Elecciones municipales en el Estado de México: un
análisis del contexto local
Jaime Sobrino
El Colegio Mexiquense
Resumen
El objetivo del presente
artículo consiste en exponer las principales características de los tres
últimos procesos electorales en el Estado de México para elegir Ayuntamientos.
Para ello, se parte de un análisis sobre el significado y las funciones de los
gobiernos locales, su relación con los procesos electorales, y una revisión al
concepto y desarrollo de la disciplina de geografía electoral.
Gobiernos locales y procesos
electorales
El gobierno local es una
forma de autogobierno que se encarga de la administración de los aspectos
públicos en cada localidad y se compone de un cuerpo de representantes de la
comunidad. Está sujeto al gobierno central de muchas maneras, pero posee una
considerable cantidad de responsabilidad y poder discrecional. El gobierno
local es una forma de descentralización de funciones públicas delimitadas a un
contexto territorial (Byrne, 1986: 1).
Entre los rasgos
estructurales significativos del gobierno local destacan: el ser un poder
comunitario, porque está basado y sostenido por la realidad social más
inmediata y concreta; ser un poder localizado, por estar sometido a la
geografía y realidad natural; y ser un poder con responsabilidad, ya que aunque
depende del gobierno central en cuanto a su autonomía o subordinación, posee
personalidad jurídica y moral (Massé, 1993: 45-46).
Los gobiernos locales
contienen un número de características distintivas que les permiten
identificarse como una forma particular de administración pública. Entre dichas
características aparecen, según Byrne (1986: 2-3): a) ser electo por
medio de un proceso electoral formal; b) desempeñar un gran número de
funciones; e) tener una escala local de operación; d) tener una
estructura orgánica claramente definida; e) estar subordinado al
gobierno central mediante un marco jurídico y legal; f) tener un sistema
tributario propio.
El artículo 115 de la
Constitución del país menciona que el municipio es la base de la división
territorial y organización política y administrativa de los estados. El
municipio es administrado por un Ayuntamiento de elección popular directa; está
investido de personalidad jurídica y maneja su patrimonio conforme a la ley;
tiene a su cargo una serie de servicios públicos, y facultades para formular,
aprobar y administrar la zonificación y los planes de desarrollo urbano
municipal.
Los gobiernos locales
desempeñan una serie de funciones o actividades, las cuales han sido divididas
de diversas maneras. Así, se tiene una primera visión, derivada de la teoría
económica urbana, en la cual se vislumbran cuatro tipos de funciones:
prestación de servicios públicos, inversión, financiamiento y regulación
(Hirsh, 1977: 430-438).
La prestación de servicios
públicos constituye la función principal y prístina del municipio. Se refiere a
la cantidad y calidad de servicios proporcionados, así como a los agentes y
modalidades que intervienen en el suministro. Esta función se delimita
jurídicamente, y para el caso mexicano, el artículo 115 constitucional
establece que los municipios tendrán a su cargo los servicios públicos de agua
potable y alcantarillado, alumbrado público, limpia, mercados y centrales de
abasto; panteones, rastros, calles, parques y jardines, seguridad pública y
tránsito, y los demás que las legislaturas locales determinen.
A lo largo del presente
siglo, los gobiernos locales han incrementado la cantidad y variedad de
servicios públicos suministrados. Esto a consecuencia del avance en los niveles
de bienestar de la población, el desarrollo en la aceptación y formalización de
necesidades sociales, y la transferencia o descentralización funcional desde el
poder central al local. Los servicios públicos se pueden dividir en cuatro
tipos:
Servicios de protección, que
constituyen una de las divisiones más antiguas de la administración local. Su
función es negativa en carácter ya que consisten en la promoción de bienes para
reducir riesgos. En este rubro se incluyen las centrales de bomberos,
estaciones de policía, manejo de residuos sólidos, inspección sanitaria y de
pesos y medidas.
Servicios comunales, los cuales
proporcionan beneficios para toda la población en un sentido más positivo que
los anteriores. Se conforman por planeación territorial, vialidades, alumbrado,
parques y jardines.
Servicios personales, para
asistencia directa a aquellas personas que lo necesitan. Son las actividades más
costosas para el gobierno local, pero muchas de ellas se proporcionan sin costo
o subsidiadas por lo que contribuyen a redistribución del ingreso y reducción
de desigualdades sociales. La educación, salud y asistencia local son ejemplos
de estos servicios.
Servicios comerciales, ofrecidos
por el gobierno en competencia o de manera complementaria a la iniciativa
privada. (Richards, 1983: 59-72)
Las funciones de inversión
corresponden a la serie de mecanismos y estrategias financieras que desarrollan
los gobiernos locales para la construcción y operación de los soportes
materiales de los servicios públicos. Dada la escasez de recursos financieros,
los gobiernos se enfrentan a la toma de decisiones entre proyectos
alternativos, procurando elevar el nivel de satisfacción, pero también para
responder a las expectativas de la población derivadas del proceso político
electoral.
Para cumplir con las dos
funciones anteriores, los gobiernos locales cuentan con opciones de
financiamiento, por lo que las finanzas públicas locales son elemento clave
para el gobierno y la administración, pues gracias a ellas se realizan las
distintas acciones y actividades que le han sido atribuidas. El financiamiento
procede de recursos propios, así como de créditos y transferencias realizadas
por el gobierno central.
Finalmente, las funciones de
regulación se vinculan con las distintas reglamentaciones elaboradas para el
ordenamiento del territorio y la actuación de los distintos agentes sociales.
Estas tareas de regulación serían, en un sentido más modesto, el equivalente de
las tareas legislativas del gobierno central.
Otro punto de vista en la
clasificación de funciones de los gobiernos locales, es aquella establecida a
partir de la distribución del gasto público. Según ésta, los gobiernos asumen
tres funciones generales: estabilización, redistribución y asignación de
recursos (Muth, 1975: 361-363).
Las funciones de
estabilización se refieren a aquellas vinculadas con el comportamiento de las
variables macroeconómicas. Son generalmente competencia de los gobiernos
centrales y en ellas las administraciones locales inciden muy poco. Sin
embargo, las consecuencias del desarrollo económico global tienen
necesariamente una repercusión espacial, por lo que los gobiernos locales son
los encargados de resolver los problemas y conflictos que se generan en su
territorio y sociedad.
Por otro lado, las funciones
de redistribución tienen la finalidad de mejorar el bienestar de la población o
corregir la distribución de recursos derivada del mercado. Dichas funciones se
llevan a cabo a partir de la prestación de servicios públicos como educación,
salud, vivienda y asistencia social. La provisión de estos servicios tiende a
mejorar las desigualdades espaciales y sociales, y se les denominan bienes sociales.
Las funciones de asignación
de recursos se relacionan con la producción y dotación de ciertos bienes y
servicios en los cuales el consumo de una persona no afecta el de los demás,
por lo que se denominan bienes públicos puros que no son divisibles y no son
ofertados por el mercado. Estos bienes pueden ser locales, metropolitanos o
regionales. Los locales incluyen servicios como bomberos, policía, bibliotecas,
parques y jardines; los de ámbito metropolitano o regional son vialidades,
autopistas, agua potable, electricidad, terminales, y planeación territorial.
Existe otro tipo de
clasificación de funciones derivada de la ciencia política. Desde este punto de
vista, los gobiernos locales asumen dos tipos de funciones: sustantivas y
adjetivas (Martínez, 1993: 120-142).
Las funciones sustantivas o
fundamentales se relacionan con el concepto de gestión municipal, es decir, el
conjunto de acciones que tienen la finalidad de salvaguardar los intereses
comunes de la localidad. Estas funciones incluyen: prestación de servicios
públicos, desarrollo económico y social, desarrollo urbano, y acciones de
trabajo comunitario y participación ciudadana. Por lo que atañe a las funciones
adjetivas o complementarias, se conciben como acciones desempeñadas por la
administración municipal para dar cumplimiento a los fines del gobierno local.
Éstas involucran a la planeación, hacienda local, administración del personal y
recursos materiales.
Una cuarta clasificación de
funciones se puede obtener a partir de los conceptos de la administración
pública. Desde esta perspectiva, los gobiernos locales cumplen dos grandes
funciones: administración del territorio y gobierno político (Ziccardi, 1994:
89-103).
Las funciones de
administración del territorio incluyen todas aquellas acciones que el gobierno
central ha transferido a los locales, con la finalidad de avanzar en la
descentralización funcional. En ellas se pueden englobar la prestación de
servicios públicos, el manejo de la hacienda local, y la elaboración de planes
de desarrollo territorial.
Para el cumplimiento de estas
funciones, el presidente municipal forma un equipo de trabajo denominado administración
municipal. En México no existen reglas claras para el reclutamiento de
personal, por lo que es urgente que exista una carrera de funcionario municipal
que garantice la capacitación de quienes manejan la administración local. Estas
tareas de capacitación se han encomendado de facto a los institutos
estatales de administración pública.
Las administraciones locales
entablan un conjunto de relaciones intergubernamentales con el gobierno estatal
y con diferentes instituciones del federal. Dichas relaciones permiten en gran
medida cumplir con éxito las promesas de gobierno, así como asegurar las
acciones de inversión y prestación de servicios públicos.
