos
filósofos europeos de esa época (Creel, 1960: 254-278, y Kracke,
1964: 331-339). No fue la primera ni la última vez en que una verdad a medias
sobre China reavivó los argumentos políticos en Occidente.
3.1. ¿Los exámenes
fueron una oportunidad abierta al talento personal?
El estereotipo
sobre la eficacia ejemplar del servicio civil chino permaneció vigente por
mucho tiempo. Fue sólo a principios del siglo xx cuando se inició el estudio
serio del sistema de exámenes y el grado en que en verdad era una ‘carrera
abierta al talento’. Para ese entonces los investigadores académicos
occidentales tenían una tradición histórica más madura, así como los recursos
que les ofrecían las nuevas ciencias sociales que los auxiliaron en el análisis
de la información china. Al mismo tiempo, la temprana admiración de Occidente
por todo lo que era chino dejó su lugar a una apreciación sobria, aun al punto
de un cierto desdén por el tan admirado Estado chino y sus instituciones. Con
el nuevo siglo los investigadores académicos chinos también empezaron a tener
una nueva perspectiva sobre las instituciones de su Estado tradicional. La
abolición del sistema de exámenes en 1905 y la desaparición del imperio siete
años más tarde les trajo una libertad nueva para someter las instituciones
tradicionales a un minucioso análisis crítico del porqué de la debilidad china
frente a Occidente. Los elementos del pensamiento occidental que se
introdujeron a China, en especial en los decenios 10 y 20 del siglo xx, aportaron posiciones ideológicas
nuevas a partir de las cuales fue posible juzgar la pertinencia de los
procedimientos tradicionales.
Con esa actitud
mental más crítica, estudiosos occidentales y chinos empezaron por averiguar si
los exámenes de ingreso al servicio civil habían provisto de tanta sangre nueva
al mundo oficial como se había proclamado. Los primeros intentos por medir
cuantitativamente el grado de movilidad que causaba el ingreso al servicio
civil se llevaron a cabo a finales del siglo xix. En un estudio pionero, el
padre Étienne Zi examinó
las raíces étnicas y sociales así como las carreras subsecuentes de unos 300
hombres que obtuvieron con distinción el grado académico más alto, el chin-shih.
También investigó los antecedentes educativos y sociales de los funcionarios de
mayor rango del imperio y encontró que entre los graduados más distinguidos los
chinos eran más numerosos que los manchúes, pero eran éstos quienes ostentaban
en mayor número las posiciones más altas del servicio civil. La conclusión del
padre Zi fue que las raíces étnicas, es decir, ser
manchú cuando gobernaba una dinastía manchú, significaba poseer una base más
segura para acceder a las más altas posiciones del gobierno que una preparación
intelectual y moral de excelencia, conforme lo demostraban los exámenes
aprobados (Menzel, 1963: viii-ix).
Mientras que las
conclusiones del padre Zi reflejan las
características especiales de la clase gobernante bajo el dominio de “una
dinastía de conquista”, es decir, no china, pues la dinastía Ch’ing procedía de Manchuria, la pregunta más general que
se planteó, la de la movilidad social, presentó un reto para los investigadores
académicos posteriores. Éstos examinaron la movilidad social, y en particular
aquella para ingresar al servicio civil de todas las principales dinastías de
los últimos mil años. Como el padre Zi, otros
investigadores analizaron los antecedentes sociales y las carreras de graduados
y funcionarios gubernamentales para saber, de una vez por todas, si el servicio
civil en realidad reclutaba ‘hombres de talento’ sin importar sus antecedentes
sociales o si, después de todo, estaba dominado por un grupo relativamente
pequeño de ‘grandes familias’ que ejercían el poder por largos periodos (Kracke, 1963: 1-8).
Distinguidos
estudiosos del tema (Ping-ti Ho, 1963) investigaron los antecedentes sociales
de los chin-shih que tuvieron éxito para determinar
cuántos graduados procedían de familias de comuneros, que no tenían cargo
alguno, y cuántos provenían de familias de funcionarios que tenían puestos de
gobierno. El resultado de ese análisis los llevó a la conclusión de que hubo un
alto número de comuneros que ingresaron al servicio civil a través del sistema
de exámenes, lo que atestigua el verdadero índice de movilidad en la China
tradicional (Ho, 1963: 28-33).
Otros estudiosos
se han preocupado más por otros aspectos de los antecedentes sociales de los
graduados. Por ejemplo, algunos se interesaron en comprobar la desigualdad
relativa de oportunidades, que hacía más fácil que aprobaran los exámenes de
ingreso al servicio civil los candidatos criados en las ciudades que los que
vivían en el campo. Sin embargo, sospechaban que ser ricos, especialmente si la
riqueza procedía de grandes propiedades de tierra de la que disponía una
familia de campesinos, podía costear la educación de alguno de sus miembros que
prometiera éxito en los exámenes.
Cuando se
presentaban para las pruebas, a los candidatos chinos se les pedía que dieran
información sobre los grados y puestos que hubieran tenido sus antepasados
paternos, así como sus lugares de residencia. Esta información fue la que
permitió investigar posteriormente los antecedentes sociales de los candidatos.
No se les exigía dar información sobre el estado de las finanzas o la riqueza
de su familia. Por esta razón no puede comprobarse con exactitud si la riqueza
era un factor de movilidad. Nunca podrá saberse si fue la riqueza o el talento
lo que permitió a ciertos hijos de campesinos ascender en la escala de los
funcionarios de gobierno. Sin embargo, puede reconocerse que, en algunos
periodos de la historia china, ser rico tenía alguna importancia en el
reclutamiento para el servicio civil, pues cuando el gobierno vendía los grados
o los nombramientos por dinero, la riqueza podía transformarse en la obtención
de un rango oficial. Aun para aquellos que buscaron un cargo siguiendo el
camino establecido de los exámenes, sin comprar un cargo, ser rico podía tener
una importancia definitiva; sólo con abundantes medios económicos podía
disponerse del tiempo libre necesario para emprender y continuar los estudios
que sucedían a los exámenes, pagar un tutor y, en casos excepcionales,
‘comprar’ a algunos funcionarios encargados de los exámenes.
Numerosos estudios
empíricos (Hsü, 1963) no definen cuántos ingresaban
al gobierno directamente, pero sí calculan la entrada en el grupo más general
de los graduados entre los cuales se escogían a los funcionarios. Probablemente
siempre eran más numerosos los graduados que las posiciones de gobierno
disponibles. De hecho, sólo el grado más alto, el chin-shih,
aseguraba al que lo recibía la obtención, casi automática, de un nombramiento
oficial. Una persona que tuviera el grado intermedio de chü-jen podría ser empleada en los niveles más bajos de la
escala oficial, pero no tenía la garantía. Quien obtenía el grado menor de sheng-yüan casi nunca lograba un cargo. Entrar en la burocracia
oficial o al grupo de los graduados no era lo mismo. Sin embargo, había una
relación entre los dos procesos, puesto que tener un grado era un requisito
para obtener un cargo. Es más, aun los graduados del rango inferior que no
tenían puestos oficiales con frecuencia fueron empleados en funciones cuasi gubernamentales, sobre todo en el
nivel local. Los magistrados locales tuvieron siempre a su disposición un buen
número de graduados o aspirantes del nivel inferior para encargarlos en tareas
menores. El estudiante debía prestar toda su atención en cada caso a la
naturaleza del grupo cuyos orígenes sociales estuvieran siendo examinados.
Había otros
procedimientos para llegar a tener un nombramiento, atajos para alcanzar un
cargo en combinación con los exámenes. Estudios han demostrado que privilegios
hereditarios permitieron la entrada al gobierno de los hijos de funcionarios
sin pasar por los exámenes (Ho, 1963: 28-33). En algunas épocas se usaron esos
privilegios sin que ello quisiera decir que quienes fueron así reclutados
carecieran de talento; por el contrario, los hijos de funcionarios tenían la
oportunidad de aprender en casa muchas de las habilidades y puntos de vista que
calificaban a un hombre para asumir un cargo. Contra todo lo que ese hecho
hacía suponer, el servicio civil no se convirtió en coto exclusivo de las
familias notables, pues en muchas ocasiones éstas no pudieron mantenerse en una
posición prominente.
