Martínez Godoy: ¿La desterritorialización, una noción para explicar el mundo rural contemporáneo? Una lectura desde los Andes Ecuatorianos

¿La desterritorialización, una noción para explicar el mundo rural contemporáneo? Una lectura desde los Andes Ecuatorianos

Is deterritorialization a notion to explain the contemporary rural world? A reading from the Ecuadorian highlands


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Introducción

De acuerdo con Hervieu y Purseigle (2013), desde hace varias décadas, el estudio sociológico de los problemas relacionados con la modernización agrícola ha pasado al primer plano. Estos autores se apoyan en la obra de Mendras (1992), El fin de los campesinos, para mostrar la vigencia del “declive y desaparición del campesinado como modo de vida y como civilización” en la actualidad. Sin embargo, la relación causa-efecto entre la difusión de la modernización en la agricultura y la hipotética desaparición del campesinado no es automática ni tampoco generalizable a todos los contextos y realidades rurales del mundo en el siglo XXI. En este sentido, se vuelve importante analizar cuáles son las características del proceso de descomposición de los espacios rurales al igual que los diferentes tipos de desestructuración que atraviesan los espacios rurales.

Entre las principales inquietudes de los estudios rurales clásicos y de la sociología rural se encuentra el cuestionamiento sobre si existe una resistencia a los cambios, o bien, una subordinación al dominio agroindustrial, pues existen fuertes limitaciones en las últimas décadas que ameritan emprender nuevos esfuerzos de reactualización tanto a nivel teórico como analítico y metodológico. El debate actual ya no solamente consiste en el análisis de las problemáticas sociales del campesinado o en la identificación de las transformaciones al interior de la sociedad campesina, sino que debe incorporar investigaciones, dentro de un espectro disciplinario más amplio, capaces de correlacionar los cambios del espacio social organizativo con las modificaciones del espacio económico productivo y del espacio físico. Bajo esta lógica, ya no son únicamente los actores sociales el centro del debate, sino todo el conjunto del espacio socialmente construido y sometido a diversas transformaciones a escala territorial. De esta manera, considero que una de las alternativas consiste en asumir el uso del enfoque de análisis territorial para generar una nueva matriz analítica capaz de dar una lectura integral de las complejidades que atraviesan los espacios rurales en el siglo XXI.

A partir de una breve revisión teórica de los principales conceptos planteados desde los estudios rurales clásicos en el análisis de la desestructuración del campo, en el presente artículo se propone el uso del término desterritorialización como un concepto que analiza integralmente la descomposición de un mundo rural complejo en la actualidad. Con base en un estudio de caso en la zona norandina del Ecuador, se plantea aplicar este concepto de manera teórica y metodológica con el fin de comprender a profundidad cuáles son las transformaciones de un territorio campesino sometido a un contexto de dominio agroindustrial. En el artículo también se ensaya una aproximación a la medición de este proceso con base en datos obtenidos a partir de una muestra de encuestas analíticas (con preguntas cerradas y abiertas) a 50 familias campesinas (de un total de 360 familias) en relación con las siguientes temáticas: composición del hogar, producción agrícola y utilización de las parcelas, consumo familiar y organización comunitaria. Es importante recalcar que este procedimiento fue complementado con un trabajo cualitativo de grupos focales con preguntas semi-dirigidas a 50 productores lecheros de la zona. De esta manera, se logra obtener una mirada objetiva de la desestructuración rural y, al mismo tiempo, analizar las diferentes posiciones ocupadas por los actores campesinos frente al fenómeno de desterritorialización y sus posibilidades reales en la recuperación del control territorial.

1. ¿Cómo abordar las desestructuraciones rurales en el siglo XXI? Algunas pistas teóricas

Es común que varios autores se hayan dedicado a analizar las transformaciones y las mutaciones de los espacios rurales como consecuencia de la puesta en práctica de un modelo productivista dominante en el actual contexto de globalización. Pero el análisis de la desestructuración rural no es nuevo. A lo largo del siglo XX, desde una prolongación del análisis marxista, el estudio de las diferentes formas de la estructura social del campesinado y su progresiva descomposición fueron analizados por algunos autores que ponían en evidencia las transformaciones, tanto a nivel de las unidades domésticas campesinas como de las distintas formas tradicionales de organización social y sistemas colectivos de producción, sometidos al dominio y al control de las estructuras de poder capitalista (Shanin, 1979; Galeski, 1979).

Progresivamente, las interpretaciones y los conceptos utilizados han evolucionado. Así, por ejemplo, la noción de desarraigo fue introducida por Bourdieu y Sayad (1964) para referirse a un contexto de crisis de la agricultura tradicional y de los procesos de migración forzosa de la población campesina de Argelia durante la década de los 50 del siglo XX. Posteriormente, Hervieu (2003) retoma esta noción para referirse a espacios rurales “desraizados” o “desarraigados” y lo califica como un proceso de deterioro del ámbito productivo, generando localizaciones rurales precarias como consecuencia directa de la globalización económica.

Desde los estudios rurales latinoamericanos, existen contribuciones relevantes provenientes del periodo de auge de la sociología rural en la región, durante las décadas de los 80 y 90. La postura descampesinista argumentaba que el desarrollo del sistema capitalista en el medio rural llegaría a eliminar progresivamente a los campesinos, provocando un importante proceso de diferenciación social interno y transformando al campesino en un “proletario en su propia tierra”, sin ninguna opción de participación en el mercado capitalista agrícola (Lewontin, 1988; Watts, 1990). Sin embargo, desde una visión más escéptica a la de los descampesinistas, varios estudios demostraban que el mundo rural no podía ser entendido desde una interpretación dualista (campesinistas/descampesinistas), sino a partir de la demostración empírica de la descomposición del campesinado para describir cómo, por ejemplo, para el caso ecuatoriano, se producía una “reorganización del campesinado como fuerza de trabajo” bajo nuevos “mecanismos de explotación económica y dominación social” en un contexto post-reforma agraria (Martínez-Valle, 1980: 13).