Recientemente se ha realizado
una serie de estudios tendentes al análisis de los cambios o innovaciones que
han ido adoptando algunas administraciones municipales en el país. La
innovación municipal es un proceso detonador de reconfiguración institucional
en el ámbito de una administración municipal, capaz de generar un conjunto de
resultados que mejoren las estructuras de gobernabilidad y calidad de la
gestión municipal (Cabrero, García y Gutiérrez, 1995: 30). Si bien estas
innovaciones parten de la recomposición en las funciones administrativas del
municipio, tienen injerencia también en las funciones de gobierno, ya que estas
últimas son las encargadas de promover, fomentar, consolidar y mantener dichas
innovaciones.
Las innovaciones municipales
pueden ser de tres tipos (Conde,1996: 4): a) técnicas, cuando se usan nuevas
formas, tecnologías o modos de financiamiento para la prestación de servicios
públicos, o cuando se ponen a disposición de los habitantes nuevos productos y
servicios; b) administrativas, asociadas con procesos de simplificación
administrativa, nuevos mecanismos de atención a la ciudadanía y cambios en la estructura
organizativa; y e) de interrelación entre agentes, entendidas como aquellas
encaminadas a la apertura de la participación ciudadana para promover prácticas
democráticas de gestión administrativa y de gobierno.
Para el cumplimiento de las
funciones de gobierno político, la ciudadanía elige por medio del voto directo
y en planilla única a los representantes de los partidos políticos que ocuparán
la presidencia municipal y los cargos del Ayuntamiento o cabildo (síndicos,
regidores de mayoría relativa y regidores de representación proporcional). Las
elecciones municipales representan el proceso mediante el cual se designa al
Ayuntamiento o cuerpo político representativo del gobierno local. Las
elecciones locales acercan a los ciudadanos al proceso de decisión; éstas se
desarrollan en un marco restringido y concierne a candidatos mucho más próximos
a sus electores con relación a las elecciones estatales o federales.
El sistema electoral es un
elemento del sistema político que permite a la ciudadanía participar en las
decisiones políticas que proponen los partidos. La participación ciudadana en
los procesos electorales tiene la finalidad de aceptar o rechazar la plataforma
política de los partidos contendientes. Con la elección se asegura la
representación de los gobernados, a la vez que se da pauta para el surgimiento
y desarrollo de partidos políticos, los cuales se convierten en intermediarios
entre electores y gobernantes (Cotteret y Emeri, 1973: 113).
El sistema electoral influye
en la estructura y dinámica del sistema de partidos políticos en el poder. La
estructura presenta cuatro tipos principales: a) partido monopolista, cuando un
solo partido concentra más de 80% de los puestos de elección; b) partido
dominante, cuando un partido obtiene entre 60 y 80% de los puestos de elección;
e) bipartidismo, cuando un partido gana en no más de 60% de los casos y otro en
no menos de 30%; y d) multipartidista, cuando un tercer partido alcanza 10% o
más de los puestos de elección. Para conocer la estructura de un sistema
regional, los puestos de elección conseguidos por cada partido político pueden
ser remplazados por el porcentaje de población que en dicha región es gobernada
por cada partido político.
En el caso de una estructura
de partido único o monopolista se genera una dictadura de partido. El sistema
electoral participa en la unión del partido con el Estado, por lo que se
obtiene una ideología de Estado partidista. Por otro lado, una
estructura multipartidista es un elemento a priori de inestabilidad en
la gobernabilidad, dado que las alianzas entre partidos deterioran su identidad
organizativa. Cuando las alianzas se llegan a establecer, las más estables
ocurren entre partidos opositores (ideológicamente lejanos), mientras que las
de partidos competidores (próximos ideológicamente) son más complicadas y
vulnerables por la semejanza de principios y ambiciones políticas (Panebianco,
1982: 411-416).
La dinámica del sistema de
partidos políticos se expresa mediante los cambios −o permanencia− en las
preferencias de los electores y la geografía electoral del territorio de
referencia. Con el paso del tiempo se conforma un sistema con un partido en el
poder, partidos de oposición y gobiernos de coalición. Existen cinco factores
que influyen en el comportamiento de la dinámica del sistema:
1.
Existencia de partidos políticos. A mayor cantidad, mayores cambios en la
estructura del sistema de partidos políticos.
2.
Frecuencia de las elecciones. A mayor frecuencia, menores cambios.
3.
Tamaño de población. Cuanto más grande es una población −local o nacional−
menores serán los cambios esperados.
4.
Migración. Los territorios que presentan mayores tasas de inmigración tendrán
menores cambios.
5.
Calidad de vida. A mayor calidad de vida, derivada de la provisión de servicios
públicos, menores cambios.
El proceso electoral es la
serie de actividades, tareas y decisiones que realizan los organismos
electorales, partidos políticos y ciudadanos, encaminados a elegir a los
integrantes del gobierno (López, 1988: 52). Este proceso se conforma por tres
fases: a) preparación de los comicios (registro de electores, designación de
organismos político-electorales, registro de candidatos, preparación de
documentos e integración de la mesa de casilla); b) jornada electoral
(recepción física de sufragios y escrutinio); y e) actos posteriores (cómputo
de votos, levantamiento de actas, registro y entrega de constancias de mayoría,
calificación de las elecciones y toma de posesión).
Este proceso está regido por
una legislación electoral que marca los procedimientos para la elección del
poder ejecutivo y legislativo, según lo indicado en los preceptos
constitucionales. En el caso de México, las elecciones federales se ciñen a lo
establecido en el Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales
(COFIPE), mientras que las estatales y municipales, a las legislaciones
elaboradas por cada estado. Estas legislaciones generalmente siguen de cerca y
adecúan sus propias características a la ley federal electoral en vigor, pero
no es obligación ni regla, ya que varias entidades tardan tiempo para adoptar y
adaptar las normas federales, e incluso se presentan casos en que algunas
disposiciones son distintas o contrarias a las vigentes en el ámbito federal
(Crespo, 1996: 9).
La participación ciudadana en
el proceso electoral es un indicador de la cultura política, que se define como
el conjunto de actividades, sentimientos y valores que actúan sobre la conducta
política de un individuo (Pacheco, 1991: 37). Existe un precepto generalizado
de que la cultura política alcanzada por la población está determinada por el
grado de información recibida; sin embargo, existe un campo de formación de
opinión que pasa por mecanismos subjetivos que no están necesariamente sujetos
a la lógica de la racionalidad. Un elector puede ser comparado con un
consumidor racional en el que opera un cálculo de costo-beneficio y
satisfacción de necesidades para decidir el consumo dentro de un espectro de
bienes y servicios existente. Mientras que el individuo como consumidor decide
su consumo en función del ingreso y sus necesidades, como elector lo hace a
partir de su cultura política, en la que intervienen no sólo aspectos
racionales (como podrían ser el ingreso y las necesidades para el consumidor),
sino además elementos subjetivos y coyunturas que se presentan en el momento de
la votación.
Pero además, puede ocurrir
que el individuo simplemente se abstenga de acudir a las urnas y sienta que
asume una actitud racional. El abstencionista no acude a las urnas porque
siente que su voto no vale (posición racional), porque no está informado
(cultura política objetiva), o porque la vida pública no le interesa (cultura
política subjetiva). El abstencionista no informado es "apático" de
los procesos electorales y tiene mayor presencia entre los sectores populares,
especialmente mujeres; mientras que el que no ve opciones es un abstencionista
"activo" y tiene mayor presencia en las clases medias y altas de la
sociedad (Salazar y Emmerich, 1993:168-171).
Una de las características
del proceso electoral es que el voto es secreto, por lo que no se puede saber
con exactitud quiénes votaron y por qué lo hicieron así. Existen dos enfoques
que han dominado el campo de estudio a estas dos preguntas: la psicología
electoral y la sociología electoral. El primer enfoque analiza la racionalidad,
la irracionalidad, el super-ego político del elector, así como los
comportamientos electorales de identificación y rechazo. El segundo atañe al
estudio del comportamiento electoral de grupos sociales (Sanguín, 1981:
109-113).
Los factores que explican la
pregunta quiénes votaron son los siguientes (Byrne, 1986: 96-97):
1. Edad.
La población menor a 35 años parece votar menos que la de mayor edad.
2.
Género. Parece no haber gran diferencia, aunque las mujeres jóvenes casadas son
menos propensas al voto.
3. Clase
social. En países como Inglaterra se ha observado poca diferencia en los
niveles de participación por grupos sociales, mientras que en otros, como los
Estados Unidos, existe una mayor presencia de la clase media.
4.
Activistas. Los miembros o simpatizantes de algún partido político muestran
mayor participación frente al resto de la población.
5.
Posesión de casa-habitación. Los propietarios son más propensos al voto en
comparación con los arrendadores.
6.
Inmigrantes. Presentan menor propensión al voto, sobre todo en elecciones
locales.
Para avanzar en la respuesta
al por qué la sociedad votó de esa manera, se ha desarrollado todo un cuerpo
teórico y metodológico denominado geografía electoral, la cual privilegia la
relación entre el comportamiento de los electores y la estructura espacial, a
partir del análisis de la distribución geográfica del voto, de las relaciones
causales entre resultados electorales y características socioeconómicas y
demográficas de la población, así como de las consecuencias de la fragmentación
del electorado en distintas delimitaciones territoriales (Graizbord y Sobrino,
1990: 228). A continuación se abordará este campo de estudio.