Los estudios
sobre la movilidad de la élite china se llevaron a cabo cuando se establecieron
las discusiones sobre la naturaleza de la sociedad tradicional de China, aun
por académicos marxistas que intentaron usar sus herramientas para el análisis
de clases, y por muchos años se enfrentaron al problema de la estratificación
de la China tradicional. El estudio del reclutamiento y la promoción en el
servicio civil empezó como un ejercicio de historia social, sobre el número de
gente y esquemas de la movilidad social. Tales investigaciones contribuyeron
mucho a la comprensión de la historia política, puesto que los esquemas de
movilidad no pueden entenderse totalmente fuera de su contexto político (Wittfogel, 1963).
El impulso
principal sobre la visión del problema vino de algunos pioneros que hicieron
amplias generalizaciones y especulaciones sobre la naturaleza del Estado chino.
En el siglo xx,
Max Weber llamó la atención sobre la cercana relación entre la aparición de un
servicio civil reclutado sobre la base del mérito y la desaparición del
feudalismo en China. Igualmente, vio una conexión entre la alta tasa de
movilidad de los que entraban como de los que salían del servicio civil, por
una parte, y por otra, en el fracaso de los funcionarios para constituir un
contrapeso al absolutismo dinástico. El argumento de Weber es retomado por Karl
A. Wittfogel en Oriental Despotism:
en vez de instaurar una sociedad abierta, la alta movilidad social constituyó
la base de un gobierno imperial despótico (Wittfogel,
1957).
Entre otros
estudios sobre los aspectos políticos del reclutamiento, están los que
demuestran cómo la manipulación de las cuotas regionales para el sistema de
exámenes fue utilizada por la dinastía para alcanzar finalidades políticas (Kracke, 1963). Otros comprueban que el proceso del
reclutamiento para entrar al servicio civil llegó a estar íntimamente
relacionado con las luchas de poder de facciones de la corte. También se ha demostrado
que los cambios trascendentes en el proceso de reclutamiento y, por lo tanto en
la movilidad, pudieron coincidir con las crisis políticas más importantes en la
duración de las dinastías, y se presume que había una relación entre el proceso
del reclutamiento, la movilidad efectiva y el ciclo dinástico (Fairbank, 1996: 125-141).
Más tarde se
estudiaron los procedimientos para reclutar hombres para el servicio civil en
otro contexto, el de la historia de las ideas y los valores. El interés cambió
de la procedencia social y el contexto político de los funcionarios, y empezó a
inquirirse acerca del concepto del “talento” y la naturaleza de la educación
que calificaba a un hombre para un cargo en la China tradicional. Algunos
argumentos en esa línea fueron expuestos primero por Mateo Ricci
en el siglo xvii.
En una de sus observaciones más agudas, el gran misionero jesuita hacía notar:
Es evidente
para cualquiera que ninguno trabajaría para alcanzar perfeccionamiento en las
matemáticas o en la medicina si tiene la mínima esperanza de alcanzar a
sobresalir en el campo de la filosofía. El resultado es que apenas hay alguien
que quiera dedicarse a esos estudios a menos que haya sido impedido en su
propósito de alcanzar lo que se considera que son los estudios de mayor altura,
ya sea por razones de asuntos familiares o por tener un talento mediocre. El
estudio de las matemáticas y el de la medicina se tienen en baja estima, porque
no se obtienen honores con ellos como en el caso de la filosofía, a la cual los
estudiantes son atraídos con la esperanza de alcanzar la gloria y las
recompensas que le acompañan. Esto se puede ver de inmediato en el interés que
se tiene por el estudio de la filosofía moral. El hombre que es promovido a los
grados más altos en ese campo, se llena de orgullo por el hecho de que, en
verdad, alcanzó el pináculo de la felicidad china (Gallagher,
1942).
En el último
tercio del siglo xix,
algunos chinos reconocían que el atraso de su país en tecnología se debía en
parte a las tradiciones educativas e intelectuales que habían sido promovidas y
perpetuadas con el sistema de exámenes, basado como estaba en el estudio de los
clásicos de filosofía, literatura e historia de la tradición confucianista, con
exclusión de la ciencia y la tecnología. El status y la importancia del técnico
calificado al servicio del Estado se habían discutido siglos antes de que
volvieran a traerlos a la discusión los promotores del ‘autofortalecimiento’
de finales del siglo xix.
Al conocer el status
de los artesanos y técnicos
en el servicio civil de la dinastía Ming, se sabe mucho sobre los ideales
educativos de ese tiempo, en particular sobre una especie de jerarquía de
calificaciones en las que se consideraban el carácter, la habilidad intelectual
y la destreza técnica en un orden descendente.
No se sabe con
claridad acerca de la forma en que los chinos de la época Ming, o de cualquier
otra dinastía, concebían la relación entre carácter y habilidad. Sin embargo,
esa relación era crucial para trabajar en el servicio civil y en los
procedimientos de reclutamiento. Todos estaban de acuerdo en que “carácter” e
“integridad” eran la marca distintiva de un verdadero funcionario calificado.
No obstante, en la práctica la habilidad con frecuencia se adoptaba como una
medida para evaluar a un hombre y era, en todo caso, una forma de evaluarlo
además del “carácter”.
Si en la
dinastía Ming podía tenerse éxito por una evaluación equilibrada del carácter y
la habilidad intelectual, la tendencia en la mayoría de las dinastías para ser
reclutados consistió en los atributos que pudieran medirse y cuantificarse
tales como la inteligencia, la memoria y aun la facilidad para escribir y
redactar; es decir, lo que podía verse en los exámenes del servicio civil, en
lugar de evaluar la estatura moral, que era intangible. Fue precisamente la
sustitución de los criterios tangibles, pero secundarios, en lugar de los
intangibles lo que trajo muchas críticas al sistema chino de exámenes a través
de los siglos. Esas críticas ponían en claro que para los chinos el problema
fue más serio que para las escuelas occidentales: la cuestión de los exámenes
de cursos objetivos contra los subjetivos. Los chinos estaban, de hecho, a la
búsqueda de alguna señal externa de una gracia interior que calificara a un hombre
para el liderazgo político. Por esa razón, estudiar el procedimiento del
reclutamiento para el servicio civil chino es observar el juego de ideas e
instituciones en un área crucial de la experiencia china.
Una sociedad
confuciana era por necesidad una sociedad agraria; el comercio, la industria y
el desarrollo económico, en cualquiera de sus formas, eran sus enemigos. La
historia era vista como una secuencia cíclica de renovaciones y ajustes
continuos dentro de un orden fundamentalmente estable en el cual no podía haber
conflictos básicos. La meta de la armonía perfecta debía alcanzarse mediante la
solución de los conflictos menores por medio del compromiso y la concesión. La
élite estaba constituida por los letrados, guiaban la vida social y ayudaban a
mantener su curso natural; ellos no forzaban, no creaban ni innovaban. No eran
ni propagandistas fanáticos, organizadores políticos, aristócratas, sacerdotes,
hombres ricos ni especialistas de nada. Eran los chün-tzu, hombres de una moral superior y una capacidad
intelectual y entrenamiento especiales, eran humanistas y conservadores.
