Reseña de la obra
de Paul Claval, La geografía cultural, Buenos Aires, Eudeba,
1999, 378 pp., traducción de Lisandro A. de la Fuente. Título original: La
géographie culturelle, París, Editions
Nathan, 1995.
La geografía
cultural, rama disciplinaria de la Geografía académica, cuenta con tres puntos
de partida: la obra de Friedrich Ratzel
y Otto Schlütter en Alemania, los estudios de Carl O.
Sauer y la escuela de Berkeley en los Estados Unidos,
y la tradición fundada por Paul Vidal de la Blache en
la escuela regional francesa, retomada luego por Jean Brunhes
y Pierre Deffontaines. El interés por el paisaje
(entendiendo por éste paisaje rural), y en particular el análisis del mismo con
relación al uso y difusión de las innovaciones tecnológicas, es uno de los denominadores
comunes de estas diversas corrientes. Puesto el acento en la dimensión
estrictamente material de la cultura, la geografía cultural toma desde su
origen distancia –salvo escasas excepciones– respecto del estudio del vasto
conjunto de elementos que participan en la percepción del entorno, campo
relegado tradicionalmente a la etnografía. Así mismo, el fenómeno de la cultura
urbana queda borrado por el énfasis en el universo de las pequeñas comunidades
rurales, cuyas categorías conceptuales (nos referimos por ejemplo al estudio de
los genres
de vie –géneros de vida– de la escuela vidaliana) no se adaptan al análisis del mismo.
La temprana obsolescencia de los
conceptos desde los cuales los geógrafos culturales construyeron sus objetos de
estudio, tal vez sea el motivo del escaso desarrollo de la geografía cultural
en las universidades latinoamericanas. Sería interesante preguntarnos cuán
fructífero puede resultar, para las ciencias sociales de hoy, la revisión
crítica de dichos conceptos –que apuntan a comprender la diversidad humana– en
un momento en que los problemas planteados por el llamado proceso de
globalización, y su contrapartida en los conflictos de fragmentación étnica, se
sitúan en el centro de atención de los estudios contemporáneos.
El profesor Paul Claval goza de un
amplio reconocimiento entre sus colegas tanto en Francia como en el resto del
mundo, gracias al rigor de su extensa y muy variada producción sustantiva en el
campo de la Geografía académica, y por la erudición revelada en sus obras
consagradas a la historia de la disciplina. Ambas características se encuentran
en los catorce capítulos que componen La geografía cultural, que nos ofrece un reencuentro
crítico con esta tradición disciplinaria, así como con sus expresiones más
novedosas.
En la primera parte del libro, Paul
Claval hace uso de su bagaje como historiador de la Geografía para brindarnos
un sintético pero esclarecedor estado del arte, que recorre las diversas
corrientes de la geografía cultural desde su nacimiento hasta nuestros días.
Los capítulos posteriores a esta
breve introducción a la historia de la subdisciplina
examinan las interrelaciones que se establecen entre la cultura y los demás
factores que, desde el punto de vista del autor, inciden en la estructuración
de la sociedad en su relación con el territorio. A fin de dar cuenta de estas
vinculaciones, Paul Claval ancla su análisis en algunas áreas temáticas que
sorprenden por su variedad y nivel de profundidad. Consagra, por ejemplo, un
capítulo entero a la delicada y particular articulación entre naturaleza,
técnicas y representaciones que supone, para cada rincón del planeta, el acto
de alimentarse, del mismo modo que estudia con detenimiento, en otro capítulo,
la evolución diferencial de las construcciones rurales en distintas zonas de
Francia, o el efecto de la difusión de ciertas tecnologías para el cultivo en
la estructuración del espacio agrario europeo. Para dichos análisis, el autor
se basa tanto en sus desarrollos previos como investigador, como en la
producción teórico-sustantiva de un ecléctico conjunto de geógrafos,
antropólogos y sociólogos, contemporáneos o clásicos, provenientes de las más
variadas corrientes teóricas, a veces enfrentadas entre sí.