Sobre la geografía electoral
La geografía electoral es una
rama de la ciencia política que estudia la distribución territorial de los
votos, bajo el supuesto de que dicha distribución esconde y revela pautas
sociodemográficas de distribución de las preferencias electorales (Emmerich, 1993:
11). Para ello, se utiliza el método ecológico, que consiste en relacionar los
resultados electorales (variable dependiente) con los perfiles
sociodemográficos de las zonas respectivas (variables independientes). Esta
disciplina tiene una larga historia intelectual. El mapeo de los resultados
electorales ha ilustrado señales importantes en la operación de los gobiernos
modernos, pero también ha sido víctima de un gran empirismo.
Durante la década de los
cincuenta, la ciencia política fue dominada por un tipo de análisis empírico
del comportamiento electoral. Este análisis establecía las actitudes reportadas
y las características de los votantes individuales por medio de muestreos que
permitían obtener inferencias de la población total (Johnston, Shelley y
Taylor, 1990: 2). El método de comportamiento estaba ligado a un concepto de
gobierno democrático, liberal y multipartidista, en el cual los gobiernos eran
elegidos a partir de una competencia abierta entre partidos políticos, los
cuales ofrecían plataformas optativas para un interés racional de los
electores. El votante actuaba de manera racional, ya que buscaba incrementar su
utilidad individual (Downs, 1957: 17-36).
El predominio del análisis
del comportamiento electoral en la ciencia política relegó a un segundo plano a
la geografía electoral en los años cincuenta y mediados de los sesenta. El
punto era explorar la utilidad racional del elector, sin importar su
localización espacial. Sin embargo, este análisis empezó a ceder frente a la
geografía electoral hacia finales de los sesenta, como resultado de la
impugnación a sus dos premisas fundamentales: la veracidad del pluralismo
liberal, y las dudas sobre la actitud racional y objetiva de los electores.
A partir de los sesenta, la
geografía electoral ha desarrollado diversos métodos de estudio, a partir del
reconocimiento de que la selección de gobiernos se basa en decisiones de
votantes individuales y la suma de sus preferencias. Cabe mencionar que a
partir de esa fecha, la geografía electoral se ha ligado en mayor o menor grado
con el campo de estudio de la teoría social, no obstante que aún en la
actualidad se considera como parte de la ciencia política.
Los estudios de geografía
electoral con una perspectiva de teoría social han tenido cuatro enfoques
fundamentales (Johnston, Shelley y Taylor, 1990: 15-21):
1.
Geografía del comportamiento electoral, impulsado por la escuela francesa de
sociología electoral, e inspirado en los análisis de comportamiento elaborados
en la década de los cincuenta.
2. Efecto
geográfico de los flujos de información en el comportamiento electoral
individual, relaciones interpersonales y conformación de una cultura política
de la sociedad. Bajo esta perspectiva, el comportamiento del electorado está en
función del cúmulo de información política recibida.
3.
Geografía del sistema electoral, privilegiando el estudio de los mecanismos y
variables asumidos para la fragmentación del territorio en distritos
electorales, y los efectos de dicha división espacial en los resultados de la
votación.
4.
Relaciones entre la geografía del desempeño electoral y el sistema de partidos
políticos existente; los trabajos se centran en verificar relaciones entre la
organización, plataforma y movilización de los partidos políticos, y su efecto
en las decisiones del electorado.
Cada enfoque puede ser
tratado a partir de una escala de análisis y de las causas del comportamiento
electoral. Las escalas de análisis más empleadas han sido individuos, grupos
pequeños, grupos sociales amplios, división del territorio en centro y
periferia y contextos locales; por otro lado, dentro de las causas del
comportamiento se han privilegiado: la información, la economía pública y su
relación con la calidad de vida de la población, los conflictos entre clases sociales
derivadas del sistema capitalista, y las costumbres y los patrones de vida
cotidiana.
La principal demanda hacia el
cambio de la geografía electoral con un paradigma de teoría social, radica en
que las categorías nacionales no son empíricamente apropiadas o teóricamente
coherentes para explicar las causas del comportamiento electoral. La causalidad de este comportamiento puede ser
descubierta sólo a partir del estudio de mecanismos sociales específicos que
trasladen una estructura social en actos individuales. Desde este punto de
vista, la geografía electoral ha cambiado su foco de atención desde la
psicología del votante individual −y racional− hacia la historia de los lugares
y partidos políticos.
Una de las ramas con mayor
desarrollo en la geografía electoral es la del contexto local, que examina a la
geografía electoral en términos de la experiencia cotidiana dentro de grupos
sociales asociados a lugares particulares. En esta microsociología espacial se
analizan contextos específicos que tienen características propias como son:
historia, desarrollo socioeconómico, interrelaciones externas y tradiciones
particulares. Los lugares constituyen el contexto social en el que se expresan
las preferencias políticas.
Los estudios sobre temas
electorales en el país tienen una larga tradición que data de la década de los
treinta, pero a partir de los ochenta se evidenció un aumento notable en el
número de libros, artículos y ensayos realizados. Una recopilación
bibliográfica de 1988 (Arreola y Molinar, 1988) mostraba 465 títulos de libros,
artículos, capítulos, ensayos periodísticos, ponencias y declaraciones,
enfocadas básicamente al tratamiento de la democracia, reforma política,
partidos políticos, resultados electorales, y legislación electoral. Del total
de títulos, 110 correspondían a bibliografía regional sobre temas en poderes
locales, municipios y descentralización, elecciones locales y participación
ciudadana. Por otro lado, un libro que presenta la evolución de la
investigación urbana y regional en México de 1940 a 1991, seleccionó
1,831libros y artículos que incorporaban como nivel de análisis la dimensión
urbana o regional (Garza, 1996). De ellos, poco más de cuarenta títulos se
referían a estudios sobre comportamiento político, movimientos sociales, grupos
de poder locales y participación ciudadana.
En la producción literaria
sobre elecciones en México, los estudios acerca de la geografía electoral son
relativamente recientes dado que los comicios tenían resultados fácilmente
previsibles: el triunfo casi invariable del PRI, lo que propiciaba una
estructura en el sistema de partidos de tipo monopolista y una pobre dinámica
en el mismo. A pesar de lo anterior, los trabajos pioneros mostraron ciertas
características en los resultados electorales del país. Autores como Rafael
Segovia, Pablo González Casanova, Carlos Martínez Assad y Juan Molinar
Horcasitas, encontraron en sus estudios durante los años setenta y ochenta, que
los porcentajes de votación por el PRI eran directamente proporcionales a las
características rurales de los territorios, por lo que una de las evidencias
iniciales en el comportamiento electoral del país era la dualidad rural-urbana,
priísta la primera, más opositora la segunda (Emmerich, 1993: 9-13).
El avance de la oposición y
sus triunfos en algunas elecciones municipales, pero sobre todo los resultados
de las elecciones para presidente, diputados y senadores de 1988, propiciaron
una mayor atención hacia lo ocurrido y dieron un impulso definitivo a la
realización de estudios, ensayos y reflexiones sobre el tema, incluyendo la
geografía electoral.
Dicho avance de la oposición
se puede ilustrar con lo siguiente: en 1989, los electores de Baja California
votaron por el primer gobernador no priísta del México contemporáneo; en 1992,
de los 2,389 municipios, el PRI gobernaba en 2,131, contra 99 del PRD, 79 del
PAN, 20 del PARM, y 60 de otros partidos y concejos municipales (SEGOB, 1992);
en 1994, el PAN gobernaba en 103 Ayuntamientos, contra 85 del PRD, 50 de otros
partidos y 2,154 del PRI (SEGOB, 1994:64); finalmente, en 1996, y según datos
de la dirigencia nacional del PAN, el PRI tenía en su poder los Ayuntamientos
de 1,943 municipios, frente a 248 del PAN diseminados en 26 entidades
federativas, 222 del PRD en 21 estados, y 17 de otros partidos políticos. Cabe
mencionar que al finalizar 1996, en los 470 municipios gobernados por el PAN y
el PRD vivían poco más de 43 millones de mexicanos, equivalentes a 47.4% de la
población nacional (El Universal, 23-XII-1996 y El Financiero, 5-I-1997).
Por lo general, los estudios
de geografía electoral realizados en el país parten del enfoque del
comportamiento de los electores, en el que se presentan resultados oficiales de
las elecciones (federales, estatales o municipales), y la relación (o asociación
estadística) entre el voto y los atributos de la población. Siguiendo con este
enfoque, a continuación se presentan los resultados de los tres últimos
procesos electorales del Estado de México para elegir a sus gobiernos locales.
Elecciones municipales en el
Estado de México
Como ya se mencionó, una de
las características del gobierno local es que resulta electo por la ciudadanía
en un proceso electoral democrático (en teoría) que se caracteriza por el
derecho al voto secreto, la organización y administración de las elecciones
bajo la responsabilidad de ciertos Órganos imparciales, la difusión informativa
de las elecciones, y el resultado de la elección de manera directa e inmediata.
Los electores pueden tener la
impresión de que su voto es muy importante para el futuro desarrollo del
municipio. Sin embargo, los niveles de participación son menores con relación a
los procesos federales o estatales, debido a la debilidad real del Ayuntamiento
para desempeñar sus distintas funciones. Las elecciones municipales en el
Estado de México son ejemplo de lo anterior: entre 1981 y 1996 el promedio de
abstencionismo en las elecciones de presidentes municipales llegó a 51.1%,
contra 44.7% para diputados federales, 39.7% para gobernador, y 35.4% para
presidente de la República. Esto significa que la población mexiquense le ha
dado mayor importancia a los comicios para elegir jefe del Ejecutivo nacional y
estatal, apartándose de las urnas a la hora de renovar alcaldías.