Un antropólogo
chino los definía así: Un hombre que mira al mundo sólo a través de las
relaciones humanas se inclina a ser conservador, porque en las relaciones
humanas el fin que buscan es siempre un ajuste mutuo. Y un equilibrio justo
sólo puede encontrarse en una relación estable e inmutable entre el hombre y la
naturaleza (Chang, 1963). Por otra parte, desde un punto de vista puramente
técnico, apenas si hay límites al control del hombre sobre la naturaleza. Al
enfatizar el progreso técnico, se involucra en un conflicto donde el control
del hombre sobre la naturaleza es cada vez más cambiante y eficiente. Sin
embargo, esos cambios técnicos pueden llevar a un conflicto entre hombre y
hombre. Los intelectuales chinos vieron al mundo en forma humanista. Faltos de
conocimientos técnicos, no podían apreciar el progreso técnico, y no
encontraron razón alguna para cambiar la relación interhumana.
El campesino
ocupaba el lugar más importante en la sociedad de los conservadores chinos.
Sabían lo que significaba decir que la agricultura era la base del Estado. Los
problemas sustantivos de la agricultura, económicos y técnicos, eran la
principal preocupación de todo estadista. El campesino chino se tenía por bueno
de origen, no pecador. Por ello no estaba entre los conservadores chinos la
preocupación de la educación masiva que había en el Occidente. La limitación
confuciana sobre la educación era de carácter económico; los hijos de los
campesinos debían seguir trabajando en los campos y ocasionalmente eran
eximidos de ese trabajo si alguno poseía facultades especiales para el estudio.
No se imaginaban siquiera que si el campesino aprendiera a leer corría el
peligro de extraviarse con otras ideas, sino más bien que entendería mejor las
enseñanzas de la educación confuciana y ayudaría a propagarla. Si era de
habilidad superior, se esperaba confiadamente en que se convirtiera en un
funcionario y no en un iconoclasta. En teoría, el segundo puesto más importante
sobre la tierra, el de ser un erudito-funcionario, estaba siempre abierto para
él y, por si acaso tuviera la capacidad individual necesaria, el trono mismo
estaba disponible si el emperador en turno perdiera su derecho a reinar a causa
de violar los principios de la moral racional sobre los que se basaba ese
derecho.
4. El neoconfucianismo y la última Restauración china
El renacimiento neoconfucianista echó atrás la autosuficiencia cultural que
alimentaban los eruditos, pues de ello dependía que su clase se mantuviera y
sus servicios continuaran siendo indispensables para gobernar aquel vasto
imperio. El conocimiento de los bárbaros occidentales no podía estar por encima
del chino y no se necesitaban los elementos del conocimiento occidental que
fueran en detrimento o en contra de las ideas y teorías consagradas en los
libros de épocas anteriores. Una soberbia intelectual y un orgullo nacionalista
desmedidos los hizo rechazar todo lo que llegaba de fuera y no los preparó, por
ello, para enfrentar la amenaza occidental que se presentó en el sur, en Guandong (Cantón), en cuya vecindad los funcionarios
autorizaron por primera vez a los portugueses para iniciar su modesto comercio.
Años más tarde llegaron los comerciantes y los barcos ingleses con otras ideas
sobre el comercio y nuevas exigencias.
En la segunda
mitad del siglo xix,
China sufría el asedio de las potencias occidentales que, deslumbradas por la
riqueza que obtendrían al entrar al inmenso mercado chino, trataron de abrir
mediante negociaciones diplomáticas la puerta de entrada a su territorio.
Cuando éstas fracasaron porque se enfrentaban básicamente dos concepciones del
mundo y dos formas de gobierno distintas, ante la incomprensión mutua Occidente
echó mano de la superioridad tecnológica para forzar la entrada. Sin hacer caso
de la prohibición del gobierno chino de que sus ciudadanos cultivaran y
consumieran opio, los comerciantes ingleses llevaron a China ese producto por
ser el único que tenía demanda. Las plantaciones en que cultivaban la amapola y
procesaban el opio estaban ubicadas en la colonia inglesa más próxima al
imperio chino, la India. Como los funcionarios chinos no autorizaron la entrada
del opio y destruyeron en una ocasión toda la carga que lo llevaba, Inglaterra encontró
el motivo y pretexto para las llamadas Guerras del Opio; la primera se inició en Cantón en
1840, la segunda años después, en 1860, cuando las fuerzas armadas de
Inglaterra llegaron hasta Pekín, la capital imperial, donde, al no encontrar al
emperador que había huido con la corte a Jehol,
hicieron grandes estragos y destruyeron, entre otros edificios, el hermoso
Palacio de Verano.
En esa misma
época el gobierno chino de la última dinastía que ocupó el trono del imperio,
la dinastía Ch’ing, se enfrentaba a varias revueltas
interiores, la más poderosa era la rebelión Tai-ping
en cuya supresión empleaba todos sus recursos militares y funcionarios más
capaces. China era atacada por dos frentes, en el interno por múltiples
insurrecciones, y en el externo por las potencias occidentales que deseaban
entrar en su enorme mercado. En el frente interno el gobierno logró vencer las
rebeliones, incluso con cierta ayuda de las potencias occidentales; pero en el
frente externo sus armas tradicionales fallaron. Ante esa situación, los
funcionarios del gobierno chino echaron la culpa al abandono de las vías
tradicionales, en especial a la falta de hombres capaces de gobernar y
administrar al país, de que China se encontrara en tan preocupante situación.
En 1862, dos años
después de la destrucción de la capital, habían pasado las Guerras del Opio y
China había aceptado firmar tratados en condiciones desiguales con las
potencias occidentales que, para asegurar sus intereses comerciales, empezaron
a separar porciones del territorio chino con litoral al Pacífico, que llamaron
“esferas de influencia”. Los más capaces, distinguidos y sagaces funcionarios
del gobierno imperial y gobernadores de varias provincias decidieron recuperar
las fuerzas y vigor del imperio, como lo había sido en el pasado, por medio de
la restauración de las tradiciones antiguas. Se inició así el periodo conocido
en la historia china como la Restauración T’ung-Chih,
que duró hasta 1874.
Durante ese
último intento por fortalecer a China en lo interno para hacer frente al asedio
creciente de las potencias occidentales, el gobierno chino buscó un regreso al
régimen concebido de acuerdo con la ética confuciana, a la reconstitución de
una jerarquía ordenada de funcionarios bien adoctrinados y seleccionados a
través del sistema de los exámenes de ingreso al servicio civil. En ese
contexto, el término “civil” del gobierno significaba una autoridad no militar
ni eclesiástica, porque el término en el idioma chino li-chi
tenía un significado mucho más amplio; era el gobierno por
la bondad. El
gobierno li-chi, como cualquier otro sistema
administrativo de alta complejidad, podía degenerar en una ‘burocracia’, pero
en su mejor expresión concedió una gran importancia a la experiencia de la
educación y la aptitud de comprensión del funcionario individual, quien se
guiaba por amplios preceptos más que por leyes y reglamentos severos y
apresurados. En verdad, uno de los blancos de ataque favoritos durante el
periodo de la Restauración fue la cantidad de trámites burocráticos que se
habían acumulado con el tiempo e impedían un gobierno civil verdadero. Un
distinguido funcionario chino de la época, Hu Lin-i, por ejemplo, urgía a que se simplificaran los
reglamentos existentes, así como el estilo documental en que estaban escritos,
de tal manera que pudieran ser entendidos y aplicados con justicia y equidad,
según lo dictaba el sentido común (Mien
hui-pi i, citado en
Wright, 1957).
4.1. El último
intento por volver al pasado
Desde el punto de
vista del confucianismo, los elementos esenciales de un gobierno estable y de
la armonía social (con paz social), la teoría del gobierno
por la bondad (jen),
eran la habilidad y la integridad de los funcionarios, y esa manera de ver se
reflejaba en los proverbios y los dichos populares, así como en los documentos
formales. Para los funcionarios de la Restauración T’ung-Chih
de la segunda mitad del siglo xix (1862-1874), la tarea principal era localizar
hombres con las habilidades propias más altas, entrenar sus mentes y moldear
sus caracteres, nombrarlos para un cargo sobre la base del mérito y recompensar
o castigar su conducta oficial en una forma efectiva. Un distinguido
funcionario erudito de esa época, Tso Tsung-dang, escribió:
El caos en el
imperio resulta del hecho de que el gobierno civil no está debidamente
atendido. El que el gobierno no esté debidamente atendido es resultado del
hecho de que no hay hombres dotados de habilidad en cargos oficiales; que los
hombres de habilidades no estén en cargos gubernamentales resulta de que los
corazones de los hombres no tengan rectitud; que los corazones de los hombres
no sean rectos resulta del hecho de que no existe el aprendizaje (Wright, 1957:
68).