El desarrollo de la descampesinización, discutido tempranamente por Feder (1977), ha sido retomado también por Waters y Buttel (1987), quienes muestran que éste no se traduce necesariamente en procesos de diferenciación social en contextos específicos como los de las comunidades indígenas en los andes centrales del Ecuador. Al mismo tiempo, desde otros contextos rurales se intentaba dar lectura a los numerosos procesos de desvalorización de las actividades agrícolas frente a otras actividades económicas, capaces de generar una mayor cantidad de ingresos, dentro de lo que, para el caso mexicano, Carton de Grammont (2009) denomina proceso de desagrarización.

El punto de convergencia de estos enfoques se encuentra en que cada una de las desestructuraciones mencionadas estarían encaminadas hacia la demostración de un proceso general de desruralización, entendido por Wallerstein (2001) como la progresiva desaparición de lo rural, caracterizada, por un lado, por una disminución progresiva de habitantes y, por otro, por una desaparición de sus prácticas culturales y el debilitamiento de las actividades agrícolas. Es preciso mencionar que la desruralización también considera un constante alejamiento o desprendimiento de los sistemas de organización social tradicionales respecto a los objetivos económicos de base de las comunidades campesinas. En efecto, se trata de un mundo rural sometido y expuesto, de manera creciente, a influencias de un mundo globalizado, tal y como lo señala Matijasevic y Ruiz-Silva (2013: 28) argumentando una evidente “fusión urbano-rural”.

En síntesis, la desruralización se constituiría como un concepto amplio capaz de englobar varios de los procesos de desestructuración mencionados anteriormente, incluido el desraizamiento o desagrarización y la descampesinización. Sin embargo, en la actualidad, la utilización de estos conceptos no nos otorga una posibilidad clara para poner en relación las diferentes transformaciones de un mundo rural cada vez más complejo, ni tampoco es capaz de poner en evidencia la existencia de nuevos conflictos, en donde el campesinado ya no es el único actor en la reivindicación y la disputa por los espacios rurales.

En efecto, tal como lo señala Jollivet (1998), se trata de una clara limitación tanto de la sociología rural como de los estudios rurales contemporáneos, que basan sus análisis exclusivamente en las transformaciones de la sociedad campesina como objeto central del mundo rural. Mientras tanto, actualmente existe una realidad territorial compleja en donde converge toda una diversidad de actores económicos, políticos, culturales y externos que estarían en disputa por el control del espacio, tanto físico como social. En este sentido, se precisa un análisis capaz de dar cuenta de las recomposiciones del poder a nivel territorial y, a su vez, abrir la posibilidad de correlacionar todas las transformaciones (físicas, productivas, económicas, sociales y culturales) generadas en los espacios rurales en un contexto de diversificación de las distintas formas de subordinación del campo en el presente siglo.

De esta manera, el uso e introducción del término territorio para repensar los espacios rurales nos permite encaminarnos hacia la reactualización de los estudios rurales y de la sociología rural. El territorio, pensado como un proceso de producción social (Matijasevic y Ruiz-Silva, 2013) y un espacio dinámico de cooperación (Baudelle, Guy et al., 2011), plantea nuevas pistas de análisis en el debate acerca de las transformaciones en el medio rural, incorporando nuevas variables como las dimensiones espaciales y económicas en interrelación dinámica y constante con las dimensiones culturales, sociales y organizativas.

Desde las ciencias del territorio, se hace referencia a un tipo de desestructuración a través del uso del concepto de desterritorializacion. Este concepto ha sido comúnmente mal empleado en la descripción de cualquier tipo de transformación rural contemporánea, y sin duda se ha convertido en un concepto de “moda” (Albert y Kouvouama, 2013: 13) de fácil utilización, pero de compleja comprensión.

2. Aproximación a la noción de desterritorialización

Como antecedente al estudio de la desterritorialización, es fundamental recurrir a la obra de Deleuze y Guattari (1985) titulada El anti Edipo. Capitalismo y esquizofrenia, donde el concepto se enmarca en una perspectiva crítica del “enfoque freudiano del deseo” y se encuentra asociado al proceso de desarrollo de “un cuerpo sin órganos” (1985: 17). Para Albert y Kouvouama (2013: 122-123), Deleuze y Guattari presentan una guía de análisis de este fenómeno, donde se identifica la presencia de un primer estado de “desterritorialización relativa”, es decir, con posibilidades de revertir el fenómeno dando paso a un proceso de reterritorialización, y un segundo estado de “desterritorialización absoluta” comparado a la expresión de un “hueco negro” (sin salida) o una “catástrofe”.

Sin embargo, la desterritorialización, tal y como se encuentra utilizada actualmente en las ciencias sociales, toma importancia en un contexto de globalización económica donde se vulnera la autonomía de los actores locales y su posibilidad de desarrollo de lógicas de acción colectivas, acordes a la construcción de su visión de “territorialidad”. Visto desde esta perspectiva, para Théry (2008), la desterritorialización estaría inducida por una “competición generalizada entre los territorios del mundo” en donde cada vez son más numerosas “las estrategias planetarias de las multinacionales” en busca de territorios atractivos en términos de ventajas comparativas capaces de producir con bajo costo de materia prima y de capital humano. Se trata de un proceso entendido como el resultado de la dominación de empresas capitalistas sobre los actores locales con escasas capacidades para dominar sus territorios.