El Estado de México se
compone de 122 municipios, de los cuales Valle de Chalco Solidaridad es el más
reciente al erigirse en noviembre de 1994. La superficie total del estado es de
22,183.7 km2, equivalentes a 1.13% de la nacional. Los municipios
presentan gran heterogeneidad en tamaño, siendo los mayores: Tejupilco (1,327.6
km2), San Felipe del Progreso (856.1), y Tlatlaya (798.9); por otro
lado, los de menor tamaño son Polotitlán (3.6 km2), Almoloya del Río
(6.4), y Chiconcuac (6.9).
Según datos definitivos del
conteo de población de 1995 (INEGI, 1996a), el Estado de México tenía
11,707,964 habitantes, participando con 12.84% de la población total del país.
Durante el quinquenio 1990-1995, el estado registró una tasa de crecimiento
total de 3.17% anual promedio, superiora la experimentada en la década de los
ochenta, de 2.70%; por lo que su dinámica demográfica observó un repunte, en
contraste con el descenso manifestado a nivel nacional. Del crecimiento total
en el primer quinquenio de los noventa, 2.26% fue producto del crecimiento
natural, y 0.91%, del social. En esos cinco años, la entidad consiguió una
categoría de atracción moderada de población, con un saldo neto migratorio de
546,113 habitantes.
Con los resultados
definitivos del conteo de población 1995 y la tasa de crecimiento total 1990-1995
de cada municipio, la población estimada al primero de enero de 1997 era de
12,168,654 habitantes. Ésta presentaba una distribución espacial caracterizada
por la gran concentración en pocos municipios y dispersión en la gran mayoría
de éstos. Los más importantes, desde el punto de vista demográfico, eran
Ecatepec, Nezahualcóyotl, Naucalpan, Tlalnepantla y Toluca. En ellos habitaba
40.2% de los mexiquenses; mientras que los 50 municipios con menor población
albergaban únicamente a 5.4% (véase el cuadro anexo).
El Estado de México es la
segunda entidad del país desde el punto de vista de su aportación al producto
interno bruto (PIB) nacional. En 1993 generó 118.6 mil millones de pesos (a
precios de 1993), participando con 10.5% del PIB total del país. Su estructura
económica se especializaba en las grandes divisiones de industria
manufacturera, que aportaba 17.4% del PIB nacional, y el sector de la
construcción, con 10.9% (INEGI, 1996b: 3-42).
La distribución territorial
del PIB estatal acusaba mayores niveles de concentración-dispersión respecto a
la variable demográfica. Los cinco municipios más importantes (Naucalpan,
Tlalnepantla, Toluca, Ecatepec y Cuautitlán Izcalli) generaban 67.6% del PIB
del estado, en tanto que los 50 con menor generación de valor agregado apenas
contribuían con 1.7 por ciento.
La heterogénea distribución
de población y actividades económicas sobre el suelo mexiquense, propicia la
existencia de regiones. El Plan de Desarrollo del Estado de México 1993-1999,
identifica ocho regiones y 26 subregiones que en general cumplen requisitos de
homogeneidad; están integradas por municipios completos y serían base para
identificar proyectos de desarrollo específicos (Gobierno del Estado de México,
1993a: IV-82 a IV-87). Para fines de análisis de los procesos electorales en el
ámbito municipal, se empleará la siguiente regionalización (para los criterios
de regionalización, véase Sobrino y Garrocho, 1995: 54-78) (mapa 1):
I.
Región metropolitana de la ciudad de México. Integrada por 28 municipios y una población estimada en
8,526,906 habitantes, al 1 de enero de 1997.
II.
Región metropolitana no conurbada.- Compuesta por 27 municipios y 555,074
habitantes.
III.
Región del valle de Toluca.- Formada por 25 municipios y 1,590,279 habitantes.
IV. Región
norte.- Concentra 16 municipios con una población de 792,621 habitantes.
V.
Región sur.- Conformada por 26 municipios y 703,774 habitantes.

De acuerdo con el artículo
117 de la Constitución del Estado de México, los Ayuntamientos se integran por
un presidente municipal y síndicos y regidores cuyo número se determina en
razón directa de la población del municipio. Los Ayuntamientos pueden tener
síndicos y regidores electos según el principio de representación proporcional
(Gobierno del Estado de México, 1996a: 41).
En la Ley Orgánica Municipal,
el artículo 16 establece que los Ayuntamientos se integran de la siguiente
manera (Gobierno del Estado de México, 1996a: 80):
Un presidente, un síndico y seis
regidores de mayoría relativa, y hasta dos regidores de representación
proporcional, en municipios con hasta 150,000 habitantes.
Un presidente, un síndico y siete
regidores de mayoría relativa, y hasta tres regidores de representación
proporcional, en municipios cuya población fluctúe entre 150,000 y 500,000
habitantes.
Un presidente, dos síndicos y nueve
regidores de mayoría relativa, y hasta cuatro regidores de representación
proporcional, en municipios con población de 500,000 a un millón de habitantes.
Un presidente, dos síndicos y 11
regidores de mayoría relativa, y hasta un síndico y cinco regidores de
representación proporcional, en municipios con más de un millón de habitantes.
Con base en los resultados de
los procesos electorales municipales de 1991, 1994 y 1996, el sistema de
partidos políticos pasó de una estructura de partido monopolista a otra
multipartidista. Durante el primer año, el PRI ganó en 116 de las 121 alcaldías
en disputa, gobernando a 99% de los mexiquenses, mientras que en 1994 sus
alcaldías disminuyeron a 109, pero aún gobernaba 97% de la población; y
finalmente, en 1996 su representación bajó a 73 de los 122 municipios, y a
49.9% de la población. Todo esto contra 22 municipios del PAN y 30.3% de la
población; 26 municipios perredistas que concentraban 19.7% de los habitantes
de la entidad; y un municipio ganado por el PVEM.
El 11 de noviembre de 1990 se
realizaron elecciones para renovar los 121 Ayuntamientos y elegir a la LI
Legislatura estatal. En aquella ocasión, acudieron a las urnas 1,533, 988
personas de un padrón de 4,515,944, lo que significó 66% de abstencionismo, una
de las cifras más altas registradas hasta esa fecha (véase el cuadro 1).

Al contabilizar los votos
totales emitidos, 53.1% estaban cruzados en favor de: PRI, 15.1%; PAN, 13.9%;
PRD y otros partidos, nulos y no registrados, 17.9%. Cabe mencionar que por
primera ocasión en elecciones municipales el PRI obtuvo menos de 60% de los
sufragios totales, el PAN mostró un avance modesto, y el PRD elevó
significativamente su participación, al grado de casi ocupar la segunda fuerza
política de la entidad desde el punto de vista de votos obtenidos. Es indudable
que el PRD aprovechó, de alguna manera, los resultados tan favorables obtenidos
por el FDN en las elecciones presidenciales de 1988, aunque habría esperado un
mejor resultado en la medida en que durante esa elección el FDN obtuvo 48.4% de
los sufragios, contra 28.4% del PRI.
Sin embargo, el poco más de
50% de los votos conseguidos por el PRI fueron suficientes para ganar 116 de
las 121 alcaldías (95.9% de los municipios), en donde vivía 99% de la población
estatal. El PRD obtuvo los Ayuntamientos de Tequixquiac, Cocotitlán y
Chiconcuac, con una población equivalente a 0.4% del estado, mientras que el
PAN logró gobernar en San Martín de las Pirámides y Cuautitlán, donde se
concentraba 0.6% de los habitantes de la entidad (véase el mapa 2).
Los resultados electorales
fueron impugnados en algunos municipios como Cocotitlán, Jalatlaco, Isidro
Fabela y Xonacatlán, sobresaliendo Tejupilco, en donde la inconformidad inició
con un plantón el 14 de noviembre, siguió con bloqueos a carreteras y llegó a
su punto más álgido el12 de diciembre, cuando policías y perredistas
protagonizaron un enfrentamiento armado. Los hechos sangrientos ocasionaron la
renuncia del presidente municipal priísta y la instauración de un concejo
presidido también por un miembro del PRI (La Jornada, 2-I-1991 y
Proceso, núm. 737, 1990).
A nivel regional, de los
cinco municipios en manos de la oposición, uno era de la región I y los cuatro
restantes de la II. Cuautitlán fue el municipio más importante en términos
económico-demográficos en poder de la oposición, mientras que la mayor lucha
relativa ocurrió en la región II, conformada por municipios del oriente del
estado y circundantes a los metropolitanos. En esta región el PRI gobernaba
87.3% de los habitantes, contra 9.6% del PRD y 3.1% del PAN. A pesar de los
logros electorales de la oposición, el sistema de partidos en dicha región
seguía siendo del tipo de partido monopolista.