Las habilidades
de los funcionarios se consideraban relacionadas muy de cerca con las cualidades
morales. Nadie podía sugerir impunemente que un hombre de moralidad superior
pudiera ser incompetente en un cargo, o que uno moralmente inferior pudiera
poseer grandes habilidades. Los estadistas de la Restauración estaban
obsesionados con la idea del ‘talento humano’, obsesión que se reflejaba en el
siguiente aforismo: “La conducción de la guerra está en los hombres, no en las
armas”, idea que siempre estuvo presente en las discusiones militares más
técnicas. Un funcionario menor de la Restauración observó: “Cuando surgen
circunstancias extraordinarias, debemos confiar en hombres extraordinarios y
esos hombres extraordinarios llevarán a cabo cosas extraordinarias” (Wright,
1957: 69).
En 1860 quienes
lograron suprimir la rebelión interna y restaurar el Estado chino no eran
militares en el sentido occidental del término. En su mayor parte eran
funcionarios, producto del sistema de exámenes, que habían alcanzado
notabilidad porque habían probado poseer habilidades tanto en los asuntos
civiles como en los militares. Durante la desmoralización y el caos del periodo
anterior, el sistema tradicional para escoger a los funcionarios, el sistema de
exámenes, había perdido mucho de su efectividad. Como resultado, muchos
funcionarios que no cumplían con los requisitos tradicionales ocupaban los
rangos menores de la burocracia. Los funcionarios de la Restauración se dieron
cuenta de que sus políticas no tendrían efectos a menos que se mejorara la
calidad de los funcionarios jóvenes y que, si no se detenía ese mal, los
funcionarios menores sin formación adecuada constituirían la burocracia más
alta del futuro. Urgía, por lo tanto, echar fuera a los funcionarios que habían
obtenido sus cargos por procedimientos irregulares y resaltar los exámenes como
el camino correcto para alcanzar las posiciones altas. Sin embargo, el sistema
de la recomendación, por el cual un funcionario prominente patrocinaba la
carrera de un joven que prometía, se convirtió en el corolario esencial del
sistema de exámenes.
Aun cuando el
mito chino de la movilidad social efectiva y del gobierno de los más
habilidosos y virtuosos nunca se comprobó con la realidad histórica, el sistema
de exámenes en su mejor expresión fue una institución notable establecida para
hacer realidad un ideal. La Restauración Dung Zi (T’ung Chi) significó la
resurrección del mito y de la institución. El sistema de exámenes con su
extensa ramificación sirvió al Estado confuciano de tres maneras: a) produjo funcionarios inteligentes
que fueron profundamente adoctrinados en la ética confuciana. Sin duda suprimió
el pensamiento creativo, pero tampoco recargó a la burocracia con
incompetentes. b) Mantuvo fija la atención de la clase
superior en la ortodoxia y constituyó una salida para el talento y la ambición.
c)
Se ganó el apoyo popular al dar al pueblo funcionarios cuyo poder y
comportamiento se basaba en los cánones aceptados universalmente, más que en la
riqueza, el nacimiento, el poder militar o el capricho imperial.
Se calcula que
en la época de la Restauración dos millones de candidatos se presentaban a los
exámenes de uno u otro nivel, de los cuales solamente 1 o 2% lograba tener
éxito (Wright, 1957: 82). En los exámenes de distrito anuales se escogía a 20 o
más candidatos entre los aproximadamente dos mil que competían en promedio. En
los exámenes trienales para el grado provincial se seleccionaba a 100 de entre
10 mil solicitantes en promedio de cada provincia. Los graduados de las
provincias competían en los exámenes trienales en Pekín para el grado
metropolitano, de los cuales aproximadamente un tercio tenía éxito. Entre dos y
300 de aquellos que pasaban los exámenes metropolitanos competían en los
exámenes de palacio, presentados en el palacio imperial, para obtener los
honores más altos, incluyendo el título de primer erudito del imperio (chuang-yüan). Cuando había un candidato sobresaliente, los exámenes
se realizaban en presencia del emperador (Wright, 1957: 82-83).
Había cuotas
estatutarias de graduados para las provincias, que eran un medio de recompensar
las contribuciones militares o financieras, sin debilitar el sistema de
exámenes; aun se asignaron cuotas de graduados para recompensar a comerciantes
o a miembros de la burguesía por sus contribuciones en dinero u otra forma para
suprimir una rebelión. Esta especie de premio para la fortaleza militar o
financiera de un área dada fue contraproducente porque se comprobó el peligro
de bajar los estándares para adecuarlos a las capacidades de estudiantes
mediocres.
Los propósitos
de la Restauración eran no sólo exaltar los exámenes como el único camino al
prestigio y el poder, sino también aumentar su utilidad por medio de
modificaciones al contenido. Debía retornarse al sistema ‘antiguo’ con su
énfasis en problemas sustantivos de la historia y la sociedad. En 1862 mediante
un edicto se especificaron los temas fundamentales que debían contestarse y
comentarse en los exámenes: primero, la conducta correcta, con base en los
Cuatro Libros; segundo, las verdades morales fundamentales con base en los
Cinco Clásicos; tercero, la política, conforme a las lecciones de la historia
antigua y moderna; pero no desaparecieron del todo los temas sobre gobierno y
filosofía. En los exámenes trienales de Wuchang en
1867 y 1870, los temas fueron los clásicos, historia, geografía y problemas
administrativos de entonces. Se premiaba el conocimiento de los hechos más que
el análisis o juicios (Wright, 1957: 82).
Cuando en 1868 Ting Jih-zang, comisionado de
Finanzas de Kiangsu, dispuso que se elaborara un
examen especial destinado a echar fuera a los incapaces de entre los muchos que
habían comprado un rango y que estaban en espera de los nombramientos a cargos,
las preguntas planteadas se referían a problemas administrativos corrientes.
Por ejemplo, en la segunda sesión fueron dos las preguntas: ¿Qué plan
propondría usted para prevenir las irregularidades que existen entre los
subalternos de los ministerios? ¿Qué medidas propondría usted para asegurar que
los “voluntarios bravos” se asienten como súbditos pacíficos cuando sus
servicios militares ya no sean necesarios? En la tercera sesión las dos
preguntas fueron: Son numerosos los candidatos para los nombramientos oficiales
y pocos los cargos disponibles. ¿Cómo podría usted resolver esta dificultad?
Funcionarios menores se ocupan de juzgar casos que deberían ser remitidos a los
magistrados del condado. ¿Cómo podría usted remediar este vicio? Presentados
con el más estricto control a cargo del alto funcionario que había propuesto
ese examen, muy pocos de los que habían comprado un rango pudieron aprobarlo
(Wright, 1957: 83).
Las rebeliones
fueron derrotadas, pero no podía repararse el daño que habían causado al
sistema de los exámenes. Entre tanto el contacto con Occidente crecía y hacía
que empezaran a aparecer dudas sobre la importancia del aprendizaje tradicional
frente a los nuevos problemas. Cuando en 1866 no se presentó un solo candidato
para obtener el grado preliminar en el distrito que incluía a Shanghai, se hizo evidente que empezaba a surgir una
sociedad híbrida en los puertos abiertos a los extranjeros y en las áreas
costaneras, una sociedad en la que el poder y la posición ya no estaban
únicamente en manos de los letrados. Un periódico local, el North
China Herald, comentó: “Es así como hemos socavado los fundamentos
mismos del sistema político chino” (Wright, 1957: 84-85).