La desterritorializacion ha sido un concepto muy poco utilizado y estudiado a profundidad. Entrena-Duran (1999) propone comprenderlo como una consecuencia directa de la globalización, de la internacionalización de los mercados y del desarrollo de un modelo agrícola productivista en donde las estrategias de acción colectiva y las relaciones entre los individuos dependen cada vez menos de la voluntad de los actores sociales del territorio y cada vez más de las decisiones adoptadas fuera del territorio. Efectivamente, la influencia creciente de las decisiones políticoeconómicas tomadas desde fuera, alineadas a lógicas de inversión externas y en disociación del contexto histórico y social de los territorios (Entrena-Duran, 2010), constituirían el factor determinante del desarrollo de dicho proceso en los espacios rurales. Según este mismo autor, las poblaciones rurales experimentan una disminución progresiva de sus capacidades de control, no únicamente en los procesos económico-productivos, sino también en los procesos sociales, culturales y políticos, determinantes para la gestión territorial (Entrena-Duran, 1999).

En este punto es importante considerar que la desterritorialización debería ser analizada como un proceso integral de descomposición rural que no es inmediato, sino que posee estados de avance sucesivos, los cuales tendrían características o manifestaciones específicas, tanto a nivel del espacio físico como a nivel del ámbito agrícola-económico y socioorganizativo y cultural.

En lo que se refiere al plano agrícola, la desterritorialización es entendida como una “ruptura entre agricultura y territorio (Entrena-Duran, 1999: 32), lo cual implica la desvinculación de las actividades agrícolas de sus problemáticas locales (Torre y Fillippi, 2005), de forma que la agricultura ya no estaría cumpliendo su función principal, la alimentación del grupo familiar. Existe en este sentido una fuerte modificación de las lógicas productivas en detrimento de una agricultura local y diversificada. Evidentemente, esta transformación constituye un cambio en los patrones de alimentación tradicional de los grupos campesinos, pero al mismo tiempo existirían evidentes modificaciones en los paisajes rurales, los cuales se convierten en “campos productivistas” utilizados en función de las demandas económicas agroindustriales externas, centradas en las producciones más rentables (Rieutort, 2009: 37).

Por otro lado, en el plano socio-organizativo, podemos hablar de una “desterritorialización de las relaciones sociales” (Entrena-Duran, 2010: 712), que sugiere una debilitación progresiva de los referentes simbólicos y culturales de la identidad cotidiana colectiva. Nos referimos a una disminución de las formas de organización local como las comunidades campesinas o agrupaciones de productores rurales, entre otras. Así, se descomponen o desparecen sucesivamente formas de relación tradicionales guiadas por principios de solidaridad, de reciprocidad, de cooperación y de confianza. Para Rieutort (2009: 38), esto es sinónimo de una descomposición profunda de los “factores de enraizamiento de los actores en el territorio”.

En el presente trabajo, utilizaremos el término desterritorialización según las definiciones propuestas por Entrena-Duran (1999, 2010) y Rieutort (2009), las cuales permiten identificar las distintas transformaciones y pueden también ser consideradas como manifestaciones puntuales del proceso de desterritorialización en espacios rurales.

3. La desterritorialización en los espacios rurales Andinos: El caso de la comunidad campesina de La Chimba (Sierra Norte del Ecuador)

En el caso ecuatoriano, son varias investigaciones en las dos últimas décadas que se han centrado en el estudio de las dinámicas de descomposición y recomposición rural desde diferentes ámbitos, como el enfoque de las economías campesinas y el mercado laboral (Martínez-Valle, 2015); el análisis de las migraciones como elemento de resistencia de las agriculturas familiares (Rebai, 2014); desde el estudio de las transformaciones de las diversas formas de producción familiar campesinas y organizaciones comunales en relación a formas alternativas de acceso al mercado (Chiriboga, 2008; North y Cameron, 2008).

Durante los periodos analizados por dichas investigaciones, no sólo los territorios rurales han sufrido trasformaciones, sino también las estrategias de los actores capitalistas, las cuales se diversificaron para lograr insertarse de manera sostenible en el medio rural con el fin de consolidar una posición dominante y la obtención de mejores beneficios económicos en el menor tiempo posible. Paradójicamente, esto se produce en un periodo político caracterizado por un discurso en favor de las estrategias campesinas y del desarrollo de los espacios rurales. Sin embargo, durante la última década, los mecanismos para alcanzar este objetivo se basaron esencialmente en la aplicación de programas favorables al agronegocio en un contexto de homogenización de las realidades y de las problemáticas campesinas.

Bajo esta tendencia se favorecieron claramente programas de articulación productiva entre los pequeños agricultores (asociados) y las grandes cadenas agro-productivas.

Precisamente, la agricultura de contrato, considerada por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés) y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD, por sus siglas en inglés), como una forma de integración al mercado “políticamente más aceptable que la relación convencional de explotación salarial en las plantaciones capitalistas” (Eaton y Shepherd, 2002), se consolidó como el verdadero “pilar de la política agrícola ecuatoriana” (Martínez-Godoy, 2019: 167).

El caso del territorio campesino de la comunidad de La Chimba, ubicado en la sierra del norte de Ecuador a 80 km de la capital, Quito (Mapa 1), constituye un claro ejemplo de un proceso, a través del cual, la importancia acordada hacia el contract farming provocó un fenómeno de especialización productiva en detrimento de sistemas agrícolas polivalentes que existían anteriormente en la zona. Efectivamente, desde hace algo más de dos décadas la explosión de industrias agroalimentarias lecheras afectó a pequeños productores, lo que supuso una transformación completa de este territorio donde las economías familiares no sólo se convirtieron en herramientas indispensables para el funcionamiento de las cadenas productivas lecheras, sino también en clave capital para los programas estatales de desarrollo y fomento productivo basado en la masificación del contract farming.