En un estudio realizado para
analizar la geografía electoral del proceso, se llegó a la conclusión de que
los votos para el PRI fueron relativamente menores en municipios más
urbanizados, industrializados y densamente poblados. La votación priísta tendía
a disminuir en donde la panista aumentaba. Por otro lado, los porcentajes del
PRD se incrementaban en zonas más rurales, menos densamente pobladas, y
económicamente más atrasadas. Así, el PRD competía por la misma clientela del
PRI, mientras que el PAN y el PFCRN eran más populares cuantos más altos eran
los niveles de urbanización y población total del municipio. Asimismo, un mayor
analfabetismo influía en más votos para el PRI y menos para el PAN. Finalmente,
el alto nivel de abstencionismo no se asociaba con alguna variable de análisis.
La metodología utilizada en el estudio consistió en obtener medidas de
correlación entre resultados electorales de cada partido político y algunas
variables censales y estadísticas, siendo los municipios las unidades de
análisis (Salazar y Emmerich, 1993: 135-171).

Aun que los resultados
electorales permitieron al PRI ganar casi todas las alcaldías, su votación
relativa apenas sobrepasó 50%, por lo que las conclusiones obtenidas son útiles
para conocer el perfil de los votantes y las inferencias de selección por algún
partido político. Cabe mencionar que las conclusiones obtenidas coinciden con
los estudios pioneros de geografía electoral en el país, sobre todo en el rubro
donde la votación mayoritaria en favor del PRI ocurría en áreas rurales,
mientras que la del PAN se concentraba en núcleos urbanos. Otro aspecto
interesante es el hecho de que al parecer el PRD competía con el PRI en estos
sectores rurales.
Las elecciones municipales
del 14 de noviembre de 1993 mostraron algunas tendencias relacionadas con las
observadas en 1990, pero también particularidades significativas. Por principio
de cuentas, el padrón para dicha elección sumó 5,253,194 personas, de las
cuales 2,521,730 sufragaron, dando un nivel de abstencionismo de 48%. En
términos absolutos, hubo un incremento de casi un millón de votantes en
comparación con los comicios de 1990, mientras que en relativos, el
abstencionismo fue inferior al de las dos elecciones precedentes (véase el
cuadro 1).
Cabe mencionar que el aumento
del padrón significó una tasa de crecimiento de 5.2% anual promedio, tasa que
se mantiene desde 1984 y es superior a 3.17% de crecimiento total de la
población del estado, y 4.57% de la de 18 años y más registrada en el periodo
1990- 1995. El hecho de que el padrón electoral acuse tasas de crecimiento más
elevadas frente a la dinámica demográfica, ilustra, entre otras cosas cuyo
análisis escapa a los objetivos del presente artículo, que los niveles de
abstencionismo muy probablemente son bastante menores a los oficiales, debido a
la sobrenumeración de población en el padrón derivada por cambios de residencia
intraurbana, movimientos migratorios intra e interestatales, y defunciones no
restadas.
A nivel nacional, la
políticas adoptadas por el gobierno salinista rendían algunos frutos. En lo
económico, el PIB nacional crecía a una tasa de 0.6% anual, la más baja desde
1987; pero la inflación anual se ubicaba en 8%, por primera vez en mucho tiempo
con un solo dígito. El modelo neo liberal de apertura comercial estaba por
consolidarse en enero de 1994, con la entrada en vigor del Tratado de Libre
Comercio con los Estados Unidos y Canadá. Por otro lado, el Programa Nacional
de Solidaridad (PRONASOL) fortalecía la creación de un piso social básico de la
política social. Entre 1989 y 1993, el gasto de ese programa en todo el país
ascendió a cerca de 51,000 millones de pesos (a precios constantes de 1993), de
los cuales 29,459 millones correspondieron a inversión federal, que
representaban 3.3% del gasto programable (Sobrino y Garrocho, 1995:84).
En el contexto estatal, los
mexiquenses estrenaban gobernador. Las elecciones del 4 de julio se
caracterizaron por dos elementos principales: el pluralismo de las candidaturas
y el bajo índice de abstencionismo. Los electores dividieron sus votos entre
nueve candidatos de distintos partidos políticos, registrándose 34.1% de
abstencionismo, el mínimo desde 1975. Emilio Chuayffet resultó ganador con
58.1% de los votos, en una contienda que recibió la máxima atención por parte de
la opinión pública local y nacional en los últimos cincuenta años. Los medios
de comunicación dieron cuenta pormenorizada desde seis meses atrás hasta la
calificación de la elección. El poder legislativo desempeñó un papel
trascendente al cumplir el mandato constitucional de computar y declarar electo
gobernador al licenciado Chuayffet, a la vez que devino el mejor foro de
discusión política de cualquier entidad del país (Arreola, 1995: 325-333).
El cómputo final de las
elecciones municipales del 14 de noviembre atribuyó 1,475,212 votos al PRI
(58.5%); 405,999 al PAN (16.1 %); 312,695 al PRD (12.4%); y a los otros
partidos, no registrados y nulos, 327,824 (13%). El PRI estuvo cerca de su
monto máximo histórico alcanzado en 1984 y casi duplica su votación de 1990.
Por otro lado, el PAN casi duplicó también su votación absoluta respecto a
1990, en tanto que el PRD la incrementó en 47%. El incremento del PRI se dio
particularmente en municipios de la región I, tales como Naucalpan, Ecatepec,
Tlalnepantla, y Atizapán de Zaragoza.
Pero a pesar del aumento
absoluto y relativo en los votos del PRI, la oposición logró ganar cinco
Ayuntamientos más que en 1990.

De los 121 municipios, el PRI
ganó 109, en tanto que el PAN conquistó seis, tres el PRD, dos el PFCRN, y uno
el PARM. El PRI dominó en 90.1% de los municipios totales, en donde habitaba
97% de la población mexiquense (véase el mapa 3).
El PAN conservó los
Ayuntamientos ganados en 1990 (Cuautitlán y San Martín de las Pirámides), y
ganó otros cuatro anteriormente gobernados por el PRI: Tepotzotlán y Ateneo, de
la región I; San Antonio la Isla, de la III; y Aculco, de la IV. En estos seis
municipios se concentraba 1.7% de la población estatal. Por otro lado, el PRD
perdió en los tres municipios ganados en 1990, pero se le reconocieron triunfos
en otros tres que estaban antes en poder del PRI y que se encuentran contiguos
o cercanos a los gobernados en 1990: Coyotepec, Juchitepec y Tepetlaoxtoc.
Estos tres municipios pertenecen a la región II, por lo que se mantuvo la
presencia exclusiva de dicho partido en tal ámbito territorial del estado. En
conjunto, los tres municipios participaban con 0.6% de la población estimada
del estado al 1 de enero de 1994. El PFCRN ganó los Ayuntamientos de
Chapultepec, de la región II, y Villa Guerrero, de la V; el PARM triunfó en
Huehuetoca, de la región II.
Los resultados electorales
mostraron avance de una mayor competencia electoral en la región II, ya que de
su población total, 78.3% quedó gobernada por el PRI (contra 87.3% conseguido
en las elecciones de 1990), en tanto que el PRD presidía 12.6%, 6.0% el PARM y
3.1% el PAN. Si bien hubo un mayor pluralismo, el sistema regional de partidos
políticos aún mostraba una estructura de partidos monopolista.
Los resultados electorales
fueron más impugnados en relación con 1990. La toma de protesta del nuevo
presidente municipal y el inicio de gestiones el 1 de enero de 1994 no se pudo
llevar a cabo en el palacio municipal de nueve municipios (Texcoco, Apaxco,
Tequixquiac, Atizapán, Jalatlaco, Ocoyoacac, San Mateo Ateneo, Tenango del
Valle e Ixtapan de la Sal), debido a la toma de éste por simpatizantes del PRD,
Círculo Blanco y PAN, derrotados según cifras oficiales. A la par de éstos, en
otros siete municipios se presentaron protestas y plantones por inconformidad
de los resultados: Teoloyucan, Tlalmanalco, Calimaya, Joquicingo, Jiquipilco,
Temascalcingo e Ixtapan del Oro. De estos movimientos de inconformidad, los más
relevantes fueron: Texcoco y San Mateo Atenco, en donde los presidentes
municipales electos renunciaron y se formaron concejos municipales; Ocoyoacac,
donde se mantuvo tomado el palacio de gobierno por más de un año; y Apaxco,
donde se suscitó una balacera en diciembre de 1993. Cabe mencionar que las
acciones de inconformidad ocurrieron principalmente en municipios de la región
del valle de Toluca, comandados por simpatizantes del Círculo Blanco (El Sol
de Toluca, 1 a 15-I-1994).
El comportamiento electoral
de la población mexiquense no observó grandes cambios respecto a lo mostrado en
las elecciones municipales de 1990, y estatales del año de 1993. Además de los
seis Ayuntamientos ganados, el PAN mostró una presencia mayor respecto al
promedio estatal en la parte norte y occidente de la región de municipios
metropolitanos, así como en municipios contiguos a Querétaro, de la región II,
y en la parte oriental de la región del valle de Toluca. El PRD tuvo una
presencia relativa más importante en la región II, sur de la región III, y
municipios de la región IV colindantes con Michoacán. El PRI mantuvo su
predominio casi exclusivo en municipios predominantemente rurales de las
regiones III, IV y V, además de mejorar su imagen en los más importantes dentro
de los municipios metropolitanos de la ciudad de México.