Con ese tipo de
evidencias, se dijo en ocasiones que a partir de los inicios del siglo xix en
adelante los exámenes, así como el Estado al que servían, declinaron
gradualmente. Por ello, los esfuerzos que se hicieron en la Restauración para
retardar ese declinar y revitalizar el sistema tradicional fueron más
conspicuos y exitosos de lo que generalmente se supuso. Paradójicamente los
mismos letrados conservadores pusieron los obstáculos más serios para que esos
esfuerzos tuvieran éxito.
La “venta de
rangos” o “venta de oficios”, que consistía en otorgar un rango oficial a los
que contribuían a los fondos públicos, ya existía desde muy antiguo (la
dinastía Ch’in), pero la persistencia del sistema de
contribuciones llegó a su máximo uso durante la dinastía Ch’ing
(manchú). Aun cuando el país en general había sido próspero hasta finales del
siglo xviii,
en adelante se necesitaron fondos extras para hacer frente a las crisis.
Solicitar contribuciones especiales se consideró siempre como una medida de
emergencia para gastos militares, el control de ríos o para ayuda en los casos
de desastres naturales. Un cargo no se ofrecía directamente en venta. Sin
embargo, los compradores de rangos se convertían en elegibles para un cargo, y
de hecho cada vez más se otorgaban nombramientos para puestos menores en el
servicio civil. En la Restauración la abolición de la venta de rangos se
convirtió en un punto básico.
La teoría
política tradicional indicaba que la garantía principal de un buen gobierno
residía, en primer lugar, en el entrenamiento y elección adecuada de los
funcionarios; se reconocía que ellos, sin importar cuán bien habían sido
seleccionados, debían ser ‘motivados’ mediante un sistema de recompensas y
castigos. Los funcionarios ya en cargos eran examinados a intervalos regulares
y sus actividades estaban sujetas a un escrutinio constante y a frecuentes
denuncias de sus colegas. El Ministerio de la Censura estaba a cargo de la red
de vigilancia, pero había también verificaciones internas a través de toda la
jerarquía administrativa. Había investigaciones casi a diario sobre la
competencia de los funcionarios oficiales, así como informes cada tres años
sobre sus méritos y fallas en toda la jerarquía. El North
China Herald
hacía notar:
[…] los
principios del gobierno chino se ponen en práctica por medio de una graduación
exacta y ordenada del rango, y cada servidor público está tan enteramente bajo
el control del funcionario que está arriba de él, que no es fácil que se escape
de ser detectado un sinvergüenza. A pesar de los abusos que existen, el sistema
abarca los intereses de tantos que tiene una gran fuerza conservadora. Es como
una red que se extendiera sobre todo el rostro de la sociedad, cada individuo
aislado en su propio lugar y conectado mediante la responsabilidad con todos
los que le rodean (Wright, 1957: 87).
Por disposición
imperial, cada gobernador general de una provincia informaba y presentaba sus
recomendaciones en un memorial, con base en el cual, si era aprobado por la
Oficina del Servicio Civil, se emitía un decreto para hacerlas efectivas. Según
el caso, el decreto podía ser llevado hasta la atención del emperador para su
confirmación. Los funcionarios menores eran los más frecuentemente denunciados
o despedidos, acusados de negligencia de acciones contra los que infringían la
ley, por edad avanzada, por tener una baja inteligencia, sordera u otros
impedimentos físicos, frivolidad, habla inadecuada y mal carácter. Los cargos
que se hacían contra funcionarios mayores eran más serios. En un caso el
funcionario a cargo de las relaciones exteriores de Shanghai
fue acusado por el censor de atención insuficiente a los asuntos militares,
tener intereses en una librería y en una casa de cambio y por despertar la
animadversión popular. Se investigaron las acusaciones y el funcionario fue
depuesto y transferido, pero también porque se necesitaba el lugar para otro
que merecía esa posición.
El éxito o
fracaso de la Restauración dependía de la medida en la cual pudiera reintegrarse
la sociedad tradicional al nivel local sin detrimento de los nuevos planes del
gobierno para alcanzar una modernización limitada en los campos de la guerra y
la diplomacia. Dadas las características del control local en la China
tradicional, alcanzar algún compromiso para que hubiera esa modernización
limitada enfrentaba dificultades de fondo.
Las
instituciones organizadas para el control local existían, pero su efectividad
dependía en gran medida del poder de la persuasión. La burocracia civil no era
tan numerosa como para salvaguardar el orden sin el consentimiento de la gente,
pues no se mantenían fuerzas armadas para ese propósito, y las que había
estaban asentadas en lugares muy distantes entre sí para otros fines. El
control directo de la gente iba en contra de la teoría política ortodoxa. Un
magistrado mantenía el control tradicionalmente con la ayuda de las fuerzas
sociales locales, en especial con el uso de los eruditos del lugar, quienes
constituían una especie de puente entre el magistrado y la gran masa de la
población de su jurisdicción. Ese sistema de control local por medio de los
eruditos fue fortaleciéndose desde que empezó la dinastía Ch’ing.
A mediados del
siglo xix
los observadores extranjeros que viajaban por China se quedaban asombrados por
la estabilidad de las comunidades locales, que aparentemente se autogobernaban
sin que con ello socavaran la autoridad del centro. Thomas Wade,
un diplomático inglés, hacía notar que “[…] el imperio Confucianista, de entre
todos los imperios de la historia, no se basaba en el poderío militar, o en una
religión, o en la superstición. Por todas partes era visible una gran
organización y arreglo” (Wright, 1957: 40 y 263-265). La causa de esa aparente
armonía era la aceptación universal de la ideología confucianista. Toda
persona, entrañando al emperador, y todo grupo, incluso el gobierno central, se
esforzaban por desempeñar el papel confucianista que les correspondía. Esa
ideología venerable, armonizadora, moderada y a la vez autoritaria y centrada
en la sociedad estaba casi perfectamente ajustada para mantener el control
central en ese vasto y físicamente descentralizado imperio. Cuando el sistema
funcionaba, los letrados aceptaban su papel junto con los privilegios y
responsabilidades que les daba. No intentaban controlar el poder político para
su provecho, sino que se esforzaban por avanzar en el conjunto de principios
éticos que debían restringir la fuerza del poder político. El campesino también
era adoctrinado para reconocer su lugar en el esquema total.
El control a
través de la persuasión era el suplemento del control mediante una red de
responsabilidad colectiva y de un sistema legal altamente desarrollado. En
cualquier tipo de control la calidad del funcionario local era de primera
importancia. Debía ser no sólo un administrador competente en todos los
aspectos, sino que debía encarnar la enseñanza confuciana que era la sanción
última de la autoridad. Cuando a mediados del siglo xix las rebeliones internas y la
presión extranjera habían resquebrajado la calidad del servicio civil
confucianista, amenazaban los intereses de los letrados y propiciaban dudas
entre la población sobre la buena fe del gobierno y de la validez del ideal
tradicional, los estadistas de la Restauración consideraban que era su deber
reconstruir la antigua sociedad sobre lo que quedaba de sus cimientos. Debía
empezarse por reconstruir el servicio civil por medio del sistema de los
exámenes. Urgía encontrar “hombres de talento” para adoctrinarlos debidamente y
después designarles cargos de responsabilidad oficial y así reorganizar el
gobierno hasta los rincones más lejanos.