Mapa 1

Ubicación de la zona de investigación respecto al área geográfica del Ecuador

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Fuente: elaboración propia con base en Martínez-Godoy (2016), con el software, ArcGIS 10.1 (2016).

La articulación entre unidades productivas familiares y la agroindustria lechera comienza su andadura a inicios del siglo XXI. Si bien desde el 2002 se recogen las primeras relaciones entre campesinos de la comunidad de la Chimba y la agroindustria, las cuales se reducían a acuerdos informales que no llegaban a convertirse, en su totalidad, en formas de integración vertical. Sin embargo, a partir del 2007, el contract farming se presentaría como una herramienta esencial hacia los pequeños productores, argumentando el uso de relaciones “win-win” socialmente justas bajo la modalidad de “negocios inclusivos rurales”.

En este contexto, bajo la presión de organismos multilaterales, el Estado Ecuatoriano se convirtió en signatario de estos “contratos agrícolas (multipartes, conformados por agentes diversos)” (Estado-empresa-productores locales), (Eaton y Shepherd, 2002: 50). De esta manera, la totalidad de contratos eran gestionados por la empresa privada El Ordeño, mientras que los productores campesinos se encontraban frente a un tipo de contrato vertical agresivo, que minimizaba toda organización socio-cultural tradicional y controlaba la totalidad de los aspectos de la producción y comercialización en el territorio rural campesino. Según Vavra (2009), bajo esta modalidad, los productores ya no dispondrían de ningún tipo de control sobre sus activos agrícolas.

Después de casi dos décadas de haber optado por esta “vía intermedia” entre el libre mercado y la regulación estatal de la economía por medio de la agricultura de contrato, se encuentran evidencias de ello en el territorio. A continuación, se analizan las transformaciones actuales del contexto campesino de “La Chimba” desde la óptica de la desterritorialización, para comprender la relación existente de las desestructuraciones, tanto a escala física como económica productiva y socio-organizativa, que ha experimentado este territorio.

3.1. Las transformaciones económicas-productivas y espaciales

El proceso de desterritorialización presenta entre sus características centrales la “ruptura entre agricultura y territorio” (Entrena-Duran, 1999: 32). Esto implica un cambio radical en las dinámicas productivas, que a su vez darían origen a una serie de descomposiciones en el territorio campesino tanto a nivel económico, físico como socio-organizativo. En tan sólo dos décadas, se ha pasado bruscamente de un modelo en donde los campesinos poseían el control de la dinámica productiva basada en el cultivo de papas, policultivos andinos, cereales, crianza de animales y ganadería lechera, a un modelo rentista basado en el monocultivo de pastos como garantía del cumplimiento de contratos firmados con la agroindustria. Actualmente, el monocultivo de pastos ocupa casi 90% de la superficie agrícola utilizada, mientras que para el 2001 apenas llegaba a ocupar 47% (Cuadro 1).

Cuadro 1

Evolución de la utilización de la superficie agrícola (2001-2016) Comunidad de la Chimba-Cayambe (%)

Año 2001 2010 2016
Uso agrícola 53% 30% 11.3%
Cultivo de pastos 47% 70% 88.7%

[i] Fuente: elaboración propia con base en Martínez-Godoy (2016).

Estos resultados muestran una evidente transformación del modelo alimentario tradicional andino de las familias campesinas de la zona. En efecto, a medida que el monocultivo de pastos y el uso excesivo de químicos tomaba peso en este territorio, la agricultura deja de ocupar su función principal ligada a la alimentación del grupo familiar. Las familias campesinas han incrementado su dependencia del mercado externo de alimentos debido a las escasas posibilidades para garantizar espacios para la agricultura de autoconsumo (menos de 20% de hogares conservan espacios agrícolas para este tipo de agricultura). En este sentido, tal como lo señala Ferraro (2004), se evidencia un aumento en el consumo de harinas, almidones, arroz, pasta, sardinas, atunes, bebidas azucaradas, aceites, entre otras.

De igual manera, la priorización de estrategias productivistas también incide directamente en la pérdida de control del espacio físico por los actores sociales. Es constatable una evidente descomposición morfológica del territorio y del paisaje rural andino. Como señalan Torre y Filippi (2005), los espacios rurales están sometidos a evoluciones donde los actores locales se encuentran bajo presión de “las decisiones externas al territorio”, dando como resultado espacios influenciados en función de las dinámicas comerciales dominantes. En la actualidad, La Chimba es considerada como un espacio de localización estratégica de materia prima para las agroindustrias lecheras, equiparable a una “naturaleza viva en un stock de mercancías” (Van der Ploeg, 2012: 9). En efecto, tal como se compara en los Mapas 2 y 3, entre 2003 y 2013 la priorización del monocultivo produjo un paisaje homogéneo dominado por el cultivo de pastos en detrimento de una presencia de un mosaico agropecuario con claro predominio de páramos y vegetaciones específicas al pie del volcán Cayambe. Así, por ejemplo, en las zonas más elevadas del territorio de la comunidad, varias familias rurales optaron por la deforestación con la finalidad de aumentar el número de vacas y su producción lechera cotidiana (Mapas 2 y 3).

Mapa 2

Uso del suelo La Chimba, Cantón Cayambe 2003

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Fuente: elaboración propia con base en Martínez-Godoy (2016), con el software, ArcGIS 10.1 (2016).

Mapa 3

Uso del suelo La Chimba, cantón Cayambe 2013

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Fuente: elaboración propia con base en Martínez-Godoy (2016), con el software, ArcGIS 10.1 (2016).