El PAN siguió recabando mayor
votación relativa en municipios de mayor urbanización, desarrollo y calidad de
servicios, mientras que el PRI y en menor medida el PRD gozaron de mayor
popularidad en comunidades rurales con escasos servicios. Una de las
características del proceso electoral en municipios rurales fue el mayor margen
de maniobra electoral y manipulación de resultados por parte del partido en el
poder. Finalmente, no se observó relación entre abstencionismo y otras
variables, por lo que éste se distribuyó de manera más o menos homogénea en las
cinco regiones de la entidad (Arenas, Bahena y Sánchez, 1995: 95-119).
Una vez más, el 10 de
noviembre de 1996 se desarrollaron elecciones para renovar 122 Ayuntamientos y
la LII Legislatura, compuesta ahora por 75 escaños en vez de los 66 anteriores.
Estas elecciones se caracterizaron, en primer lugar, por estrenar nuevas reglas
electorales contenidas en el Código Electoral del Estado de México (Gobierno
del Estado de México, 1996b), aprobado el 2 de marzo de 1996, el cual abrogó a
la Ley de Organizaciones Políticas y Procedimientos Electorales del Estado de
México, expedido en abril de 1978 y que contenía reformas y adiciones hasta
1993. La Ley de organizaciones políticas se encontraba muy rezagada respecto a
las innovaciones en materia electoral del COFIPE, por lo que la estructura y el
contenido de este nuevo código se ajustó más a la legislación federal,
obteniéndose un documento similar, aunque no idéntico, respecto al COFIPE y muy
cercano a las legislaciones de los estados de Durango y Zacatecas.
El Código estatal presenta
dos avances respecto al COFIPE: la designación del presidente del Consejo
Electoral por parte de la Legislatura del Estado (artículo 86, fracción r), y
los límites a la representación parlamentaria del partido mayoritario (artículo
265). Cabe destacar que este último avance contiene cambios significativos
respecto a los artículos 179, 179-A, 179-B, 179-C y 179-D de la antigua Ley
(Gobierno del Estado de México, 1993b: 86-89) vigente hasta el primero de marzo
de 1996. La aplicación de estas innovaciones electorales imposibilitaron al PRI
contar con una mayoría en el Congreso local al no adjudicársele diputados de
representación proporcional, según el fallo emitido por el Tribunal Estatal
Electoral el 4 de diciembre de 1996 y que trajo como consecuencia un Congreso
conformado por 30 diputados del PRI, 22 del PAN, 16 del PRD, cuatro del PVEM,
dos del PT y uno del PC.
Entre algunas de las
insuficiencias del Código estatal respecto al federal, figura la inexistencia
de una sala de segunda instancia en la que las partes en litigio podrían impugnar
un dictamen original del Tribunal Electoral, aspecto que aparece en 12
legislaciones estatales (Crespo, 1996:148-151). Al no existir dicha sala, no
procedió recurso alguno contra las resoluciones del Tribunal.
El padrón electoral (o lista
nominal) para estos comicios sumó 6,161,186 personas, lo que significaba una
tasa de crecimiento anual promedio de 5.49% con respecto al padrón de 1993,
nuevamente por encima de la dinámica demográfica estatal (3.17% en el periodo
1990-1995) y de la población de 18 años y más (4.57%).
De la lista nominal,
2,853,737 personas acudieron a las urnas para elegir a sus gobiernos locales,
lo que representó un nivel de abstencionismo de 53.7%. Estos comicios han sido
los más concurridos en términos absolutos hasta el momento, superando por
332,007 votos a los de 1993, y con el segundo menor nivel de abstencionismo de
los últimos nueve años.
A diferencia de las dos
elecciones anteriores, los niveles de abstencionismo no se distribuyeron de
manera homogénea a lo largo del territorio, por lo que se le pueden asociar
algunas variables socioeconómicas. La región que observó una menor
participación relativa fue la de los municipios metropolitanos de las ciudad de
México, con 57.6% de abstencionismo, mientras que el mayor aforo ocurrió en los
municipios metropolitanos no conurbados, con 40.1% de abstencionismo, seguidos
por los municipios del sur del estado, con 41. 9%. Las regiones del valle de
Toluca y norte del estado tuvieron 44.9 y 45.4%, respectivamente.


En el ámbito estatal, los
menores niveles de abstencionismo se registraron en municipios
predominantemente rurales y con menores ingresos por parte de la población. Los
seis municipios con mayor porcentaje de participación fueron Otzoloapan, San
Antonio la Isla, Tenango del Aire, Chapultepec, Papalotla e Ixtapan del Oro.
Por otro lado, el mayor abstencionismo se registró en Jalatlaco y los
municipios metropolitanos de Ecatepec, Chimalhuacán, Nezahualcóyotl,
Tlalnepantla y Naucalpan (véase el mapa 4).
Es de llamar la atención el
hecho de haberse registrado los mayores niveles de abstencionismo en aquellos
municipios con mayor potencial socioeconómico de la entidad, lo que indica que
la cultura política derivada de mayor información −suponiendo válida la relación
entre desarrollo y acceso a la información− no repercute necesariamente en
mayor participación social, por lo que al parecer se confirmó la hipótesis de
la existencia de un número mayor de abstencionistas "activos" en
sectores medios y altos de la sociedad, considerados también "votantes no
cautivos", a quienes no les interesan los procesos electorales y sólo
participan en situaciones coyunturales o elecciones federales (Rose,
1980:287-293).
Además de la pérdida de la
mayoría en el Congreso por parte del PRI, las elecciones municipales del 10 de
noviembre marcaron el fin de la estructura de partido monopolista en el sistema
de partidos políticos, para dar paso a una estructura multipartidista,
situación inédita en la geografía electoral del país. De las 122 alcaldías en
disputa, cuyo periodo se prolongará del primero de enero de 1997 al 31 de
agosto del año 2000, el PRI obtuvo 72, contra 26 del PRD, 22 del PAN, una del
PVEM, y otra más en donde empataron PRI y PAN (Ayapango), por lo que se formó
un concejo y se acordó llamar a elecciones en la segunda quincena de febrero.
Esto quiere decir que en términos absolutos el PRI dejó en manos de la
oposición 38 Ayuntamientos con relación a los gobernados en 1993 (véase el mapa
5).
Con base en datos
demográficos del censo de población de 1990 y resultados definitivos del conteo
de población de 1995, la población estimada del Estado de México al primero de
enero de 1997 era de 12,168,654 habitantes. Esta población se encontraba
distribuida de la siguiente manera, según los municipios ganados por cada
partido político:

La dinámica de las elecciones
locales ocurrió de la siguiente manera: de los 109 municipios con que contaba
el PRI en 1993, conservó 65, perdió 44, recuperó seis que estaban en manos de
la oposición (Aculco, Ateneo y San Antonio la Isla, del PAN; Juchitepec, del
PRD; y Chapultepec y Villa Guerrero, del PFCRN), y ganó las primeras elecciones
del municipio de Valle de Chalco Solidaridad. Por su parte, Acción Nacional
conservó tres de los seis que tenía (Cuautitlán, San Martín de las Pirámides y
Tepotzotlán), perdió los otros tres a manos del PRI, y ganó a éste 17
municipios, uno al PRD (Coyotepec) y el del PARM (Huehuetoca). El PRD conservó
Tepetlaoxtoc por apenas dos votos de diferencia y perdió los otros dos que
gobernaba, pero a cambio obtuvo 25 municipios que pertenecían al PRI.
Finalmente, los municipios de Cocotitlán (ganado por el PVEM) y Ayapango tenían
un gobierno local priísta. Los estudios de geografía electoral realizados hasta
antes de esta elección: describieron el comportamiento electoral de la
población con base en la relación estadística entre ciertas variables
socioeconómicas y el porcentaje de votación obtenido por cada partido político.
Con los resultados de esta elección, dicho comportamiento se puede analizar
ahora tomando en cuenta tanto el método anterior, como las características de
los municipios ganados por cada partido político.
De la votación total emitida
en los 122 municipios (2,853,737), el PRI obtuvo 1,022,087, equivalentes a
35.82%; 453,125 votos menos que en 1993 y el segundo porcentaje más bajo en
todo tipo de elecciones en la historia contemporánea, sólo superior por siete
puntos porcentuales al conseguido por Carlos Salinas de Gortari en las
elecciones presidenciales del 6 de julio de 1988. En términos generales, el PRI
obtuvo un mayor porcentaje entre la población ocupada en actividades
agropecuarias, niveles de ingreso predominantemente por abajo de dos salarios
mínimos mensuales, mayor índice de carencias de satisfactores colectivos (agua
potable, drenaje, energía eléctrica, educación y salud), y en municipios con
mayores tasas de emigración y mayor gasto per cápita por parte del PRONASOL
durante 1989-1993. Si bien no existió relación estadística entre abstencionismo
y porcentaje de votos para el partido oficial, en todas las regiones los
municipios conseguidos por el PRI tuvieron un mayor promedio de abstencionismo
respecto a los ganados por la oposición.
En términos demográficos, los
municipios más importantes conseguidos por el PRI fueron Ecatepec (el más
poblado de la entidad y tercero a nivel nacional, sólo por abajo de la
delegación Iztapalapa del Distrito Federal y Guadalajara, según datos
definitivos del conteo de población de 1995), Toluca, Chimalhuacán, Valle de
Chalco Solidaridad y Tultitlán.