La Restauración
empezó un gran programa de reconstrucción de escuelas públicas, academias y
bibliotecas, y rescató los libros que habían escapado de la destrucción de las
rebeliones casi constantes. Los funcionarios provinciales recibieron órdenes
para reconstruir las academias y devolverles sus dotaciones de tierras de cuyos
productos vivían. Los semilleros para los futuros letrados debían ser instalados
en las mejores condiciones, y los estudiantes cuidados, pues eran la base de la
reforma de las costumbres, por lo cual debían estudiar los libros seleccionados
en la forma correcta. Se reimprimieron los libros clásicos y las historias y se
publicaron obras nuevas. Copias de libros antiguos que se habían perdido fueron
adquiridas en Japón, donde por entonces importaban los que contenían las ideas
y describían modos extranjeros que se favorecieron en la Restauración Meiji. Al tiempo que se trataba de revivir las bases y los
libros en que se fundaba la doctrina confucianista y la sociedad tradicional,
se extirpaban todas las ideas extranjeras, novelas, obras de teatro,
frivolidades y todo tipo de ‘literatura impura’ en que se habían inspirado las
rebeliones ya derrotadas.
El sistema
confucianista de control por la persuasión se reforzó a través de varias
organizaciones de grupo destinadas a: 1) asegurar la conformidad; 2) ser el canal directo por medio del
cual el Estado podía disponer de alimentos y mano de obra de cada poblado. El
instrumento más importante era el sistema pao-chia de responsabilidad colectiva y su
corolario, el sistema li-chia de recaudación de impuestos. En cada
área administrativa se guardaban registros públicos sobre los censos de
población. Diez familias constituían un p’ai, cien familias un chia
y mil familias un pao, y todos los miembros eran
responsables de las acciones de los otros. Aun cuando las familias que
constituían una unidad nombraban a quien era su cabeza, esa elección era confirmada
por el magistrado, y los funcionarios del pao-chia actuaban al gusto del magistrado. El
sistema militar era una institución local relacionada muy de cerca con el pao-chia, y operaba por medio de los mismos canales. Su función
era proteger la región contra los merodeadores de afuera, así como el pao-chia
estaba diseñado
para echar fuera del poblado a los malhechores. Ambos se complementaban para
resguardar la seguridad y la armonía social. Sistemas como estos eran
evidentemente necesarios en la administración de un Estado agrario
centralizado.
Durante más de
dos mil años China no fue un Estado feudal, sino un imperio dividido en
distritos administrativos. Cada uno de los poderes totales estaba en manos de
un hombre nombrado por el gobierno central y responsable ante él. Mantenía
relaciones con los letrados, apoyaba los estudios y el aprendizaje, tenía a su
cargo las operaciones de bienestar y rescate, controlaba las operaciones del pao-chia e interpretaba y aplicaba la ley. Desde el punto de
vista chino, cuando el funcionario local era un hombre capaz, las distintas
instituciones de control local eran efectivas; cuando el funcionario era
incompetente, eran inútiles: los letrados estaban en su contra, los estudios
eran una farsa, las obras de caridad o auxilio estaban mal administradas, el
sistema pao-chia explotaba a la gente de mala manera y
no podía hacerse valer la ley. Por ello los altos funcionarios enviaban
memoriales al trono imperial sobre la importancia de nombrar al hombre indicado
para un cargo local. Escribían entonces:
Si encontramos
a los hombres debidos, hay control; si perdemos esos hombres hay caos. Esto ha
sido la verdad desde los tiempos antiguos; hoy día es más urgente. El imperio
es una acumulación de hsien (distritos). Si tenemos al hombre
correcto para un hsien, un hsien estará bajo control; si logramos
tener al hombre correcto en cada hsien, el imperio estará bajo control
(Wright, 1957: 86).
Yen Ching-ming,
gobernador de Shantung, envió un memorial donde decía: “Desde tiempos antiguos,
sin una selección cuidadosa de funcionarios locales, nunca fue posible gobernar
al imperio (Wright, 1957: 86).
Casi todos los
memoriales enviados al trono urgían a que los funcionarios locales se nombraran
solamente con base en el sistema de exámenes. Aun cuando todos los niveles de
gobierno eran importantes, ninguno lo era tanto como el de la administración
local. Los administradores locales eran más numerosos que sus superiores y
trataban más directamente con el pueblo. Se recordaba con frecuencia entre los
funcionarios que ni los letrados ni la gente común podían ser controlados a
menos que el funcionario local estuviera compenetrado de la tradición
confuciana. De este tenor eran todos los razonamientos de los altos
funcionarios del gobierno central y de los gobernadores provinciales en la
Restauración.
La Restauración
fracasó, pero dejó muy claro que aun en las circunstancias más favorables no
era posible que un Estado moderno pudiera ser injertado en una sociedad
confucianista. No obstante, en los años subsecuentes las ideas políticas que se
probaron, con todo y su grandeza, fueron halladas insuficientes. Derrotadas y
decaídas fueron revividas por los líderes políticos que aun frente a la
evidencia insistían en que la Restauración fue un éxito y que en su herencia
está la llave del éxito para el control político en la China del siglo xx.
El imperio chino
terminó con el triunfo de la Revolución de 1911, primero encabezada no por la
figura principal que le dio una ideología y un proyecto, Sun
Yat-sen, sino por el general Yüan Shih-kai,
cuya efímera presidencia trató de cambiar al reclamar el trono vacante para una
nueva dinastía de la cual él sería el primer emperador. A la muerte de Yüan, el doctor Sun fue
proclamado presidente de la República China y su guía y programa político y
social fue especificado en los cuatro documentos fundamentales que escribió: el
plan para la reconstrucción nacional, los fundamentos
de la reconstrucción nacional,
los tres principios del pueblo y su Manifiesto fueron presentados a la Primera
Convención Nacional de su partido, el Kuomintang.
Sun Yat-sen desconfiaba de los eruditos o
intelectuales, quienes deslumbrados por la necesidad de los Manchú de gobernar
el imperio por su medio, revivieron el sistema de los exámenes de ingreso al
servicio civil y lo habían revisado para aceptar y conservar el gobierno de una
dinastía extrajera, en vez de trabajar por la devolución del trono de los Ming,
la última dinastía china. Confiaba más en las sociedades secretas,
nacionalistas, que buscaban reivindicar el gobierno del imperio para los chinos
(Sun, 1943).
A la muerte del
doctor Sun, siguió como líder del Kuomintang y al
frente del gobierno nacionalista de la República China un militar que había
dirigido la academia militar de Whampoa, el general Chiang Kai-shek. Con ese nuevo
gobierno, volvieron las ideas de revivir las bases que sostuvieron el imperio
chino por miles de años; en especial, Chiang
consideró necesario devolver a China su glorioso pasado y, entre otros
aspectos, instituir un servicio civil según el modelo antiguo, de acuerdo con
la filosofía confuciana, e inspirado por los estadistas y altos funcionarios
chinos de la Restauración T’ung-Chih, la que, estaba
convencido, había tenido éxito.
Después de que
en 1915 Japón presentó sus Veintiuna Demandas al gobierno chino, las que levantaron
un gran resentimiento contra aquel país, los sucesos en China se siguieron con
gran rapidez y fueron los antecedentes del Movimiento del Cuatro de Mayo de
1919, en el que los estudiantes chinos encabezaron las protestas
multitudinarias contra los resultados de la Conferencia de Paz de Versalles. La
humillación de China inflamó a los nuevos líderes intelectuales que promovieron
una campaña antijaponesa y un gran movimiento hacia
la modernización para construir una nueva China por medio de reformas
intelectuales y sociales. En particular aquellos líderes ponían el énfasis en
las ideas occidentales sobre la ciencia y la democracia y atacaron fieramente
la ética china antigua, las costumbres, literatura, historia, filosofía,
religión y las instituciones políticas y sociales. Aquellas metas ganaron la
simpatía de los nuevos comerciantes, industriales, trabajadores urbanos, con lo
que el gobierno en Pekín tuvo que hacer compromisos en sus políticas interna y
exterior. Los efectos de ese movimiento fueron lejos, fomentaron movimientos
estudiantiles y obreros, fueron la causa de la reorganización del Kuomintang y
del nacimiento del Partido Comunista Chino y, más tarde, de que se forjara la
coalición de comunistas y nacionalistas con su centro en Cantón para rechazar
la invasión japonesa.