3.2. Las transformaciones socio-organizativas

¿Cómo afecta el giro productivo en el ámbito socio-organizativo? Para Entrena-Duran (2010), la desterritorializacion también posee efectos “desarticuladores” a nivel de las estructuras sociales en el territorio que se manifiestan en un “debilitamiento (abandono o pérdida) de los rasgos sociales, organizativos y culturales específicos de las comunidades campesinas tradicionales (2010: 713). Esta descomposición, en el ámbito social y organizativo, muestra la figura de la comunidad campesina en tanto que “concha protectora” (Tepitch, 1973: 20) no puede reducir este proceso de conversión hacia una lógica de dominación capitalista.

Se trata claramente de un contexto donde la esfera económica se ha sobrepuesto progresivamente a la esfera social desde hace varias décadas. Sin embargo, este proceso evidente de “desencastramiento” (Polanyi, 2012) se agudiza aceleradamente durante el periodo de dominio de la agricultura de contrato. Por ejemplo, según Ferraro (2004), hasta mediados de los 90, el sistema de intercambio mercantil no constituía un orden de coordinación dominante en la zona, ya que las prácticas económicas y los mecanismos culturales propios de las comunidades andinas seguían siendo reguladas y controladas por normas sociales y por los lazos de parentesco. En efecto, existía todo un sistema de cooperación y reciprocidad que mantenía como base fundamental la agricultura diversificada.

Como se mencionó, desde el 2007 los contratos tomaron la forma de un modelo centralizado y multiparte, sin tener en cuenta las lógicas y los sistemas de organización local de las comunidades rurales. Según los promotores de este tipo de agricultura de contrato, las formas de organización campesinas locales no se considerarían capaces de responder adecuadamente a las demandas del mercado, de ahí que se vean adversas y causantes de posibles inconvenientes a los propósitos y objetivos económicos del contract farming (Eaton y Shepherd, 2002). Sin duda, este panorama implicaría, según recoge Carricart (2012), una pérdida real de las formas de regulación locales.

Para el cumplimiento de los contratos, se requerían formas organizativas externas del territorio apoyadas en un modo de gestión “del tipo industrial, empresarial y financiero” (Torre y Filippi, 2005) desconocido y ajeno al mundo indígena andino hasta entonces. Bajo esta tendencia, desde los inicios del contract farming se ha impuesto de manera generalizada la adopción de formas organizativas funcionales a los intereses económicos de la agroindustria, mediante la figura de la asociación lechera, la cual agrupa a los productores individuales de la comunidad para facilitar el proceso de recolección, de distribución diaria de leche en un centro comunal de acopio y venta de productos agroquímicos para su uso en las parcelas familiares.

Actualmente, el estudio de las estructuras agrarias demuestra que las prácticas de cooperación, solidaridad y reciprocidad, propias de la sociedad campesina andina, ligadas en su mayoría a la agricultura local, se encuentran debilitadas y en crisis. Durante la realización de grupos focales a 50 productores lecheros, varios actores manifestaron que desde la entrada en vigor del sistema de intensificación del monocultivo de pastos requerido por el capital agroindustrial, las prácticas tradicionales, tales como el intercambio no monetario (bajo forma de trueque) de productos agrícolas (uniguilla) o las formas de trabajo colectivo como el “trabajo al partir”, se habían disminuido considerablemente. En la actualidad, la actividad lechera ha concentrado todos los esfuerzos de los pequeños productores, quienes consideran a las mingas y a otras prácticas de relación como pérdidas de tiempo (Martínez-Godoy, 2016).

Sin lugar a dudas, este contexto incide directamente en los niveles de confianza intrafamiliares e interfamiliares en el seno de la comunidad campesina de La Chimba. Según las percepciones de los actores locales, para 60% de los encuestados, los niveles de confianza entre miembros de la comunidad campesina se encuentran en constante disminución durante los últimos 10 años. Para Pecqueur y Zimmerman (2004), la confianza constituye la base de las relaciones recíprocas y es considerada como el “ingrediente de la acción colectiva”, aspecto muy favorable para el proceso de construcción y reconstrucción territorial. Dada la influencia de este componente en el territorio analizado, las posibilidades de los actores locales para generar estrategias de acción colectiva, basadas en dinámicas de reproducción del capital social, se encuentran obstaculizadas por la incidencia y el predominio de relaciones mercantiles y las estrategias económicas individuales de los productores lecheros en el territorio (Martínez-Godoy, 2016).

Las nuevas generaciones son las más afectadas por este proceso de acceso al mercado. Según Torre y Filippi (2005), el hecho de focalizar las estructuras agrícolas hacia la tendencia económica y comercial dominante puede provocar un impacto negativo en la preservación de los “factores de enraizamiento” de los actores locales en el territorio. Efectivamente, con la especialización lechera, las nuevas generaciones de campesinos jóvenes disponen cada vez de menos puntos de referencia culturales a partir de los cuales puedan desarrollar “sentimientos de pertenencia y similitud” que faciliten su arraigo en el territorio (Torre y Beuret, 2012: 12). Este aspecto se encuentra fuertemente ligado al abandono de prácticas culturales y la adopción de nuevas prácticas de consumo en los jóvenes, quienes se sienten atraídos por la ciudad, la tecnología y la posesión de bienes materiales, en detrimento de su implicación en las fiestas tradicionales o de la conformación de organizaciones juveniles en el territorio campesino.

Además, es fundamental señalar como un punto final del proceso de desterritorialización, los procesos migratorios en los que también son protagonistas los jóvenes rurales. Así, la agricultura de contrato ha permitido que los pequeños productores mantengan ingresos económicos estables durante casi dos décadas, pero precisamente los descendientes de éstos ya no encuentran alternativas de ocupación claras para seguir manteniéndose en el territorio. Según los datos de las encuestas realizadas, 68% de los encuestados han emigrado de la comunidad de La Chimba hacia ciudades como Cayambe, Quito o Ibarra, produciéndose así, un vaciamiento en pleno periodo del contract farming, es decir, entre 2001 y 2016, hecho que afectó especialmente a la totalidad de los hijos de productores lecheros del grupo de edad de entre 20 y 35 años.