De los 50 municipios en donde
no ganó el PRI, sólo en Tultepec quedó en tercer lugar, mientras que en los
otros 49 fue segundo. Respecto a los 72 municipios conseguidos por este
partido, el PAN quedó en segundo lugar en 43, el PRD en 21 y en cuatro el PPM y
PC, respectivamente.
Los municipios priístas
fueron ganados por un margen promedio de 19.25 puntos porcentuales respecto a
los votos relativos del segundo partido político. Los triunfos más apretados
ocurrieron en Nextlalpan, con 0.79; Villa Guerrero, con 1.52; Toluca, con 1.99;
Ateneo, con 2.06; y Amecameca, con 2.53 puntos porcentuales (véase el mapa 6).
En el polo opuesto, Jocotitlán fue donde se obtuvo el mayor margen, con 49.05;
seguido por San Simón de Guerrero, Donato Guerra, Villa de Allende, y
Jalatlaco.
Por lo que respecta al PAN,
sus votos en el estado sumaron 837,576, que representaron 29.35% del total. Con
relación a los resultados de 1993, este partido mostró el mayor avance al
duplicar su votación en números absolutos y aumentar 13.3 puntos porcentuales
su participación relativa, con lo que se consolidó como la segunda fuerza
política de la entidad. El PAN obtuvo mayores porcentajes de votación entre la
población ocupada en actividades del sector industrial, sueldos superiores a
dos veces el salario mínimo mensual, menores índices de carencias de
satisfactores colectivos, y municipios con menor gasto per cápita del PRONASOL.
Esto significa que, tal y como ocurrió en las dos elecciones anteriores, los
votos del PAN tendieron a aumentar donde los del PRI disminuían, por lo que
se manifestó con mayor claridad la
dicotomía PAN urbano-PRI rural. El nivel de abstencionismo no tuvo relación con
el porcentaje de votos para el PAN, por lo que el promedio de abstencionismo en
los municipios donde ganó fue similar al experimentado por el global estatal.
De los 22 municipios
conseguidos, los más importantes por tamaño de población y concentración de
actividades económicas fueron Naucalpan, Tlalnepantla, Atizapán de Zaragoza,
Cuautitlán Izcalli y Nicolás Romero, todos pertenecientes a la región l. En los
22 municipios se genera más de 55% del PIB total de la entidad, por lo que su
generación de valor a nivel nacional sólo es superada por el Distrito Federal y
los estados de Jalisco y Nuevo León.
El margen de diferencia
promedio de los municipios ganados por el PAN fue de 14.19 puntos porcentuales,
lo que indica que las elecciones en estos 22 municipios fueron, en términos
generales, más competidas respecto a aquellas en donde se impuso el PRI. Los
municipios con menor diferencia fueron: Tenango del Valle, con 1.44; El Oro,
con 3.48; y Tlalnepantla, con 3.66. Por otro lado, Tenancingo mostró el mayor
margen con 28.47, seguido por Apaxco y Valle de Bravo (véase el mapa 6).
Finalmente, el PRD logró
594,023 votos que significaron 20.82%, casi duplicando sus votos absolutos e
incrementando ocho puntos porcentuales su participación relativa en comparación
con lo ocurrido en 1993. A diferencia de las dos elecciones anteriores, el porcentaje
de votos logrados en cada municipio no estuvo asociado con alguna
característica socioeconómica de la población; situación que también se
percibió en las elecciones presidenciales de 1988 (Graizbord y Sobrino, 1990:
235), por lo que obtuvo votos indistintamente del ámbito urbano y rural, en
municipios atractores y expulsores de población, favorecido por un electorado
preferentemente joven, con ingresos superiores a los de simpatizantes del PRI
en el área rural, y ocupados en actividades terciarias y subempleo en áreas
urbanas con menores ingresos respecto a los seguidores del PAN. En otras
palabras, sectores sociales rurales menos marginados y habitantes de colonias
urbano-populares.
De acuerdo con el tamaño de
población, los municipios perredistas más importantes fueron Nezahualcóyotl
(quinto a nivel nacional), La Paz, Texcoco, Zumpango y Tultepec, todos de la
región I. Los 26 municipios en donde el PRD obtuvo el triunfo se caracterizaron
por presentar, en promedio, el menor nivel de abstencionismo (41.13%) y la
menor diferencia relativa respecto al segundo partido con mayor votación
(9.33). Esto indica que el PRD logró ganar ante elecciones concurridas y
competidas, tal y como ocurrió en Tepetlaoxtoc, donde ganó por sólo dos votos
(0.03 puntos porcentuales), Otzoloapan por 22 (1.26), Xonacatlán por 37 (0.30),
y Tonatico por 79 (1.86).

Las relaciones anteriores
establecen que el PRD dejó de competir por la misma clientela política del PRI,
por lo que se puede definir con mayor claridad el perfil del comportamiento
electoral individual hacia cualquiera de las tres fuerzas políticas.
La competencia electoral fue
distinta en las cinco regiones de la entidad. Por principio de cuentas, no
existió una relación contundente entre abstencionismo y resultado final de la
elección, aunque sí se percibió una cierta relación entre mayor abstencionismo
con triunfo del PRI en la región I, mayor participación y triunfos de la
oposición en la región II, y mayor participación con triunfo del PRI en las
regiones IV y V. Esto significa que la participación ciudadana en el proceso
electoral tuvo diferencias significativas a nivel regional, no sólo en la
cantidad de votantes sino en el comportamiento expresado: en los municipios
urbanos y metropolitanos, a mayor participación, mayores triunfos de la
oposición; en municipios rurales, a mayor participación, menores triunfos de la
oposición.
La región I se compone de 28
municipios con una población total de 8,526,906 habitantes, 70.1% de la
población del estado. De los 28 municipios, el PRI obtuvo 11, el PAN 10, y
siete el PRD. El PRI gobierna 39.9% de la población regional, contra 37.9% del
PAN y 22.2% del PRD. Sin lugar a dudas, en esta región se presentó el mayor
avance en la competencia electoral de la entidad, conformándose un sistema
político multipartidista en el que el PAN consiguió una mejor posición al
triunfar, entre otros, en Naucalpan, Tlalnepantla, Cuautitlán Izcalli y
Atizapán de Zaragoza, mientras que el PRD obtuvo las alcaldías de
Nezahualcóyotl y Texcoco.
Las tendencias competitivas
en la región II de las dos elecciones anteriores se consolidaron en esta
elección. De los 27 municipios en juego, el PRI ganó 11, contra ocho del PRD,
seis del PAN, uno el PVEM, y el empate en Ayapango entre el PRI y PAN con 789
votos cada uno. En esta región el PRI gobierna 36.7% de la población, el PRD
36.4% y 24.6% el PAN. El PRD se consolidó como la segunda fuerza política
regional, con una cobertura muy cercana a la del partido oficial.
En las regiones III, IV y V,
el sistema político se sigue caracterizando por una estructura de partido
monopolista, no obstante que la oposición mostró un avance significativo, pues
el PAN compitió afanosamente en Toluca y Metepec, a la vez que ganó con
facilidad Tenancingo y Lerma, en tanto que el PRD se impuso en San Mateo
Ateneo, Jiquipilco y Otzolotepec, entre otros.
Los resultados oficiales de
estas elecciones no causaron polémica e incluso los líderes nacionales del PAN
y PRD reconocieron que habían sido las más limpias y transparentes en toda la
historia de los procesos electorales de la entidad (Reforma,
13-XI-1996). Los simpatizantes priístas del grupo de los siete magníficos de
Nezahualcóyotl intentaron movilizaciones en protesta por un supuesto fraude
electoral sin tener resultado alguno, ya que incluso en la dirigencia nacional
se reconoció la derrota por el hecho de haberse seleccionado a un candidato sin
arrastre y poder de convocatoria. Por otro lado, en los municipios de
Chicoloapan, Tejupilco y Tepetlaoxtoc, la protesta del nuevo presidente no se
llevó a cabo en el palacio municipal debido a la toma de éste por perredistas
en los dos primeros municipios, y de priístas en el tercero. Tras el empate, en
Ayapango se formó un concejo integrado por tres panistas, tres priistas y un
perredista. En Nextlalpan los panistas pidieron el esclarecimiento de la muerte
del primo del ex candidato y la revisión del cómputo de los votos. Todos los
movimientos terminaron antes del 10 de enero de 1997, salvo en Tejupilco, donde
los perredistas desalojaron el palacio municipal hasta el 15 de enero tras
obtener varias responsabilidades administrativas.
A manera de conclusión
1. Los estudios sobre
geografía de las elecciones locales son de suma importancia para establecer
asociaciones estadísticas entre el comportamiento electoral de los individuos
frente al espectro político que se les presenta. Un estudio apoyado en series
de tiempo permite inferir también la evaluación, aprobación o el castigo hacia
el desempeño de las funciones de los gobiernos municipales.
2. El comportamiento
electoral en procesos locales no responde necesariamente a categorías
nacionales, por lo que es necesario introducir aspectos coyunturales derivados
del territorio municipal en donde se suscitan, así como grupos políticos
locales y personalidad, imagen y trayectoria de los candidatos a ocupar puestos
de elección popular. Uno de los aspectos que incide en el proceso electoral de
varios municipios es la presencia de grupos o caciques locales que han
permanecido en el poder durante varios años. En la elección de 1996, los viejos
caciques aplicaron novedosas estrategias para sostenerse en el poder, mientras
que los nuevos lo hicieron para remplazar a los anteriores. La mayoría de estas
novedosas estrategias se basaron en el establecimiento de alianzas con partidos
de oposición (Reforma, 20-I-1997: 4A).