En 1924, el
primer congreso del Kuomintang, ya reorganizado, hizo una proclamación radical
que fue la base del programa común con los comunistas. Para 1933-1934, las ideas
de Chiang y sus lazos con los comunistas se
deshicieron y, junto con su condenación por los comunistas chinos y los líderes
de la Rebelión T’ai Ping del siglo xix, proclamó
su determinación por preservar la antigua moral y la sabiduría que les habían legado los antepasados. En 1928 Chiang
pedía a sus funcionarios tener como lectura de descanso el estudio de los
Cuatro Libros. En 1931 la fecha del nacimiento de Confucio se convirtió en una
festividad nacional. Si originalmente los ideales del Kuomintang eran confusos
y oscuros, para 1953, cuando ya estaba el gobierno nacionalista refugiado en Taipei, se pensaba que “los revolucionarios eran eruditos
que tomaban como base de su preparación los estudios para estadistas (ching-shih) de la última época de la dinastía
Ming y los primeros años de la dinastía Ch’ing, a los
que habían añadido el pensamiento occidental” (Wright, 1957: 300-312).
Los exámenes
para ingresar al servicio civil se abolieron en 1905, y si bien la ideología
política y administrativa de Chiang evolucionó, no se
encontró un sustituto efectivo para un nuevo sistema de reclutamiento de
servidores públicos. Sin duda había jóvenes ambiciosos de los dos sexos que
deseaban entrar a trabajar en el gobierno, y con frecuencia no pudieron hacerlo
por los conductos normales ya dispuestos. En 1907 empezó a funcionar el nuevo
sistema educativo y tomó varios años tener egresados capaces de incorporarse al
servicio civil. Sin embargo, no hubo un regreso al antiguo sistema de exámenes
hasta que las ideas de Chiang sobre el retorno a las
tradiciones antiguas y a los ideales confucianos, como lo intentó y casi logró
la Restauración T’ung Ch’ih,
inspiraron al generalísimo y sus funcionarios a rehacer el anterior sistema de
exámenes, pero las condiciones de la guerra continua, contra los comunistas
primero y contra los japoneses después, no permitieron organizar el nuevo
sistema. Realizarían ese proyecto después de 1949, cuando la República China se
refugió en Taiwán.
No entraremos
aquí a describir las políticas de la República Popular China, a partir de su
nacimiento en octubre de 1949, sobre el tema del servicio civil, pero debemos
recordar que una de las metas principales del pensamiento de Mao Tse-tung era erradicar totalmente las costumbres antiguas y
la manera de pensar tradicional en China, para instaurar en su lugar un “hombre
nuevo” que, libre de las ataduras de las filosofías y creencias del pasado,
dedicara sus fuerzas a la construcción de la nueva sociedad china que pudiera
llegar a su última etapa, el comunismo. Su frustración por no destruir
totalmente las formas de pensar antiguas y poner en su lugar las que deseaba
fue la causa principal de la Revolución Cultural que lanzó en 1957, así como
las campañas continuas para no dejar que la inercia de las costumbres, los
principios confucianos y la propia historia china volvieran a colocar una
burocracia nociva, porque con ella en la administración pública, su ideal nunca
se haría realidad.
La Revolución
Cultural que inició Mao, incitada en especial contra los cuadros más altos del
partido que se habían vuelto revisionistas, debía ser permanente para no dejar
sedimentos ni intereses contrarios a su meta. Una burocracia que
inevitablemente surgiría si no se mataba en sus raíces ahogaría su proyecto. En
todo caso, el lugar de esa maquinaria de administración y gobierno capaz de
llegar a todos los rincones del país sería el Partido Comunista Chino, que
administraría por medio de sus cuadros formados para todos los niveles. Sin
admitirlo abiertamente, como hizo Chiang en su
momento, Mao volvió a utilizar el sistema pao-chia de responsabilidad colectiva, aquel
espionaje mutuo y de supervisión de los cuadros del partido que se metía hasta
en la vida íntima de los ciudadanos; volvió a instaurar aquella atmósfera de
sumisión y miedo, como la hubo antes. Su muerte en 1976 abrió un nuevo capítulo
en la historia de China. Una vez liquidada la Banda de los Cuatro y resuelta la
lucha por el poder, se abrieron las ventanas a los nuevos aires que llegaron al
interior y salieron del país, con el inicio de las Cuatro Modernizaciones en
1978, concebidas y promovidas por uno de los anteriores camaradas de armas y
compañero de Mao desde los inicios de la lucha en Yenan,
Deng Hsiao-ping, que
impulsaron al país a una nueva etapa de la modernización de China y su
reincorporación a la sociedad internacional. Para que entraran en vigor esas
Cuatro Modernizaciones, el primer paso fue declarar liquidada la Revolución
Cultural.
Conclusiones
La historia del
servicio civil imperial de China pone de relieve, en múltiples pasajes, la
importancia de la aportación cultural china a la concepción y desarrollo de las
teorías sobre la administración pública de Occidente. La abolición del sistema
de exámenes de ingreso al servicio civil imperial en 1905 no canceló la
necesidad de contar con ese cuerpo profesional de administradores públicos
indispensables para gobernar una nación de las dimensiones de China. Pasado el
periodo de la revolución nacionalista de 1911, los ensayos frustrados de la
república que encabezó Sun Yat-sen, en cuyo
transcurso entraron a China las ideas que sustentaron la revolución bolchevique
rusa de 1917, encontraron un terreno fértil para propagarse, dadas las
condiciones internas del país. El expansionismo imperialista de Japón que llevó
a la invasión del norte de China no hizo más que contribuir a la derrota de la
República China y al triunfo del movimiento comunista que encabezaba Mao Tse-tung.
Cuando ese
movimiento triunfó y el nuevo régimen de la República Popular China se enfrentó
a los problemas de la organización, administración y control del enorme país y
su población, tuvo que echar mano de muchos administradores anteriores que
habían trabajado bajo la república y aun de algunos que fueron entrenados para
el servicio civil imperial.
Entre las
múltiples acciones que debían iniciarse en el nuevo periodo estaba, desde
luego, la que atañía a la reforma y constitución del servicio civil que el
gobierno necesitaba. La política interior de China pasaba por múltiples
acomodos y el gobierno sufría de una semiparálisis
debida a los continuos cambios y altibajos de los funcionarios, desde los de
más alto nivel, los principales cuadros del Partido Comunista, muchos de los
cuales cayeron en desgracia en la Revolución Cultural y con la desaparición de
la escena política de la Banda de los Cuatro. Con la resurrección política de Deng Hsiao-ping y la proclamación
de las Cuatro Modernizaciones, fue evidente que se necesitaban profundas
reformas en la administración pública. Se limpiaron todos los niveles, desde el
gobierno central hasta los de las provincias, poblados y comunas, pues se
necesitaba poner en los cargos principales a cuadros que hubieran entendido la
importancia de modernizar a China para devolverla a la sociedad internacional.
En 1993 el
Consejo de Estado aprobó un reglamento temporal para el servicio civil que ha
venido aplicándose desde entonces; sin embargo, enfrentados a una corrupción
rampante, altos funcionarios del gobierno, diputados del 10º Congreso Popular
Nacional, jueces y juristas actualmente están de acuerdo en que China tiene la
necesidad urgente de contar con un servicio civil que aumente la eficiencia
administrativa y termine con la corrupción. El 13 de marzo de 2003, el diario China
Daily
hizo diversas entrevistas a profesores universitarios y miembros del Congreso
Popular Nacional sobre el tema del servicio civil, puesto que en la 10ª Sesión
del Congreso se introdujo una iniciativa para una nueva ley del servicio civil.