Efectivamente, el negocio lechero es poco intensivo en lo que a mano de obra se refiere, de ahí que la capacidad de retención de trabajadores de las agriculturas familiares se ha visto reducida considerablemente en los últimos 10 años. Ello se ha visto favorecido por un contexto en el cual los jóvenes se enfrentan a un panorama con escasas oportunidades de empleo en el espacio rural y fuertes presiones de migración, bien hacia localidades urbanas en busca de empleos en ramas de actividades económicas, tales como la construcción, los servicios, el comercio informal; o bien, hacia otras localidades rurales cercanas para emplearse en relación patronal, como jornaleros agrícolas en plantaciones florícolas.

En síntesis, este contexto descrito a nivel productivo, espacial y socioorganizativo, aporta datos tanto cuantitativos como cualitativos que son válidos para una propuesta de medición del proceso de desterritorialización que permita caracterizar a los grupos de productores familiares en el territorio. Hecho que se aborda en el siguiente apartado.

4. La desterritorialización: ¿un proceso medible?

La presencia o constatación de un “proceso” sugiere la existencia de una sucesión de hechos, de estados o etapas diferenciadas en función de un avance determinado. Tal y como se ha señalado anteriormente, si la desterritorialización constituye un proceso abstracto y poco evidente respecto a su medición, para este estudio de caso, se ha propuesto el cálculo y la medición del proceso a partir de la explicación del grado de avance y del análisis de la etapa en la que se encuentra la desterritorialización en el territorio campesino de La Chimba.

La construcción del índice de desterritorialización (convertido en un factor dependiente) dará la posibilidad de correlacionarlo con un segundo índice, vinculado al grado de articulación al mercado capitalista de los actores (factor independiente). La unión de estos dos índices, mediante el uso de un plano factorial, permite no sólo describir y cuantificar el proceso de desterritorialización, sino también exponer varios criterios a la caracterización de las agriculturas familiares que se enfrentan, desde distintas posiciones sociales, a este proceso “desestructurante”. Este análisis evidencia un doble aspecto. Por un lado, no todos los actores campesinos forman parte de un grupo homogéneo frente al fenómeno de la desterritorialización y, por otro, las posibilidades de estos actores de recuperar (o no) el control territorial.

Para el cálculo del índice de desterritorialización (IDTR), se ha utilizado la información de las encuestas realizadas, además de las siguientes variables:

V1-La ocupación de suelo para monocultivo
V2- El consumo de alimentos industriales fuera de territorio
V3- La frecuencia de prácticas tradicionales de solidaridad y reciprocidad
V4- La migración de la mano de obra joven

El índice se considera como una variable dicotómica con valores entre 0 y 1, y se constata, tras el análisis, que el territorio en su conjunto posee actualmente un nivel de desterritorialización superior a 0.5 e inferior a 0.7, es decir, concretamente 0.67 (resultado obtenido a partir del total de la suma de los valores de las cuatro variables dividido por el número total de encuestas) lo que indica que se encuentra frente a un proceso con un nivel “ligeramente elevado”. Los datos que estadísticamente contribuyen más al incremento del valor del índice son aquellos provenientes de las familias mejor alineadas con las demandas de la agroindustria lechera. En efecto, no todas las familias son iguales respecto a la disponibilidad de medios de producción, de prácticas productivas, sociales y de estrategias económicas, y en este sentido responden de manera diversa a las exigencias del mercado lechero. Tal como se ha señalado en otros análisis, existen “los buenos y malos alumnos del contract farming” (Martínez-Godoy, 2019). Desde esta óptica, se explicaría la desterritorialización por el grado de articulación al mercado capitalista (objeto del cálculo de un segundo índice), donde es evidente la existencia de un acercamiento cada vez más sólido entre el mundo campesino y el mundo capitalista a lo largo de las últimas décadas.

Para el cálculo del índice de articulación al mercado (IAM) se tuvieron en cuenta las siguientes variables:

V1- La articulación exclusiva a la agroindustria (venta exclusiva y precio oficial)
V2- El crédito productivo y utilización de ingreso priorizado en la actividad lechera
V3- La ausencia de comercialización de productos agrícolas en ferias locales
V4- El volumen de producción lechera
V5- La superficie destinada a la actividad lechera

El resultado del IAM es de 0.72 (obtenido a partir del total de la suma de los valores de las cinco variables, dividido por el número total de encuestas), lo cual indica un grado de articulación al mercado del tipo capitalista “elevado” porque es superior a 0.7 e inferior a 1. De igual forma que para el anterior cálculo del índice, los datos que más contribuyen a la construcción del valor del mismo son aquellos provenientes de las familias que, mediante las relaciones directas de comercialización con la agroindustria, lograron llevar acciones como: capitalizarse, tecnificar sus parcelas, aumentar la superficie productiva mediante compras de tierra a otros productores, eliminar prácticas de transformación artesanal de quesos y otros derivados, entre otras; de forma que se consiguiera responder en mejores condiciones a las exigencias del mercado lechero y convertirse en un modelo para los demás miembros de la asociación de productores, quienes se encuentran en una etapa de transición hacia la especialización integral.

La Gráfica 1 muestra, bajo la forma de un plano factorial, el resultado de la correlación de los dos índices calculados, a partir del cual podemos evidenciar la contribucion estadística de las familias campesinas tanto a la construcción del eje horizontal (índice de desterritorialización IDTR) como del eje vertical (índice de articulación al mercado IAM).