3. La revisión efectuada a
las tres últimas elecciones municipales en el Estado de México mostró un cambio
significativo en la estructura y dinámica del sistema de partidos políticos,
siendo la característica principal el cambio de una estructura de partido
monopolista, a otra multipartidista, situación inédita hasta ese momento en la
geografía electoral del país.
4. El avance sin precedente
de la oposición, al ganar 49 de las 122 alcaldías en disputa el 10 de noviembre
de 1996, significa una recomposición de fuerzas políticas dentro de la entidad,
el desmembramiento de los círculos de poder priísta, su asociación en algunos
casos con partidos de oposición, y la consolidación de perfiles en el
comportamiento electoral de la población. Es necesario que dicha recomposición
política sea secundada y afirmada por el ejercicio de funciones de gobierno
local más eficiente y con mayor equidad. Así, la posibilidad está abierta para
impulsar acciones innovadoras en la administración y gestión pública a partir
de una mayor apertura a la participación ciudadana.
5. La estructura
multipartidista de los gobiernos locales significa también, retos y
oportunidades para las relaciones intergubernamentales. Es indudable que el
gobierno estatal deberá actuar con mayor cautela y eficiencia, con el fin de
garantizar la gobernabilidad de la entidad y la solución de conflictos
sociales. Por lo pronto, en Naucalpan y Nezahualcóyotl ya se han suscitado
problemas entre agentes vinculados con el partido oficial y las nuevas
autoridades.
6. Se mencionó que las
elecciones del 10 de noviembre de 1996 representaron un laboratorio de lo que
podría ocurrir en los comicios de 1997. De haber sido así, en las elecciones
para elegir al primer jefe de gobierno del Distrito Federal se hubiera esperado
un proceso electoral caracterizado por un elevado nivel de abstencionismo y un
triunfo muy apretado del PAN, tal y como que se presentó en el proceso
electoral del 10 de noviembre de 1996 en los cuatro municipios metropolitanos
de mayor interrelación con la capital del país: Naucalpan, Tlalnepantla,
Ecatepec y Nezahualcóyotl, en donde se registró 61.8% de abstencionismo y el
PAN obtuvo la mayor votación, pero sólo por tres votos de diferencia respecto
al PRI (292,883 contra 292,880).
Sin embargo, trasladar estos
resultados al Distrito Federal implicaría caer en una falacia ecológica,
muy típica en estudios de geografía electoral, ya que el contexto local,
social, político y coyuntural de ambas elecciones es significativamente
diferente, tal y como se demostró con los resultados finales del proceso
electoral del 6 de julio de 1997, tanto en lo que respecta a la elección del
jefe de gobierno del Distrito Federal, como la de diputados federales del
Estado de México.
7. Finalmente, la estructura
multipartidista es sinónimo de cambios en el partido gobernante, o alternancia
en el poder. Es de llamar la atención que en el Estado de México, tan solo
cuatro municipios, Cuautitlán, San Martín de las Pirámides, Tepetlaoxtoc y
Tepotzotlán, han conservado un gobierno local de oposición en dos o más
periodos consecutivos, mientras que tres han experimentado una alternancia de
poder: Coyotepec (PRI-PRD-PAN), Huehuetoca (PRI-PARM-PAN) y Cocotitlán (PRD-PRI-PVEM).
Si efectivamente existe ya un perfil definido en el comportamiento electoral de
la población mexiquense, se esperaría que el PAN y el PRD conserven para las
elecciones de julio del año 2000 lo que han conseguido hasta ahora. Pero lo más
probable sería un cambio en gran cantidad de alcaldías, y no necesariamente que
regresaran al PRI. El contexto local será algo definitivo en este sentido. El
desempeño de los actuales Ayuntamientos lo decidirá. La recomposición de las
fuerzas políticas lo esclarecerá. El tiempo lo dirá.







Bibliografía
Arenas, Ernesto, Fernando
Bahena y Antonio Sánchez (1995), "Geografía electoral en el Estado de
México", Cuestión regional, Toluca, Universidad Autónoma del Estado
de
México-Universidad del Cauca.
Arreola Ayala, Álvaro (1995),
La sucesión en la gubernatura del Estado de México 1917-1993,
Zinacantepec, El Colegio Mexiquense.
−−− y Juan Molinar Horcasitas
(1988), "Procesos electorales en México", en Revista Mexicana de Sociología,
año L, núm. 2, pp. 241-267.
Byrne,
Tony (1986), Local Government in Britain, Hardmondsworth, Penguin Books.
Cabrero, Enrique, Rodolfo
García del Castillo y Martha Gutiérrez (1995), La nueva gestión municipal en
México. Análisis de experiencias innovadoras en gobiernos locales, México,
Miguel Ángel Porrúa-Centro de Investigación y Docencia Económicas.
Conde, Carola (1996),
"Aspectos relevantes de la innovación municipal", en Simposio
Internacional sobre Desarrollo Municipal: Retos y Posibilidades, Zinacantepec,
El Colegio Mexiquense.
Cotteret, Jean Marie y Claude
Emeri (1973), Los sistemas electorales, Barcelona, Ediciones Oikos-Tau.
Crespo, José Antonio (1996), Votar
en los estados. Análisis comparado de las legislaciones electorales estatales
en México, México, Fundación Friedrich Naumann-Centro de Investigación y
Docencia Económicas.
Downs,
Alvin (1957), An Economic Theory of Democracy, Nueva York, Harper and
Row Publishers.
Emmerich, Gustavo (coord.)
(1993), Votos y mapas, Toluca, Universidad Autónoma del Estado de
México.
Garza, Gustavo (1996), Cincuenta
años de investigación urbana y regional en México, 1940-1991, México, El
Colegio de México.
Gobierno del Estado de México
(1993a), Plan de Desarrollo del Estado de México 1993-1999, Toluca,
Gobierno estatal.
−−− (1993b), Ley de
Organizaciones Políticas y Procedimientos Electorales del Estado de México,
Toluca, Tribunal Estatal de lo Contencioso Electoral.
−−− (1996a), Prontuario de
Legislación Fiscal 1996, Toluca, Secretaría de Finanzas y Planeación.
−−− (1996b), Código
Electoral del Estado de México, Toluca, Gobierno estatal.
Graizbord, Boris y Jaime
Sobrino (1990), "Geografía política de la región metropolitana de la
ciudad de México", en Actas Latinoamericanas de Varsovia, tomo 11,
Varsovia.
Hirsh, Werner (1977), Análisis
de economía urbana, Madrid, Instituto de Estudios de Administración Local.
Instituto Nacional de
Estadística, Geografía e Informática (INEGI) (1996a), Estados Unidos
Mexicanos. Conteo de población y vivienda 1995. Resultados definitivos,
Aguascalientes, INEGI.
−−− (1996b), Sistema de
cuentas nacionales de México. Producto interno bruto por entidad federativa
1993, Aguascalientes, INEGI.
Johnston,
Ronald, Fred Shelley y Peter Taylor (1990), Developments in Electoral
Geography, Londres, Routledge.
López Chavarría, José Luis
(1988), Las elecciones municipales y la renovación política electoral,
México, Secretaría de Gobernación/Centro Nacional de Estudios Municipales.
Martínez Cabañas, Gustavo
(1993), La administración estatal y municipal en México, México,
Instituto Nacional de Administración Pública.
Massé, Carlos (1993), Una
proposición metodológica para el estudio y el desarrollo municipal,
Zinacantepec, El Colegio Mexiquense.
Muth,
Richard (1975), Urban Economic Problems, Nueva York, Harper and Row
Publishers.
Pacheco, Guadalupe (1991),
"¿Por qué vota un elector?", en Jorge Hernández Campos et al.,
Partidos políticos y ciudadanos: entre el diálogo y la mercadotecnia,
México, Cambio XXI, Fundación
Mexicana A.C.
Panebianco, Angelo (1982), Modelos
de partido, Madrid, Alianza Editorial.
Richards,
Peter (1983), The Local Government System, Londres, George Allen and
Unwin.
Rose,
Richard (1980), Electoral Participation, Londres, Sage Publications.
Salazar, Julián y Gustavo
Emmerich (1993), "Ensayo de geografía electoral del Estado de
México", en Gustavo Emmerich (ed.), Votos y mapas, Toluca,
Universidad Autónoma del Estado de México.
Sanguín, André-Louis (1981), Geografía
política, Barcelona, OikosTau.
Secretaría de Gobernación
(SEGOB) (1992), Información básica de los municipios de México, México,
Centro Nacional de Desarrollo Municipal.
−−− (1994), La autoridad
municipal y su compromiso con la democracia, México, Centro Nacional de
Desarrollo Municipal.
Sobrino, Jaime y Carlos
Garrocho (1995), Pobreza, política social y participación ciudadana,
Zinacantepec, El Colegio Mexiquense-Secretaría de Desarrollo Social.
Ziccardi, Alicia (1994),
"Gobiernos locales: problemas de la representación y la participación
ciudadana", en SEGOB, La autoridad municipal y su compromiso con la
democracia, México, Centro Nacional de Desarrollo Municipal.