Un distinguido profesor de le Escuela de Gobierno de la Universidad de Pekín, Zhao Chenggen, advirtió que el
servicio civil es una parte importante del sistema político de China, que los
más de cuatro millones de servidores públicos constituyen una fuerza importante
para iniciar políticas administrativas y que el manejo de esos servidores
administrativos es un aspecto central del sistema político del país.
Una opinión
similar expresó el profesor Ying Songnian, director
del Programa de Derecho de la Escuela Nacional de Administración, quien subrayó
que la calidad de los servidores civiles del país es de gran importancia para
el desarrollo económico. El profesor Ying, quien es también diputado del 10°
Congreso Popular Nacional, junto con más de 90 de sus compañeros diputados
miembros del cuerpo legislativo más alto del país, fueron quienes propusieron
una nueva ley para el servicio civil durante la sesión anual del Congreso en
2003.
El profesor Yu An, que enseña derecho
administrativo en la Escuela de Derecho de la Universidad Tsinghua,
refiriéndose a esa nueva ley que se necesita, indica que debe servir para hacer
el sistema del servicio civil más competitivo al seleccionar a los mejores
aspirantes que sea posible.
De la misma
opinión es el diputado Zhao Linzhong,
representante de la provincia de Zhejiang, al este de China, quien añade que
dicha ley debe centrarse en especial sobre el examen de ingreso al servicio
civil. Zhao, egresado de la Universidad de Pekín,
insiste en que el reclutamiento y la promoción de los servidores civiles son la
clave del sistema.
Varios
departamentos del Consejo de Estado iniciaron exámenes para reclutar servidores
civiles en 1998, y la práctica se extendió a otras agencias del gobierno en
todo el país en el año 2000. Al considerar esa situación, el profesor Zhao dijo que deben ponerse en práctica exámenes que sean
estrictamente vigilados en todos los niveles de gobierno y que sean abiertos,
iguales, competitivos y basados en calificaciones; hizo notar que en el pasado
algunos funcionarios menospreciaron los resultados de los exámenes para
favorecer sus propios criterios de selección. En su opinión, el contenido de
los exámenes, en especial los escritos, era muy anticuado para permitir evaluar
adecuadamente a un candidato y saber si estaba calificado para tener un puesto
gubernamental. Agregó que los problemas más serios se prestan en las
entrevistas con los candidatos, pues no tienen normas y estándares consistentes
ni procedimientos específicos.
Al considerar y
discutir la nueva ley, el profesor Zhao propuso que
se vea que esa ley contenga requisitos legales claros para la organización de
los exámenes, con principios y normas de procedimiento aplicables, y que
permitan también evaluar a los candidatos para promociones y en esa forma poner
fin a la corrupción que existe. Si no se dispone de un método científico, las
promociones estarán influidas inevitablemente por los contactos personales más
que por el desempeño en el trabajo.
Otro diputado, Gui Zhongyue, representante de la
provincia de Shaanxi, situada al noroeste de China, propuso que se introdujera
un sistema de evaluación por sorpresa, sin previo aviso, como una ayuda para
identificar a los servidores públicos corruptos. Desde su punto de vista, el
sistema administrativo de China, que aspira a apoyar el desarrollo de una economía
de mercado, ya está maduro para aprobar una ley con todas esas características
y requisitos.
No puede dejar
de notarse que las opiniones expresadas por los entrevistados y sus propuestas
son iguales a las que, en su día, expusieron los funcionarios del gobierno
central y los gobernadores provinciales del gobierno imperial, en particular
los de la Restauración T’ung Ch’ih
de finales del siglo xix.
Son exactamente los mismos problemas a los que se enfrentan los administradores
actuales de la República Popular China, como son también los mismos problemas a
los que buscan solución las nuevas corrientes y teorías sobre la administración
pública en todos los gobiernos, en especial inmersos como están en los
problemas y oportunidades que trae la globalización.
Un aspecto
central en el caso chino es lograr tener el mecanismo de
control político y
administrativo más efectivo para el nuevo modelo de desarrollo que adoptó. El socialismo
de mercado, el nuevo
modelo chino, desató ya fuerzas internas que antes estuvieron controladas
celosamente por los eruditos-funcionarios, en especial la fuerza que tienen las
iniciativas económicas de los ciudadanos, que revelan cada día no solamente
ingenuidad, inteligencia y ambición, sino la determinación de aprovechar las nuevas
facilidades que dan los nuevos sistemas de comunicación, la electrónica más
elaborada, para hacer negocios en el ámbito internacional, y ello conlleva,
como lo temían los funcionarios chinos imperiales, abrir la puerta a ideas
peligrosas para el sistema y apropiarse de la facultad de decidir por sí mismos
lo que consideran más conveniente para ellos y sus familias.
La filosofía y
principios del confucianismo se adaptaban perfectamente para gobernar una
sociedad predominantemente agraria en la cual la obediencia
y la
lealtad eran las
virtudes que sostenían la trama del imperio. En una sociedad que es
crecientemente industrializada y vuelta hacia el comercio exterior, que
ávidamente recibe la mayor inversión extranjera disponible en el mundo actual,
aquellos principios ya no son aplicables, como tampoco lo es el antiguo sistema
de reclutamiento de servidores públicos. La búsqueda de nuevos puntales para el
socialismo de mercado y de administradores adecuados es continua, pero la
‘puerta abierta’, que no es igual a la política que proponía Estados Unidos
desde mediados del siglo xix,
para entrar sin obstáculo alguno al enorme mercado chino se despejó para que
los productos chinos salgan a los mercados mundiales en una oleada imparable
que los inunda. Y una vez que se abrió esa puerta, ya no será posible cerrarla.
En China el
impulso hacia la unidad política y el control central ocurrió desde muy
temprano en su historia. A pesar de repetidos intentos de volver atrás, el
movimiento hacia el establecimiento de un imperio persistió con un sentido de
algo históricamente inevitable. El despotismo irresponsable a menudo fue
moderado no por las unidades políticas inferiores, sino por las presiones
sociales e intelectuales que se ejercían por medio de un sistema burocrático en
continuo perfeccionamiento.
Ahora bien, el
imperio chino desapareció, pero la República Popular China se enfrenta
actualmente a problemas similares de corrupción entre sus funcionarios. En las
circunstancias presentes de esa nación será muy interesante observar cuáles
serán los principios sobre los que se constituirá el nuevo servicio civil
chino, y cómo se seleccionará y entrenará a los funcionarios que necesita el
gobierno chino en el siglo xxi
que, se dice, será el “siglo de Asia”.
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Recibido: 31 de enero de 2005.
Reenviado: 24 de mayo de 2005.
Aceptado: 1 de julio de 2005.
Omar
Martínez Legorreta es coordinador del Programa
Interdisciplinario de Estudios sobre Asia Pacífico y del Programa
Interdisciplinario de Estudios sobre Las Américas, de El Colegio Mexiquense a.c.,
organismo del que fue fundador y primer presidente. Cursó la licenciatura en la
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma
de México, la maestría en la School of Advanced International Studies (sais), The Johns Hopkins University,
Washington, dc, y estudios de doctorado en relaciones
internacionales, en el área de especialización Este de Asia y Pacífico. De 1964
a 2000 fue profesor e investigador de tiempo completo en el Centro de Estudios
de Asia y África de El Colegio de México, donde fungió también como secretario
general (1967-1971), director del mencionado centro (1982-1985) y asesor de la
Presidencia (1982-1985). Ha sido embajador de México ante la República Popular
China (concurrentemente acreditado ante Vietnam del Norte, Vietnam del Sur y
Kampuchea, 1975-1979) y en la República Socialista Federativa de Yugoslavia
(concurrentemente acreditado ante Albania, 1979-1981); además, miembro de la
delegación de México a la Conferencia General de la Unesco (París, 1974). Tiene
una decena de artículos publicados en revistas nacionales e internacionales,
orientados efectivamente a la zona Asia Pacífico.