Gráfica 1

Correlación de los índices de Desterritorialización y de Articulación al Mercado

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Fuente: elaboración propia a partir de los datos de encuestas de la comunidad de La Chimba, 2016.

4.1. Tipos de agriculturas familiares y recuperación del control territorial

Según Tepitch (1973), frente a las economías dominantes, el destino de las economías campesinas no es homogéneo, sino diverso. La figura anterior indica que las familias de pequeños productores lecheros no forman parte de un mismo grupo frente a la descomposición del espacio rural, dado que su contribución estadística al plano factorial no es la misma y, en este sentido, ocupan posiciones diferentes, tanto en relación con el eje de la desterritorialización como al grado de la articulación al mercado.

Se trata de un resultado directo del contract farming, en tanto que es una “forma indirecta de subordinación productiva” (García, 2013: 214), la cual provoca un incremento de la distancia social interna entre productores, integrando a los mejor capitalizados y excluyendo a los más pequeños y pobres, dado el debilitamiento de la única actividad capaz de alimentar a sus familias (Hernández y Phélinas, 2012).

En efecto, las agriculturas familiares mejor dotadas en recursos de tierra y mejor capitalizadas son las que han logrado integrarse y responder en mejores condiciones a las exigencias (en términos de calidad, cantidad, productividad del trabajo, asimilación de los cambios tecnológicos, etcétera) provenientes de la agroindustria. Ante los ojos de los promotores del contract farming son actores “deseables”, dada su contribución a la reducción de costos de transacción (Echanove-Huacuja, 2008). En el lado opuesto, se encuentran las agriculturas familiares con menos tierra, las que deben urgentemente alinearse al modelo productivo dominante. Sin embargo, este grupo, aún atravesado por rasgos culturales y sociales tradicionales (Craviotti, 2010), y a su vez con pocas capacidades objetivas para incrementar la producción diaria, se ve obligado a preservar pequeños espacios diversificados para sobrevivir, lo cual es un impedimento para alinearse a los propósitos del contract farming.

Pese a mencionar a las dos situaciones extremas posibles, en nuestro estudio de caso, existe una diversidad de situaciones que pertenecerían a posiciones intermedias o casos en vías de transición. A partir del gráfico se han podido identificar tres grupos (o tipos) de agriculturas familiares. Un primer grupo minoritario que se aproxima a los grados avanzados de desterritorialización y posee altos niveles de articulación mercantil. Un segundo grupo, que contribuye mayoritariamente a la construcción de los dos índices y, finalmente, un tercer grupo todavía alejado del grado medio de desterritorialización, debido a una integración al mercado lechero aún en vías de consolidación.

El primer tipo describe a las agriculturas familiares mercantiles o “empresas familiares rurales” (Hervieu y Purseigle, 2013: 245), en donde ya existe claramente la posibilidad de conversión del rol de campesino en empresario. Se trata del grupo minoritario conformado por nueve de las 50 familias que poseen superficies agrícolas medianas y grandes (según el contexto local, entre 8.1 hasta 19 hectáreas) ocupadas en su totalidad para la actividad ganadera. Dado el fuerte volumen de producción diaria entregado a la asociación lechera, estas familias han logrado capitalizarse y adquirir un transporte motorizado individual, al igual que construir viviendas e invertir en la compra de nuevas tierras para incrementar su superficie de cultivo de pastos o en nuevas propiedades ubicadas en el centro parroquial, las cuales son destinadas al alquiler o el desarrollo de actividades comerciales. Para este grupo de familias productoras, las prácticas tradicionales de solidaridad y reciprocidad en la comunidad ya son completamente inexistentes.

El segundo tipo, corresponde a las “agriculturas familiares en transición” o intermedias. Se trata del grupo mayoritario, conformado por 27 familias de productores que poseen parcelas de tamaño medio (entre 3.1 y ocho hectáreas) destinadas casi en su totalidad al monocultivo de pastos. La alimentación de este grupo de familias está principalmente garantizada a través de la compra de productos en los supermercados de la ciudad de Cayambe. Para este grupo, las prácticas tradicionales de solidaridad y reciprocidad son ocasionales o inexistentes, lo cual deja claro que las estrategias de acumulación de relaciones sociales pasan a un segundo plano frente a las centradas en la propiedad y el éxito económico individual con la finalidad de adaptarse al mercado lechero. Para este tipo de familias, el requerimiento en términos de mano de obra es débil, y los miembros jóvenes se ven obligados a buscar trabajo fuera del territorio.

El tercer tipo corresponde a una agricultura familiar “campesina” aún visible, pero en declive. Este grupo se encuentra conformado por 14 familias que poseen muy poca tierra (entre 0.1 y tres hectáreas) y que preservan, aunque de manera marginal, aproximadamente ¼ de la superficie, pequeños espacios de cultivos para el autoconsumo. De esta manera son capaces de mantener activas ciertas prácticas marginales de intercambio o venta de productos agrícolas, al igual que ciertas formas de involucramiento en mingas y en prácticas de trabajo colectivo recíproco. Dada su débil disponibilidad en términos de capital económico y los bajos volúmenes de producción lechera, se trata principalmente de productores no aptos para embarcarse en las vías de la agricultura empresarial (Hervieu y Purseigle, 2013).

El análisis de estos tres tipos de agriculturas familiares muestra la existencia de productores rurales con pocos intereses comunes que vayan más allá de la producción lechera y que se encuentran divididos en términos de estrategias económicas y productivas. Se evidencia así, la presencia de un incremento de las distancias sociales (a nivel organizativo y relacional), y también visible en el uso del “espacio físico”, pero sobre todo en la conformación de un “espacio (abstracto) jerarquizado” (Bourdieu, 1993) y con fuertes posibilidades de convertirse en “conflictivo” (Torre y Filippi, 2005: 13). Este contexto les impide a los agricultores, por el momento, contestar el modelo económico productivo dominante a partir de la puesta en marcha de prácticas cooperativas o de acción colectiva favorables a la búsqueda de problemas y de soluciones comunes en el territorio.