Los tres capítulos finales transitan
los problemas contemporáneos que constituyen la base del renovado interés por
esta rama de la Geografía, echando luz sobre las huellas culturales dejadas por
la geopolítica de la modernidad en los últimos siglos. El encuentro y el choque
de culturas, el colonialismo y la occidentalización del mundo, el desarrollo y
el subdesarrollo, así como las nuevas formas de transmisión cultural, son
leídos desde fenómenos concretos de hibridación o de resistencia cultural: el
sincretismo religioso, la emergencia de los nacionalismos y los
fundamentalismos, las nuevas utopías políticas, las modificaciones en el gusto
o el fin de las cosmovisiones tradicionales.
La
geografía cultural es
un libro abierto a distintos regímenes de lectura. Excede en gran medida al
público especializado en tanto aporta un enfoque original para la compresión de
los problemas que atañen a las dimensiones simbólicas de la espacialización
social. Sin embargo, más allá del atractivo de los temas abordados, La
geografía cultural
cobra interés por cuanto se suma al diálogo epistemológico que se desarrolla en
el seno de la subdisciplina.
Si bien el mismo David Harvey en Urbanismo
y desigualdad social
(1973) ya apuntaba que “si queremos llegar a un entendimiento de la forma
espacial, debemos preguntarnos en primer lugar por los caracteres simbólicos de
dicha forma”, este programa recién ha comenzado a ponerse plenamente en
práctica diez años más tarde. Durante las últimas dos décadas, en el interior
de esta disciplina, y especialmente en el mundo anglosajón, se han venido
desarrollando intentos para la construcción de una “new
cultural geography” emparentada al auge de los estudios
culturales, conjunto de trabajos heterogéneos interesados por el análisis de
una amplia gama de manifestaciones que abarcan desde la literatura clásica o la
música popular, hasta los hábitos de consumo urbanos o las conductas de
interrelación personal. La vida cotidiana en las ciudades modernas ha
significado un gran foco de atención para muchos de dichos estudios.
En la new
cultural geography –del mismo modo que en los estudios culturales– ha
confluido, con distinta intensidad según los casos, un ecléctico conjunto de
universos teóricos: fundamentalmente, la escuela filosófica de Francfort (Theodor Adorno, Jürgen Habermas, Walter Benjamin), el psicoanálisis lacaniano,
el materialismo cultural de Stuart Hall y Raymond Williams, la lingüística postestructuralista (con su mayor exponente en el grupo
Tel-Quel), las filosofías posmodernas de Michel
Foucault, Gilles Deleuze o
Jacques Derrida, y la antropología simbólica de Clifford Geertz. El marco
epistemológico de la geografía cultural se transforma de modo considerable:
allí donde la atención se centraba en el estudio de los vestigios materiales,
los paisajes, las herramientas y las edificaciones rurales, nos encontramos
súbitamente con identidades, subjetividades, percepciones, y, básicamente,
discursos. No hay objetos por fuera de las prácticas discursivas: el paisaje
pierde su autonomía; deviene, en términos de Raymond Williams, “un producto de
la mirada”.
Paul Claval no hace caso omiso a la
alarma encendida por estas corrientes que procuran, en las palabras del
profesor, “comprender la interpretación simbólica que los grupos y las clases
sociales dan al entorno, las justificaciones estéticas o ideológicas que
proponen y el impacto de las representaciones acerca de la vida colectiva”. Sin
embargo, intenta no desaprovechar el camino recorrido por la geografía cultural
desde el origen, amalgamando muchas de sus tradiciones en una nueva forma de
lectura del paisaje, esta vez inspirada en Michel Foucault. La lectura
heterotópica de los paisajes que Claval propone, indaga tanto en
las sucesivas funcionalizaciones y refuncionalizaciones
de los paisajes humanizados, como en el complejo encadenamiento de lecturas y
reescrituras que éstos hayan sufrido. El paisaje, en tanto producto humano, es
un hecho contingente y difícilmente sea el espejo del universo simbólico de
quienes le dieron forma. No obstante, esto no lo priva “de interés y pertinencia”
para el estudio.
Lisandro de la Fuente
Universidad
de Buenos Aires/Facultad de Filosofía y Letras