En efecto, esta yuxtaposición de posiciones sociales (Bourdieu, 1993) funcional a los intereses económicos externos al territorio, disminuye las posibilidades de las agriculturas familiares de enfrentarse al proceso de desterritorialización para recuperar el control territorial. Desde un punto de vista sociopolítico, el distanciamiento interno entre productores campesinos contribuye eficazmente a una pérdida de las capacidades colectivas de articulación y el control de las relaciones sociales en el territorio, lo que a su vez significa la pérdida de autonomía de los actores locales (Raffestin, 1987). Bajo este contexto, la agroindustria y el contract faming, desde una clara posición dominante, pueden continuar ejerciendo su influencia desde la aplicación de un modelo productivo funcional a sus intereses. Para este caso la “recomposición de las relaciones de fuerza” (Torre y Filippi, 2005) es ampliamente favorable a los actores económicos externos.

Conclusiones

En este artículo se ha hecho un recorrido a través de las nociones y conceptos utilizados en los estudios rurales durante varias décadas para referirse y calificar de manera general los procesos de descomposición, tanto de las economías campesinas como de los espacios rurales. Si bien, ciertas nociones como la desruralización, desagrarización, o descampesinazación conservan cierta vigencia en la actualidad, existen varias limitaciones al reflexionar acerca de los nuevos actores, los nuevos conflictos y las nuevas transformaciones de los espacios rurales en épocas globales. La noción de desterritorialización contribuye a caracterizar y comprender desestructuraciones en cada una de las dimensiones del territorio, las cuales se encuentran interrelacionadas entre sí. Tal como lo señalamos al inicio del artículo, era necesario contar con una nueva guía de análisis capaz de sobrepasar los límites de enfoques estrictamente ruralistas y agraristas en el análisis contemporáneo de un mundo rural cada vez más complejo.

En el estudio de caso abordado en este artículo, se intenta analizar las diversas transformaciones del medio rural desde la óptica de la desterritorialización, noción entendida a su vez como una consecuencia del “desarrollo de un modelo agrícola productivista”. La puesta en evidencia del avance del contract faming en un territorio campesino andino en la sierra norte del Ecuador, nos permite comprender de qué manera las transformaciones económico-productivas generan cambios físicos severos en el territorio campesino, al mismo tiempo que están estrechamente relacionadas con las transformaciones socio-organizativas y culturales.

En resumen, se constata por un lado que, a medida que la diversidad agrícola disminuye, las formas de relación recíproca entre los actores campesinos se debilitan, provocando progresivamente una desarticulación de los lazos sociales y una pérdida de la identidad territorial. Por otro lado, el análisis de las estrategias económicas de los actores locales sometidos al agronegocio lechero pone en evidencia una pérdida de interés por las dimensiones físicas del espacio, es decir, una desestructuración del paisaje que implicaría a su vez una degradación medioambiental irreparable. De igual modo, se puede dar cuenta que a partir del cumplimiento y la priorización de las directrices productivas agroindustriales en detrimento de las dinámicas socio-organizativas endógenas, se imponen nuevas formas de organización de la producción, las cuales afectan directamente a la capacidad de retención de la mano familiar en el territorio. De esta forma, se genera un panorama de pocas oportunidades para las nuevas generaciones, las cuales están inmersas en un proceso actual de alienación cultural y de migración rural-urbano o rural-rural, también característico de la desterritorialización.

En cierto modo, a partir del estudio de caso se logra detallar el fenómeno de la desterritorialización, lo cual posteriormente nos lleva a seleccionar algunos datos claves, con el fin de proponer la construcción de una metodología de medición de este proceso complejo. Este procedimiento permite constatar un grado de avance “medianamente elevado” de desterritorialización, en relación con un grado avanzado de articulación al mercado. Gracias a este ejercicio, se evidencian posiciones y contribuciones estadísticas diferenciadas de los actores campesinos frente a la desterritorialización, lo que podría ser indicador de una tendencia en donde las agriculturas familiares también se ven amenazadas por un distanciamiento interno tanto en términos de intereses como de estrategias a nivel socio-productivas.

De esta forma, el análisis no sólo da muestra de una clara pérdida de control del espacio social y económico por parte de los productores locales, sino también de la existencia de un espacio social jerarquizado y conflictivo a nivel interno, en donde la búsqueda de soluciones comunes a las desestructuraciones rurales es, por el momento, difícil por no decir inviable. Actualmente, la dominación de la agroindustria en el territorio analizado es evidente, y en un contexto de alianzas estratégicas entre el agronegocio y el poder político son inciertas las perspectivas para los territorios rurales.

Fuentes consultadas

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Economía, Sociedad y TerritorioVol. XX, núm. 62, enero-abril  de 2020 es una publicación cuatrimestral editada por El Colegio Mexiquense A.C. Exhacienda Santa Cruz de los Patos, s/n, col. Cerro del Murciélago, Zinacantepec, C.P. 51350, México, tel. (722) 279 99 08 ext. 183, http://est.cmq.edu.mx/index.php/est/index, est@cmq.edu.mx Editora responsable: Verónica Vega Rocha. Reservas de derechos al uso exclusivo núm. 04-2016-042513474700-203 ISSN electrónico 2448-6183. Responsable de la última actualización de este número: Verónica Vega Rocha, fecha de última modificación: 17 de diciembre de 2019.

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